Cada vez que un funcionario del más alto nivel del gobierno norteamericano da declaraciones a la prensa hay que examinar sus palabras con lupa, sílaba por sílaba, para alertar sobre sus intenciones con los pueblos de América Latina. Pues allí se anuncia sin ambages qué otra ventaja pretende obtener de sus gobiernos subalternos y qué nueva amenaza se cierne sobre los gobiernos independientes que no se prosternan ante sus mandatos.
Es el caso de la entrevista de Joe Biden, vicepresidente de los Estados Unidos, que el domingo 9 de marzo el periódico El Tiempo publicó, como parte del Grupo de Diarios de América (GDA), que usualmente le sirve de correa de transmisión a la política neocolonialista de Estados Unidos para todo el continente. Aprovechando su visita a Chile con motivo de la posesión de Michelle Bachelet, en esta entrevista Biden trazó la línea a seguir en diversos temas candentes de la realidad latinoamericana y expresó con claridad meridiana cuáles son las intenciones de Estados Unidos en la política y en las relaciones económicas, precisando los criterios que guían sus actuaciones respecto a sus relaciones con los países de América Latina.
Aprovechando la pregunta de la periodista Carolina Alvarez Peñafiel de El Mercurio de Chile sobre Venezuela, Biden pontifica: “La situación en Venezuela es alarmante. El gobierno tiene la responsabilidad básica de respetar los derechos universales que incluyen las libertades de expresión y de asamblea; proteger al pueblo de la violencia y comprometerse en un diálogo genuino en un país profundamente dividido. (…) Enfrentar a manifestantes pacíficos con la fuerza (pública) y en algunos casos con milicias armadas, limitando la libertad de prensa y de asamblea – necesarias para el debate político – demonizar y arrestar a los opositores políticos y reforzar dramáticamente las restricciones para los medios no es lo que esperamos de democracias signatarias de la Declaración de los Derechos Humanos y de la Carta Interamericana (…).
Esta respuesta está en consonancia con la posición que han venido aplicando en todos los países del mundo en donde no rigen gobiernos afectos a su imperio. Es lo que se ha venido conociendo entre comentaristas norteamericanos como el método de la “revolución blanda”. Se trata del financiamiento de “activistas”, “periodistas”, medios de comunicación y el desarrollo de planes para derrotar a los gobiernos legítimamente elegidos después de que fracasan sus tácticas golpistas, como lo intentaron en Venezuela en 2002, o de ser derrotados legítimamente una y otra vez en las urnas. Porque el Biden que se queja de la represión a “manifestantes pacíficos” forma parte de un gobierno que no ha vacilado en utilizar la violencia contra sus propios manifestantes, como los “occupy” de Wall Street, y de callar frente a la represión violenta desatada contra opositores y manifestantes que se enfrentan a sus gobiernos amigos.
Biden alimenta la “leyenda negra” contra Venezuela que los medios de comunicación afectos al Consenso de Washington se han encargado de propagar, magnificando los problemas que enfrenta el gobierno venezolano, los cuales se puede pensar no han sido manejados de la mejor manera, y callando sus logros especialmente en el campo de la disminución de la desigualdad que tiene que ver con la distribución del ingreso nacional, salud, educación, en suma, con el cumplimiento de las metas del milenio que los gobiernos neoliberales relegan como algo secundario. Con este propósito más abajo Biden dice “…la situación de Venezuela me recuerda épocas pasadas, cuando hombres fuertes gobernaban usando la violencia y la opresión, y (la violación de) los derechos humanos, la hiperinflación, la escasez y la extrema pobreza causaban estragos en los pueblos del hemisferio.” La mala intención lo lleva a comparar el gobierno venezolano, elegido democráticamente en unas elecciones en las cuales derrotó a una derecha financiada por Estados Unidos con centenares de millones de dólares, con Videla, Somoza o Pinochet. Todos ellos apoyados en su hora por el gobierno norteamericano. Tal exabrupto marca el tamaño de la contradicción y de lo que podemos esperar de la política norteamericana hacia Venezuela, desde el anuncio de “sanciones económicas” que la subsecretaria para América del Departamento de Estado anunciaba el 28 de marzo, hasta la intromisión armada que descartaba por ahora en tono amenazante.
