La implacable acción de la naturaleza, que no perdona las imprevisiones de los hombres, desnudó las debilidades estructurales de nuestra ciudad capital. Un fuerte aguacero ocurrido en la madrugada del pasado miércoles anegó calles, casas, negocios, empresas…, a la vez que tumbó árboles, rompió canales, techos…, poniendo en duda la capacidad del área urbana para absorber un volumen de agua extraordinario. Una situación nada descartable y de posible repetición, incluso con manifestaciones más fuertes, en una época de cambio climático como la que vivimos.
Neiva, una ciudad construida a retazos, cuya urbanización ha estado influida por fuerzas tan poderosas como la migración creciente del campo hacia las zonas urbanas o los particulares y egoístas intereses de los constructores privados en los últimos años, para señalar al desgaire dos de los fenómenos que más daño han hecho al urbanismo local. La municipalidad ha permitido la urbanización en áreas de obligatoria reserva para las contingencias ambientales, admitidas a los más pobres por su condición de debilidad, o a los más ricos por el afán desmedido de lucro, y ha construido unos sistemas de servicios básicos: acueducto, alcantarillado, aguas lluvias, vías, energía…, limitados y de baja calidad –con una vida útil ya cumplida en la mayor parte de las zonas–, que condenan a la ciudad a la vida precaria que tenemos y a sufrir las contingencias de fuertes alteraciones climáticas.
Lo más grave del asunto, es que la dirigencia administrativa y política de la municipalidad no parece darse por enterada de hechos tan graves y de falencias tan pronunciadas como los que estamos reseñando. Porque no de otra forma puede explicarse el absurdo e inexplicable arboricidio que cometieron pocos días después en la vieja concha acústica –uno de los escasísimos pulmones verdes de la ciudad– con el pobre argumento de que la mole de cemento y ladrillo que van a levantar allí, va a ser una obra de “progreso” para la ciudad y que se sembrarían 200 arbolitos para remplazar los perdidos. O el esperpento de la canalización del río las Ceibas, otra obra de culto al cemento, que altera en materia grave el equilibrio ecológico del principal afluente de la ciudad al modificar la sección natural del río. Pasa uno a creer que el rumbo está perdido, que el norte estratégico no está claro y que estamos reeditando, gobierno tras gobierno los mismos vicios, cada vez peores, con una dinámica inercial que nos conduce hacia el fracaso como sociedad.
P.S. El colmo de todos los colmos es la inexplicable inundación del recién inaugurado aeropuerto. ¡Qué vergüenza!