La integración económica es un proceso histórico natural producto del desarrollo de las fuerzas productivas. El crecimiento del comercio internacional, resultante de las desigualdades en la distribución de los recursos entre continentes, regiones y países, sumado a la internacionalización de los capitales productivos y financieros, pueden provocar procesos de integración asimétrica. En el caso especifico del capitalismo, como producto de imperativos políticos y económicos se impulsa a partir de 1958 el Mercado Común Europeo, que se transforma en Comunidad Económica Europea en 1973, hasta saltar en lo que hoy es la Unión Europea que agrupa a 15 estados independientes con un espacio económico común y una moneda común que circula en 12 de los 15 miembros.

Es necesario anotar que la Comunidad Económica Europea creó los denominados Fondos Estructurales para financiar el crecimiento económico de España, Irlanda, Portugal y Grecia, que ingresaron a este pacto años después. Pero, el propósito fundamental de estos fondos es que los países miembros menos desarrollados disminuyan las asimetrías económicas e institucionales que tienen con los miembros más desarrollados. Y esto parte de un principio lógico: una unión económica entre países desiguales está destinada a fracasar. España e Irlanda se convirtieron en grandes potencias económicas y Grecia y Portugal han elevado su nivel.

El proyecto del ALCA es una asociación muy asimétrica: Los Estados Unidos y Canadá representan el 80% de la actividad económica de las Américas; Brasil representa el 40% de la actividad económica de América Latina y si se le suma México y Argentina estos tres países representan el 75% de la actividad económica de la región latinoamericana. Significa que el peso del resto de los países de la región al Sur del Río Grande es insignificante.

Países como Chile, con su bien desarrollada economía de exportación de bienes agrícolas y agroindustriales, han expresado un gran entusiasmo por el ALCA; en la misma dirección pero con más prudencia, México. El Brasil siempre ha reiterado sus reservas y Venezuela también.

Qué papel tienen entonces que jugar, en esta muy desequilibrada asociación, los países pequeños como Panamá. Nuestro país tiene una muy desarrollada economía de exportación de comercio y servicios que ha crecido en desmedro de la industria y la agricultura.

El sector terciario de la economía representa el 75% del PIB. Pero el excesivo crecimiento de este sector ha provocado el estancamiento del empleo desde hace 18 años.

En 1984 el desempleo afectaba al 10.1% de la Población Económicamente Activa; en 1989 al 16% ; en 1995 cerca del 14%; en 1998 al 12% y en el año 2002 a cerca del 14.4% según cifras oficiales. Entre el 25 al 33% de la población económicamente activa se refugia en el sector informal, que es una forma de empleo muy precario.

La incorporación de Panamá al ALCA profundizará este tipo de desarrollo económico, lo que anuncia la próxima desaparición de lo poco que nos queda en las áreas de la industria y la agricultura, cuyo efecto inevitable sería un desempleo masivo de larga duración de naturaleza estructural.

Grupos empresariales vinculados a la industria del turismo y a las actividades de bienes raíces impulsan la incorporación de Panamá a este pacto comercial en función de sus intereses muy particulares. La actividad turística en Panamá está exonerada de impuestos, genera puestos de trabajo con salarios bajos y la propiedad de las empresas turísticas están mayoritariamente en manos de extranjeros que repatrian ganancias a sus casas matrices. En estas condiciones los beneficios del turismo son muy dudosos.

Lo cierto es que el ALCA no es un pacto comercial cuya finalidad sea elevar el nivel de desarrollo económico, institucional y social de nuestros países y la experiencia de México en su asociación con Estados Unidos y Canadá lo demuestra. México no ha podido llegar a acuerdos con los Estados Unidos para resolver el problema de la emigración ilegal de mano de obra mexicana hacia los Estados Unidos. Esta masiva emigración de braceros, trabajadores semicalificados y profesionales mexicanos denota que en la práctica existe una libre movilidad de mano de obra entre ambos países, pues hay una demanda permanente de trabajadores mexicanos en los Estados Unidos. Pero esta situación, de hecho, no es regulada legalmente, lo que facilita los permanentes abusos de las empresas estadounidenses que emplean a estos trabajadores, y que es denunciada a diario en ese país por organizaciones defensoras del derecho de los inmigrantes.

La incorporación de Panamá al ALCA profundizará este tipo de desarrollo económico, lo que anuncia la próxima desaparición de lo poco que nos queda en las áreas de la industria y la agricultura…

Los Estados Unidos y Canadá no le han facilitado a México los recursos necesarios para que este país eleve su nivel de desarrollo económico e institucional para reducir las grandes asimetrías que existen entre México y sus dos socios más desarrollados.

No hay acuerdos concretos para la coordinación macroeconómica en beneficio de México. La muy bien desarrollada economía de exportación mexicana, que suma hasta 180 mil millones de dólares por año a los Estados Unidos, Canadá y el resto del mundo, no ha servido de base para modernizar la sociedad mexicana, repleta de desigualdades y de grandes injusticias.

Si ésta ha sido la experiencia práctica de México dentro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, qué pueden esperar pequeños países como Panamá en el ALCA. La respuesta es obvia. No nos beneficia. El ALCA es sinónimo de inequidad y profundización de asimetrías. La victoria electoral de Lula en Brasil denota que los pueblos de América Latina exigen un cambio de dirección, alejado de las propuestas neoliberales como el ALCA.

Panamá carece de una economía de exportación de bienes desarrollada. No posee una industria de servicios tecnológicos para la exportación; Nuestro sector agropecuario está poco desarrollado y en muchos rubros carece de ventajas competitivas. El carácter dolarizado de nuestra economía eleva el costo de los factores de producción.

Si Panamá fuera una pequeña isla del Caribe, se podría vivir sólo del comercio y los servicios. Pero con una extensión de casi 76 mil kilómetros y tres millones de habitantes, este país no puede depender sólo de los servicios y esto ya lo han señalado en innumerables ocasiones tanto economistas panameños e instituciones internacionales como la OIT, el Banco Mundial y el BID.

Los Tratados de Libre Comercio sólo favorecen a los países con economías de exportación consolidadas y en América Latina sólo tres países han logrado esa condición: Costa Rica, Chile y México. Panamá está muy lejos de alcanzar la condición de estos tres países. Por consiguiente, la incorporación de Panamá a pactos de libre comercio de carácter regional no es una cuestión de apuro, sino de los beneficios concretos que se pueden derivar de estos pactos.

La tesis muy difundida de que la incorporación al proceso de globalización, es la de un tren a alta velocidad en donde los primeros que se montan ganan y los últimos pierden, no sólo es maniquea sino inaceptable.

El desarrollo económico tiene como objetivo el mejoramiento de las condiciones de vida del conjunto de la sociedad y cualquier decisión económica contraria a ese objetivo, no cumple con uno de los principios básicos de la ciencia económica: el uso eficiente de los recursos escasos para satisfacer las necesidades sociales siempre crecientes.

Por último, se debe señalar que las grandes asimetrías económicas presentes entre las tres Américas hacen poco viable el éxito del ALCA. En resumen, los pactos de libre comercio no representan, necesariamente, beneficios para el país.

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