El periódico El Tiempo siguiendo esta línea se atreve a plantear en su editorial del 25 de marzo, mirando la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, que “cada vez es más claro cómo el Estado de derecho se desvanece a pasos agigantados. La separación de poderes quedó en el pasado: el chavismo controla la Asamblea nacional, el poder judicial y la autoridad electoral, entre otros.” Crítica que sería más creíble si primero denunciara que la Unidad Nacional de Santos controla todo lo enumerado y más en nuestro propio país. Pero el cinismo es la norma neoliberal cuando se trata de analizar otros países no afectos a su credo. En el mismo editorial también señala “…las denuncias de abusos de las fuerzas oficiales a la hora de enfrentar las marchas de protesta de los estudiantes…”, cuando guardaron silencio ante la violencia con que el Esmad atacó el paro campesino en Boyacá y en las zonas cafeteras.
Esta posición manifiestamente sectaria por parte de Estados Unidos lo llevó a que sufriera una derrota contundente cuando pretendió con Canadá y Panamá proponer una resolución de condena de la OEA contra Venezuela. El pasado 7 de marzo 29 de los 32 países que la componen no solo rechazaron la propuesta norteamericana sino que aprobaron una de solidaridad con el gobierno legítimamente elegido de Venezuela.
A renglón seguido, Biden ensaya una explicación respecto a las sangrientas dictaduras que apoyaron en toda Latinoamérica: “Fue un capítulo difícil de nuestra propia historia, debido a que nuestra lucha con la Unión Soviética algunas veces nos dejaba del lado de líderes que no compartían nuestros valores.” Desconociendo que continúan apoyando regímenes autocráticos allí donde les conviene o aliándose con facciones sectarias del islamismo radical como en Libia y Siria o apoyando grupos radicales neonazis como en Ucrania. La historia negra del apoyo de Estados Unidos a autocracias genocidas se sigue escribiendo y esta tímida explicación de Biden no colma ni en mínima parte las expectativas de los pueblos de América que reclaman justicia para sus decenas de miles de asesinados, desaparecidos y desplazados a manos de estos dictadores que contaron con el apoyo y el entrenamiento de Estados Unidos.
Por eso su declaración de que “…el pragmatismo y no la ideología, es el secreto del éxito”, suena al cinismo predominante en la política norteamericana, que mientras tanto adelanta todas las acciones necesarias para desestabilizar gobiernos legítimos que se encuentran entre sus “críticos más duros”.
Por último, Biden se refiere a las relaciones económicas con los países del mundo y, en particular, de América Latina, respondiendo una pregunta sobre el nefasto Acuerdo de Asociación Transpacífico, conocido como TPP. Y la respuesta debería alarmar a todos los pueblos de América: “La agresiva agenda comercial del presidente (Obama) ha llevado a un aumento del 50 por ciento de las exportaciones de Estados Unidos, sumado 700.000 millones de dólares a nuestra producción económica y contribuido con un tercio de nuestro crecimiento económico. Lo que es más importante, el aumento de las exportaciones ha solventado la creación de empleos en nuestro país: cada mil millones de dólares en aumento de las exportaciones genera entre 4.000 y 5.300.”
Desde luego lo que no dice es que lo que gana Estados Unidos en aumento de exportaciones, fortalecimiento de su aparato productivo y calidad de empleos, lo pierden los países que firman los TLC con ese país. Mientras nuestros talibanes del neoliberalismo debilitan la producción industrial y agraria imponiéndole condiciones aberrantes para su desarrollo con tal de favorecer a las corporaciones y al gobierno norteamericano, el gobierno de Estados Unidos hace todo lo contrario para fortalecer su economía. Por eso ya no le bastan los TLC de los cuales se jacta de tenerlos firmados en “una línea casi continua… desde Canadá hasta Chile”, sino que busca presionar concesiones aún más gravosas a través de acuerdos como el TPP que se negocia en secreto para no alertar a los pueblos de América que con toda seguridad le vamos a oponer la más enconada resistencia.