El mes de junio en Colombia esta plagado de festividades en distintas regiones coincidiendo con un periodo vacacional y el reconocimiento de la prima semestral a quienes gozan de un empleo formal. Así la celebración del Festival de Joropo en Villao, San Juan y San Pedro en el Tolima Grande y muchas otras más además de abrir un espacio a la expresión popular se convierten en una oportunidad de rebusque de la informalidad. Centenares de vendedores de licores y bebidas refrescantes con un termo de icopor a cuestas, sombreros, alimentos típicos, dulcería y confites, artesanías en barro, cestería, bisutería y cuanto artículo la imaginación de las gentes les sugiera se ofrecen por las calles en medio del jolgorio y la celebración.
Los ríos de gente que colman las plazas y los lugares dispuestos para la fiesta provienen de diferentes regiones, las familias dispersas a lo largo y ancho de la geografía nacional aprovechan para reencontrarse así como las viejas amistades o los curiosos turistas atraídos por el reconocimiento que han logrado estos festivales; también quienes optan por pescar en rio revuelto se diseminan buscando en el tumulto una oportunidad para tomar una cartera, desvalijar un vehículo o saquear una vivienda, es inevitable en una sociedad carente de oportunidades de trabajo.
Las cifras estadísticas no reflejan la magnitud de la tragedia que esto implica porque no diferencia entre el que definitivamente no está ocupado y no recibe ningún ingreso o el que empleado percibe unos ingresos de pacotilla o el que con una carretilla recoge basura para reciclar o hace cualquier cosa por unos centavos, sin seguridad social ni la garantía de un ingreso estable y estos son muchos. Ante un cuadro tan patético como el descrito arriba uno espera que todo organismo institucional facilite en sus posibilidades los medios para dar opciones de trabajo e ingreso a los más necesitados, desafortunadamente la realidad es otra. La temporada de mitad de año debería representar una posibilidad para muchos y a los ojos de cualquier ciudadano desprevenido que observa ventas de comida, licor, artesanías y chucherías por todos lados así podría creerlo, sin embargo una vez se indaga la conclusión es otra, los beneficiarios de las fiestas son unos pocos especuladores del espacio público que facultados por las autoridades municipales y departamentales alquilan cada centímetro de suelo a precios realmente extravagantes. A un vendedor de bocadillos o de bizcocho de achira en el Malecón del rio Magdalena en Neiva le cobran por un espacio de 4 metros cuadrados que llaman stand por colocar una estructura en varilla $400.000 por la semana de fiestas y en el corredor exterior del Centro de Convenciones por un área menor, delimitada por una línea imaginaria el costo es de $500.000 pesos, para el que negocia con jugos, obleas o bisutería; con esos costos resulta fácil deducir quién es el que termina haciendo la fiesta sin ningún esfuerzo a costilla de un pueblo rebuscador. Contrasta este espíritu de exacción a los más pobres con la generosidad con que se trata al gran capital especialmente extranjero, es el criterio que se ha impuesto por quienes gobiernan, verdaderos malandrines, obsesionados con recibir palmaditas en Madrid y Washington y amarrar su futuro personal al interés de las multinacionales, mientras conducen la nación al desastre y lo sumergen como el Titanic en las gélidas y oscuras aguas de la pobreza.