Debió marcharse contento Raúl escuchando el estruendo de las masas en las plazas y calles de Túnez. Me imagino nítidamente su bronca sonrisa al saber de esos brincos de la historia, de esas salidas de madre de los pueblos cuando los años interesantes desbordan en el tejer furioso de la historia como ahora sucede en El Cairo, Suez y Alejandría.

Él, que tantas veces debió recordar la canción de los tejedores de Silesia urdiendo el triple sudario de la vieja Alemania -del viejo mundo que oprime al trabajador- fue aventajado por su muerte personal. Asunto que no debió estremecerlo en demasía, tan generoso con los dones de su vida, tan derrochador de su hálito vital, interesado día y noche en la vasta enormidad de la obra de la revolución.

No obstante estar su cuerpo reducido a cenizas, que esperan el sepulcro móvil de las aguas del Río Guatapurí, podemos decir sin hacer concesión alguna al idealismo que el legado de su vida es otro hilo –hilo recio y flexible- que pasa por las manos hábiles de los obreros, para que canten,

Maldito el rey, el rey de los ricos,

Qué no ablandó nuestra miseria,

Qué nos arranca lo que sudamos,

Qué como perros nos manda a matar,

Tejemos, tejemos.

Para que sentencien de la obra del presente y de la que se engendrara laboriosa, arduamente para el futuro,

Cruje el telar, la lanzadera vuela,

Siempre tejemos de día y de noche

La muerte del camarada Raúl nos recuerda con su formidable voz los compromisos que libremente hemos contraído con la clase obrera y, por lo tanto, con la nación. Ahora, que nos falta él, cuya ausencia es la de un gran cuerpo celeste que curvaba bellamente el espacio, ahora, se precisa que unidos asamos decididamente las herramientas de nuestra labor.

Ya lo entonó Heine, ese inmenso poeta alemán que era como un pájaro al decir de Marx, y que tanto vale para los tejedores silesianos de mediados del siglo XIX, como en este turbulentamente alborozado siglo XXI para los estibadores egipcios, los pescadores tunecinos, los carboneros colombianos,

Sin lágrima en el ceño duro

Están junto al telar y aprietan los dientes

¿Acaso no lo hizo toda su vida Raúl, sin lágrima en el ceño duro, apretando los dientes ante las adversidades, riendo en medio de los triunfos y los infortunios?

Tejemos, tejemos

Ah, hermano Raúl,

Tejemos, tejemos

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