La ínfima propuesta de “ayuda” a los caficultores nacionales en quiebra, de parte del gobierno de Juan Manuel Santos, presentada a través de los ministros de Hacienda y Agricultura, con el aval de la alta burocracia de la Federación de Cafeteros, es un irrespeto insoportable. Ofrecer un auxilio de 20.000 pesos por carga cuando esta baje de $650.000, en momentos en que el precio bordea los $560.000, y los costos reales de producción superan el precio de referencia, es un acto de infamia inaudito. Decirles a quienes llevan meses, prácticamente sin ingresos, porque además, no ha habido cosecha a causa de las dificultades climáticas y las debilidades de las variedades sembradas, que les van a regalar un bombón, es una grosería que solo puede partir de altos burócratas que han separado su suerte de la del resto de la población colombiana. Su cinismo no tiene límites y solo puede despertar la ira de quienes viven en la desesperación de la bancarrota.
Este gobierno, como los anteriores, solo ven hoy, por los ojos de los grandes negocios de la minería y los recursos naturales: petróleo, gas, carbón, oro, níquel, coltán…, o los fabulosos negocios de las telecomunicaciones, o de las concesiones portuarias, de vías, de ferrocarriles, o las ganancias pingües de la salud como negocio, o las del sector financiero, donde ha fincado sus garras el gran capital monopolista internacional y nacional. Ya no caben las preocupaciones de los sectores de capital nacional no monopolista, o las de los trabajadores y empleados, dependientes de un salario o de ingresos independientes para su sobrevivencia. Por eso tratan con tal desprecio las justas peticiones de un sector como el de los productores de café, que ha hecho contribuciones extraordinarias a la construcción del país nacional. Y así lo dicen: el anterior ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry expresaba en el debate cafetero promovido por los parlamentarios huilenses, que mientras el 56% de los ingresos del estado provenían del sector minero-energético, el café pesaba un poco más del 4%, y de manera despótica sacudió al aire su billetera para señalar que no había más recursos para los agricultores cafeteros que los que ellos mismos proveyeran.
Pero todo ese análisis de gran economía que arguyen los grandes burócratas del gobierno nacional para negar los recursos que garanticen la sobrevivencia de una industria vital para la economía nacional, como la cafetera, no pueden ocultar que esta es una de las mayores fuentes de empleo para los colombianos. Las otras son la fuente de ganancias extraordinarias para el gran capital. Aquí radica la gran contradicción de la sociedad colombiana: o priman los intereses del trabajo nacional o los del gran capital transnacional. Y, desafortunadamente el gobierno le apuesta a los intereses de una minoría, contra las necesidades de las grandes mayorías.
La batalla por la supervivencia del café es la batalla por la Colombia democrática, la Colombia de las mayorías. Los huilenses tenemos mucho metido en esta apuesta.