Panorama es un barrio fruto de la invasión de numerosas familias expulsadas por la violencia o la pobreza de diferentes lugares del sur de Colombia; su nombre es una ironía, pues la visión de covachas de material reciclable, calles sin asfaltar, olores nauseabundos producto de las aguas servidas sin recoger, seres humanos deambulando en la precariedad de la indigencia, en fin todas y cada una de las lacras que genera la pobreza se concentran allí, ofreciendo un espectáculo que ningún ser humano quisiera apreciar. En medio de ese ambiente crecen jóvenes en hogares sin padre, o con progenitores inmersos en la violencia intrafamiliar, propios de las carencias cotidianas y una precaria formación, o lo que es peor aún, padres dedicados a la delincuencia como forma de vida, dado que la sociedad en la que viven no les ofreció alternativa diferente para asegurar su existencia. Así crecen millones de menores en Colombia, algunos en principio acuden a la escuela, luego de prolongadas caminatas desde su residencia, ante la imposibilidad de pagar un transporte, a la que llegan esperando el suministro de la alimentación escolar, para mitigar el hambre de las alacenas vacías de sus hogares, sin material de estudio, sin bibliotecas, sin computadores, hacinados por la política de ampliación de cobertura que atiborra de estudiantes las aulas de clase; es otro ser anónimo al que un docente cargado de obligaciones no puede atender como se merece y menos enviar a un consejero estudiantil porque con la racionalidad del gasto, los sicólogos fueron excluidos de las instituciones educativas. El bazuco o el bóxer suelen llegar como un medio de escape a una realidad tan dura y así el vicio se convierte en un propulsor del delito y de la prostitución, estados en los que todo tipo de valor se extingue y el individuo ya no tiene ningún respeto por la vida.

La enorme desigualdad que el modelo económico imperante ha generado en el país hace crecer los Panoramas en cada uno de los rincones de la geografía nacional y con ello la delincuencia juvenil. Frente a esta aterradora perspectiva, quienes promueven la concentración de la riqueza se han puesto a la tarea de estimular en la opinión pública el criterio de que este cáncer de la sociedad se cura tratando a los menores infractores como adultos, juzgándolos como tales e imponiéndoles penas más severas; una variación de esta postura incluye condenas a los padres de los adolescentes malhechores. Por supuesto, esta postura, da por hecho que el país va bien y descarta modificar cualquier política que mejore las condiciones laborales de quienes han logrado algún empleo o que facilite la consecución de alguno por parte de los millones de colombianos sin trabajo, o que posibilite el crecimiento de los arruinados esfuerzos empresariales de cientos de microempresarios nacionales y trabajadores independientes porque en ello consideran que se afectan los intereses del gran capital y de las multinacionales. Pero es un hecho, que si no se da a las familias de estos jóvenes oportunidades de ingresos que los provea de alimento, vestido, vivienda digna, recreación, estudio de calidad y atención en salud, las bandas de criminales juveniles terminaran por salir del encierro de sus barrios marginales y asolarán los predios del resto de la sociedad. Es hora de hacerle frente a este problema que involucra el futuro de nuestra nación y para ello debemos ganarle el debate a la solución policiva, promoviendo la transformación profunda de las políticas que orientan al país y de quienes se empecinan en agenciarlas.

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