Desde que conocí la noticia del fallecimiento del eximio e insígne Maestro Carlos Gaviria Díaz, un profundo dolor recorre mi ser. Al decir del poeta Miguel Hernández: “No hay extensión más grande que mi herida, /lloro mi desventura y sus conjuntos /y siento más tu muerte que mi vida.”
Carlos Gaviria fue un Maestro en toda la extensión y acepción de la palabra. Fue un coloso que, sin duda, impregnará con su ejemplo y virtudes a las futuras generaciones. Su dignidad, su estatura ética, su porte intelectual, su sapiencia y erudición son faro para un país gobernado y dirigido por unos decadentes que aspiran a llevar al cadalso a nuestro pueblo noble y trabajador.
Sólo seremos dignos de pronunciar el nombre de Carlos Gaviria Díaz si emulamos su ejemplo, si entendemos que la soberanía es a un país lo que la dignidad a las personas; que ser radical es ir a la raíz y ser firme en los principios; que debemos actuar sin sectarismos y sin ambigüedades; que no puede haber democracia mientras haya colombianos que vivan en la miseria; que la ética, la rectitud y la justicia deben estar presentes en cada acto de nuestras vidas; y, quienes militamos en la izquierda, reconocernos orgullosamente como tales, ya que somos los llamados a dirigir el profundo cambio del inicuo e inocuo estado de cosas que nos rodea.
Su legado no morirá pues vive en nosotros, y nosotros lo multiplicaremos. Manténdremos el rumbo de izquierda democrática del Polo y el acompañamiento a las justas luchas sociales en su honor, como él lo hubiese querido, y por todos los colombianos a los cuales Carlos Gaviria honró en todo acto de su vida.
“¡Qué lumbrera del pensamiento se ha apagado! ¡Qué gran corazón ha dejado de latir!” – Nekrásov.