En el complejo panorama internacional actual, el imperialismo juega como un avezado timador que ha puesto su mesa en la feria de las conmociones y trata de engañar al público con el viejo juego de “dónde está la bolita”.
La bolita puede esta en el vaso de la “democracia”, en el de los “derechos humanos”, en el de “la estabilidad económica” o el de “la no proliferación nuclear”. Hasta la “revolución” ha sido utilizada con un desparpajo mayúsculo, prueba suprema de que la semántica no le asusta. El de “la lucha contra el terrorismo”, tan presente en la última década, ha pasado a segundo plano por estos días. Igual cosa sucede con “la guerra contra el narcotráfico”. Pero están a la mano para cualquier eventualidad. Lo cierto es que para justificar la bolita de la intervención bien sirven esos pretextos y otros como “la defensa del medio ambiente”.
De esa manera en Libia argumentó la defensa de los derechos humanos y la rebeldía para sacar de sus faldas los bombarderos que mataron a diestra y siniestra. En Siria los derechos humanos son el expediente para preparar la agresión. Para Irán la receta pasa por democracia y derechos humanos, pero el plato fuerte es la energía nuclear. Frente a China nuevamente los derechos humanos brillan. Grecia, Portugal, España, Italia se ven constreñidas con el argumento de la estabilidad económica. Para apoderarse de la Amazonia apela a la irresponsabilidad ecológica de las naciones de la región.
En Colombia nos han hecho tragar a la brava –a juro decía la abuela- un repugnante plato de todos los vasos del timador. Menos el de la energía nuclear. Claro, hemos estado durante un siglo tan plegados a los designios de Estados Unidos, que el poco desarrollo que teníamos en ese campo –ínfimo y prestado- fue desmantelado con presurosa abyección.
Naturalmente ninguno de los rótulos de esos vasos dice la verdad en lo que respecta a la manera de actuar y razonar de los imperialismos norteamericano, alemán y otros de menor talla.
La democracia les ha importado un pepino: han apoyado bárbaras dictaduras en todo el orbe y las siguen apoyando y consintiendo con tierno afán –Arabia Saudita, los Emiratos, etc., etc.-. Mubarak, Ben Ali, Gadafy fueron sus pupilos. Organizaron los golpes de estado contra gobiernos democráticos en Honduras y Venezuela –para no hablar del Chille de Allende-. Los genocidas del napalm se auto gradúan de defensores de los derechos humanos. Los ahogadores en sangre de las revoluciones se autoproclaman rebeldes. Los destructores de los mercados interiores de cientos de países pontifican sobre la estabilidad económica dictaminando tratados de libre comercio y más poder para el FMI y el Banco Europeo. Los avaros de la destrucción que atesoran miles de cabezas nucleares y que pasan las noches deshojando la margarita del holocausto termonuclear; que siendo los únicos que han despedazado y calcinado cientos de miles de mujeres y niños; y que han sido cómplices del armarse de Israel y Pakistán, amenazan con bombardeos y asesinatos a aquellos que decidan desarrollar la energía nuclear.
Son tan variadas sus coartadas de compadritos alevosos que la lista es extensa y –afortunadamente- conocida de autos. Los que arman y adoctrinan terroristas se llaman sus perseguidores. Los que ganan el campeonato en envenenar mar y tierra negándose a cualquier acuerdo razonable persiguen a los países ricos en recursos naturales. En fin, con el bareto entre los labios, abundante humo en derredor de la cabeza y los dólares en el bolsillo, se lamentan santurronamente ante los cientos de miles de cadáveres que deja la guerra antinarcóticos en América Latina, pero los estiman muy pocos, toda vez que la sarracina les permite intervenir a más y mejor.
Destruyen naciones y erigen protectorados según les convenga. Todo ello aupado en la propaganda y la deletérea fuerza de la intervención económica y, si, en últimas es preciso, las bocas humeantes de los cañones.
Pero, en resumen, se presentan como los campeones de la libertad.
Semejantes maniobras no son nuevas. Se han usado desde hace más de un siglo. Y más. Y todas tienen un común denominador: mantener y acrecentar el dominio imperialista sobre los pueblos del mundo para saquear a su placer el trabajo y los recursos naturales. Por eso odian la denominación, por no decir que las realidades, cuando se han podido dar, de la soberanía de las naciones. Así, sus tratados de libre comercio son supra constituciones que permiten el control de los mercados, las finanzas, la salud, la educación, etc. de la nación pobre que cae en sus garras. De ese modo la Unión Europea –es decir Alemania- se pasa por la faja la autonomía del resto de Europa y a la coyunda de la moneda única va añadiéndole el control sobre los presupuestos. Por eso la guerra, escueta y desnuda violencia, para hacerse de recursos, vías, bases, mano de obra.
En 1914, poco antes de la Primera Guerra Mundial, un desconocido proscrito que escondía su nombre bajo un seudónimo que llegaría a ser célebre, señalaba que “por auto determinación de las naciones se entiende su separación estatal de las colectividades de otra nación, se entiende la formación de un Estado nacional independiente”. Lenin, con meridiana claridad, planteó el asunto que nos atañe, y con tanta premura, en la hora presente: “en todo nacionalismo burgués de una nación oprimida hay un contenido democrático general contra la opresión, y a este contenido le prestamos un apoyo incondicional, apartando rigurosamente la tendencia al exclusivismo nacional”.
Y demuestra la falsedad de las potencias imperialistas: “tomemos la posición de la nación opresora. ¿Puede acaso ser libre un pueblo que oprime a otros pueblos? No”.