En la política colombiana se ha establecido una tradición de voltearepismo sobre todo en los partidos tradicionales, muchos de cuyos integrantes con tal de asegurar su futuro personal no vacilan en darle la espalda a los partidos en los cuales consiguieron sus figuraciones iniciales en puestos públicos o en la consecución de curules bien sea en concejos, asambleas o en el congreso nacional. La última de ellas, que fue considerada en la sentencia de la Corte Constitucional para declarar inexequible la segunda reelección, fue la de los parlamentarios de Cambio Radical que se pasaron a la U para evadir el cumplimiento de votar en contra de la misma por decisión de su bancada. A esta tradición se ha sumado la de las “puertas giratorias” que le permite a los altos funcionarios públicos pasar a formar parte de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, FMI, léase Departamento del Tesoro de Estados Unidos, a reforzar las decisiones que contra el interés nacional le imponen a los gobiernos sumisos de nuestro país.

Desde la década del 90 dirigentes sindicales se han unido a esta tradición de las “puertas giratorias”. Pasan sin rubor de ocupar cargos de dirección nacional en las centrales sindicales, cuyo objetivo es la defensa de los derechos de los trabajadores, a ocupar altos cargos ministeriales o de elección en gobiernos neoliberales que conculcan esos mismos derechos en aras de un fundamentalismo económico que destruye la economía nacional. O simplemente se pasan a su bando esperando ser retribuidos y hacer la carrera que su escepticismo les impide vislumbrar si se mantienen fieles a su bandería sindical.

Este es el caso de Julio Roberto Gómez, presidente de la CGT, el último de los volteados. Súbitamente durante la reunión de la OIT anunció su apoyo a la campaña de Santos, seducido por otro voltearepas, Angelino Garzón. La CUT reseñó en carta dirigida a esa central sindical en agosto 24 sus discrepancias con este personaje así: “Con el compañero Julio Roberto Gómez hemos sostenido y lo seguiremos haciendo una polémica pública, de cara a los trabajadores, por su conducta contra el movimiento sindical en la 99ª Conferencia de la OIT en Ginebra donde aprobó con su voto la exclusión de Colombia de la lista de países violadores de normas y derechos sindicales, por las prácticas de esquirolaje y paralelismo sindical aprobadas por la CGT en relación del conflicto laboral de nuestros afiliados de Fenoco con la multinacional Drummond, por el apoyo de la CGT al “Contrato Sindical” una execrable forma de tercerización del trabajo idéntica a las Cooperativas de Trabajo Asociado, por el apoyo de la CGT a los TLC con Estados Unidos y Europa a sabiendas de los devastadores efectos que dichos tratado tienen para le economía y el trabajo nacionales y por el respaldo de Julio Roberto al actual gobierno, declarado continuador de las políticas esenciales del uribismo, que condujeron al país en general y a los trabajadores en particular al peor desastre social de nuestra historia republicana”.

Cuando las andanzas de este personaje se conocieron en el país, el Comité Ejecutivo Nacional del Polo discutió el punto y decidió sacar un pronunciamiento condenando su actitud y pidiendo a la Comisión de Ética que abordara el asunto. Informado de esto, Gómez se adelantó a presentar su carta de renuncia aduciendo que el CEN ya lo había condenado, lo cual es falso, y que él no se sometía a una “disciplina para perros”, que es el manido argumento de todos los voltearepas.

Pues bien, la Comisión de Ética estudió los hechos y como no podía continuar con el proceso debido a la jugada de la renuncia le envió una carta cuyos criterios deben servir de alerta y guía de comportamiento para los dirigentes del Polo. En ella le recuerdan que cuando apoyó a Santos era miembro del Polo y que con ello faltó a sus deberes de afiliado consignados en los Estatutos; que entre los deberes de todo afiliado al Polo está “respetar, acoger e impulsar las decisiones legítimamente adoptadas por el Partido en todas sus instancias”; le expresan que por su comportamiento es necesario “recordarle a todos los afiliados y afiliadas que la vinculación al PDA genera compromisos éticos y políticos con la organización”; y concluyen que “por las anteriores consideraciones expresamos en esta carta nuestro público rechazo a la conducta realizada por usted cuando era afiliado al PDA”.

Hoy la pregunta del millón es qué le van a dar a don Julio Roberto, además de toda la pantalla que quiera, para retribuirle sus servicios. Tanta indignidad no podrá ser fácilmente olvidada. Y pensar que hay dirigentes de una “corriente democrática” que se lamentan de que este personaje que no sólo transgredió los estatutos y la decencia política sino que se apartó en su totalidad del Ideario programático con su apoyo a los TLC y al “contrato sindical”, que convierte a los sindicatos en patrones de sus propios afiliados relevando a las empresas de esta obligación, haya salido del Polo.

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