La desesperación, la impotencia, la ruina, la pobreza, la desesperanza, el abandono, el atraso, y mil calificativos negativos más, podrían explicar las razones que han llevado a millares de campesinos productores y trabajadores del café, de todo el país, ha protestar en las vías por la bancarrota económica que los agobia. Son gentes buenas, trabajadoras, honestas, que levantan sus familias en el amor al grano que han cultivado por generaciones. Nunca por sus mentes pasó, ni remotamente, la idea de tener que salir a las carreteras, masivamente, para exigir al gobierno soluciones ciertas a sus gigantescas dificultades.
La respuesta del gobierno ha sido la sordera a sus reclamos y el desprecio a sus solicitudes de diálogo. Diez largos meses, llevan realizando movilizaciones, enviando notas a ministerios y a la misma presidencia de la república, para que se les oiga, y la respuesta oficial es que solo conversa con la institucionalidad representada en la Federación Nacional de Cafeteros, un nido de burócratas que han despilfarrado por años los recursos del ahorro de los productores, en privilegios y prebendas para los altos ejecutivos de esa organización y del gobierno. Recordemos no más que el actual presidente de la república y los ministros de agricultura y hacienda, fueron en su juventud beneficiarios de los dineros de los cafeteros colombianos. Para completar, la represión de las fuerzas militares y de policía contra los manifestantes, es el lenguaje gubernamental: los gases, el garrote, la agresión son la constante en el trato de los campesinos inermes.
Las ofertas del gobierno Santos para superar la crisis cafetera son insuficientes. El desequilibrio entre los costos y los ingresos en el negocio lo hacen inviable. Si el gobierno no atiende las peticiones de subsidios para hacer sostenible el negocio, lo estará sepultando. Es urgente atender la coyuntura crítica. Sin superarla no hay futuro. El gobierno podrá aplastar con la fuerza bruta del estado la justa protesta cafetera, pero estará condenando a la ruina al sector. Es imposible atender, producir y recolectar café de buena calidad sin los ingresos mínimos que lo garanticen. Este no es un problema de buena o mala voluntad. Voluntad si hay, lo que no hay es recursos. Ni la pobreza más “verraca” hará viable el cultivo. Y la solución tiene que ser hoy, porque no habrá mañana. Ya en su desesperación los campesinos empezaron a abandonar fincas, una situación que se puede generalizar de continuar la crisis.
Todos sabemos, los que cultivan y los que estudiamos el tema, que la solución pasa por una revisión estructural del cultivo, porque por más de 20 años se abandonó la investigación, no se construyó un paquete tecnológico adecuado a las condiciones de producción en nuestro país, atendiendo las características de cada región; la política macroeconómica del gobierno desbocó el costo de los precios y deprimió el precio de venta de la cosecha; el crédito usurario se impuso sobre un cultivo precario. Pero ahora toca atender lo urgente para poder atender lo importante. Esta es la disyuntiva. De no hacerlo el gobierno de Juan Manuel Santos, será el sepulturero de la caficultura nacional.