Aurelio Suárez Montoya, Bogotá, febrero 10 de 2018

En Neiva se reunió el movimiento de Dignidad Cafetera para estudiar la agenda que ha de guiar sus acciones. El análisis de las realidades contemporáneas del café puede servir de punto de partida para diseñarla. El objetivo, orientar el futuro próspero de 550 mil familias de campesinos y empresarios que en 900 mil hectáreas produjeron 14 millones de sacos en 2017 y que exportan al año 2.800 millones de dólares, la tercera parte de las exportaciones agropecuarias del país.

Durante los 29 años trascurridos desde el rompimiento del Pacto de Cuotas, las variables claves del mercado han evolucionado en sentido contrario a los intereses de los países productores y, de modo particular, a los de Colombia. El nivel de concentración del negocio se ha acrecentado: solo tres compañías en Alemania y Estados Unidos, que en conjunto suman el 40% de las importaciones globales, controlan allí la distribución del 80% del café soluble y el tostado. Así mismo, grandes fondos de capital se mueven en la compra de cosechas a futuro, en el manejo de la comercialización, en la industria y hasta en el negocio de cafeterías, fracturando la división tradicional de la cadena y consolidando los oligopolios que hoy integran los distintos eslabones.

El resultado es que, en lo que va del siglo XXI, el precio promedio de una libra de café de Colombia ha sido solo de 1,40 dólares y que, de un valor total de 200 mil millones de dólares que suma el mercado en taza, a los 50 países productores de la materia prima, con millones de caficultores, apenas les corresponde el 10%. Es una de las mayores inequidades a escala mundial y hace bien la Federación de Cafeteros y su gerente, Roberto Vélez, en promover iniciativas internacionales que traten de refrenarla.

No obstante, a un tan extremo nivel de concentración se suma la mayor participación en el comercio de calidades inferiores, e incluso de “cafés basura”. En mayo de 2004, y con el inexplicable voto a favor del gobierno de Uribe con Gabriel Silva, entonces gerente de la Federación, la Organización Internacional del Café (OIC) aprobó la resolución 420, a instancias de Estados Unidos, eliminando los requisitos mínimos de calidad en consistencia del grano y grados de humedad, y permitiendo el comercio de todo tipo de producto.                Como consecuencia, la mitad de 110 millones de sacos que se comercian al año ya no reportan ningún registro de calidad. “Existe evidencia creciente de que el deterioro de la calidad de las mezclas se correlaciona con un producto estancado o en declive”, afirma la OIC. Los cafeteros colombianos deben buscar que tal Resolución se eche atrás y, en ese sentido, dar mandato a sus representantes ante la OIC para que adelanten las tareas pertinentes.

En medio del negativo ambiente mundial, han sido enormes las secuelas para la caficultura nacional en términos del deterioro del poder adquisitivo. Lo que el caficultor recibía en 1989por una carga de café –en relación con un salario mínimo– se ha reducido hoy a la mitad, de 60 a 30. Hace 28 años se podían comprar, con el equivalente recibido por esa carga, 25 sacos de 50 kilos de fertilizante, y hoy no alcanza para 10. Con el ACPM, la caída es mayor: de poder adquirir 300 galones, en el presente solo se llega a 95.

El detrimento tiene que ver con el mecanismo de fijación del precio interno al cafetero. Al depender de la cotización internacional y del valor del dólar y el primero de estos factores estar prácticamente anclado en 1,40 dólar, la remuneración se subordina a la tasa de cambio. Esa dependencia puede llevar a una crisis estructural si el valor del dólar cae y el índice de costos al productor del agro sube: no habría cómo producir a ganancia. Como ocurrió en 2017, cuando el primero bajó 0,5% mientras que el segundo subió 0,86%.

En ese sentido, urge cambiar la fórmula para pagar internamente el café, una fórmula creativa que consulte los importes de la producción y garantice una tasa de ganancia media, que saque al cultivo como mero medio de subsistencia o de pérdida y sea fuente de ahorro y acumulación. Ya habrá que estudiar con qué instrumentos se asegura su factibilidad.

La nueva agenda cafetera ha de responder a los nuevos retos. Los temas expuestos podrían ampliarse, pero son indispensables para llenar el discurso de la sostenibilidad del café en todos los órdenes.

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