Esta va a ser una Navidad dura para muchos y en lugares que podrían suponerse inesperados, sólo que basta recordar lo que dijo Charlotte: “no hay miseria como la de Londres”. Y bien, en las frías calles de Boston, en el Puerto de El Pireo, en las Ramblas barcelonesas, en la rancia Dublín un hambre y una pobreza que ya ni siquiera pueden pasar como decentes campean por sus reales. Sobra decir que en los lugares de siempre, en el África, desde la coronilla hasta los pies; en las favelas, en las comunas, en las calles cegadas de basura de Puerto Príncipe en esta América nuestra; en el Asia de las megamaquilas, la señora hambre se pavonea con una impudicia que estremecería a cualquiera menos a esos muchachos de los cuales nos hizo retrato cumplido Graham Greene. Aquellos americanos impasibles, esos boy scouts rubios que no dudaban en colocar bombas en Saigón a nombre del evangelio de la libertad y la democracia. Buenos muchachos. Como siempre, bajo el amparo de la lucida juventud pasaban y pasan la mercancía dudosa de la política de los Estados Unidos. De ese modo, mientras encajaban la muerte y la derrota en los arrozales de Indochina, cosecharon otro supuesto arrebato juvenil en la escuela neoliberal bajo el mote de los Chicago boys.
Esos buenos chicos, naturalmente mercenarios al servicio del imperialismo, le recetaron a tirios y troyanos una reedición en cuarto mayor del liberalismo manchesteriano. Liberalismo en los tiempos de los monopolios, trusts, trasnacionales, carteles, conglomerados, multinacionales, corporaciones (tantos apelativos para designar lo que dizque no existe). Liberalismo, digo, un chiste para encaramar inocentes. Y lo que no pudieron hacer con áridas teorías lo completaron con apretadas de pescuezo de esas encantadoras e inofensivas instituciones del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y lo concluyeron con golpes de Estado, guerras y “daños colaterales” que sufrieron enemigos y amigos. Remember Saigón, Remember Santiago.
Cuando con la depresión económica llegó al fin el fin del reinado omnímodo de los refinados embustes del libre comercio, de las privatizaciones y de las zarandajas de la glorificación de los ricos y quedaron los avispados muchachos de Chicago en puros cueros y con sus enemigos ideológicos royéndoles los zancajos, en un primer momento tomaron la política de hacerse los muertos o, lo que es lo mismo, falsificarse en seguidores del intervencionismo de Estado. Era patético verlos jurando en falso sobre los manuales de Keinesianismo.
Y apenas morigeraron algo los vientos huracanados que hundieron sus Frankensteins más queridos, sus hermosos bancos de inversión, sus derivados financieros y tuvo que a regañadientes intervenir el Gobierno norteamericano; y apenas se hubo olvidado un poco las monstruosas cuentas de rescate de los bancos expoliadores, volvieron por las andadas. Por supuesto que no solos, para eso han tenido el acompañamiento de la dupla París-Berlín, diseñadora de una Unión Europea a la medida de sus intereses.
¿Qué produjo este desastre económico, este desbarajuste social, esta hambre sin cesar? El poder omnímodo de los monopolios expresado en la doctrina del neo liberalismo.
Los chicos de Friedman han dejado de hacer el muerto y acuciosos como de siempre y prevalidos del poder armado hasta los dientes de la primera potencia del mundo y del poder económico de las agencias internacionales expiden recetas a todo enfermo ¿Qué la economía griega anda en quiebra por haber seguido sus máximas? ¿Qué Irlanda se hundió por volverse en paraíso financiero? Pues más de lo mismo, más privatizaciones, más impuestos a los pobres, menos salarios, mayores edades de jubilación. Ni que decir que en Colombia se aplican a raja tabla todas sus “recomendaciones”.
Toda esa actividad que pretende resolver los problemas creados por el neo liberalismo con más neo liberalismo es la pretensión de apagar un incendio haciendo uso de fósforos. Realmente conducirá al capitalismo a una mayor crisis. Si el fondo de todo esto reside en que la gente no tiene con que comprar lo que produce la industria, suponer que ese problema se resolverá despidiendo trabajadores, disminuyendo sus salarios y derechos, empujando a países, a regiones enteras a consumirse en el hambre, es un adefesio teórico y práctico.