Hoy se celebra el Día Internacional del Trabajo. Es el día de la clase obrera, de la clase de los trabajadores asalariados. A la vez que se hace un reconocimiento a los que lucharon en el pasado, incluso dando su vida, por alcanzar los derechos democráticos y las libertades sindicales y políticas de la clase asalariada y de la sociedad entera, se reivindica la contribución del trabajo a la creación de la riqueza social que ha permitido elevar el nivel de vida de la sociedad contemporánea. Sin la contribución de los millones y millones y millones de trabajadores asalariados que en el mundo entero, construyen con su sacrificio cotidiano la riqueza social, la sociedad de nuestro tiempo no podría funcionar.
Desde los trabajos más humildes, o más riesgosos, o despreciables para muchos (v.gr. la recolección de basuras), hasta el trabajo calificado en las áreas del conocimiento especializado (ingeniería, medicina, educación, ciencias…), pasando por el trabajo en las instituciones públicas y privadas que garantizan el funcionamiento de la sociedad (el respeto a las normas que nos regulan y su debido cumplimiento, la garantía de la prestación de servicios públicos básicos, etc.), los trabajadores asalariados son piezas vitales del complejo engranaje social del mundo del siglo XXI.
Aunque hoy se habla de la importancia del conocimiento para garantizar el desarrollo avanzado, donde las ciencias y las técnicas, cumplen un papel destacado, no hay trabajo ocioso. Si algo nos ha enseñado la experiencia social de los últimos 200 años, es que la prosperidad sostenida y sostenible, depende del grado de inclusión en la función de producción y trabajo, de las mayorías de las clases, sectores, grupos y personas que conforman la abigarrada y disímil sociedad en la que vivimos. Crear oportunidad para todos es el reto del presente, so pena de caer en los vórtices de las sociedades fallidas.
Por eso, en el envilecimiento de los salarios y en las prerrogativas abusivas del capital, impuesto por las concepciones neoliberales en los últimos 20 años, descansa en últimas, la crisis sistémica que acogota al mundo capitalista. La “flexibilización salarial” que impusiera en el mundo el gran capital parasitario monopolista mundial, a través de los dictados del FMI, así temporalmente, genere ganancias extraordinarias para sus mezquinos intereses, a la larga, es la causa de su propia bancarrota.
Hoy se prepara una receta más inequitativa en Colombia. La de fraccionar el salario mínimo nacional, en salarios mínimos regionales, por una parte, y, por otra, nuevamente, la diferenciación entre salario urbano y salario rural. Con el prurito de facilitar la formalización del trabajo, en un país donde el trabajo informal alcanza el 50 o el 60%, van a reducir los salarios reales. Y, se reducirá el ya precario mercado. Y, habrá sobreoferta, porque no habrá demanda. Y, en consecuencia, se agudizará la crisis, hasta que sea insostenible. He aquí la reivindicación del salario.