Es común que las personas den por ciertas creencias o afirmaciones que no tienen fundamento en la realidad, ni han sido probadas y a pesar de las evidencias se aferran a ellas como si no fuera posible la vida sin ellas. El mito más difundido en la época presente en materia económica, es el dogma neoliberal, el del libre comercio asociado a la minimización del Estado. No ha sido suficiente la generalización de la pobreza, que produce hambrunas como la que declara la ONU en Somalia, la pérdida de la vivienda y los ahorros de millones, acompañada de la crisis financiera que obligó al rescate con fondos públicos de la mayoría de instituciones financieras de los países desarrollados; el despeñadero en que se encuentran naciones como Irlanda, Grecia, Islandia entre otras, nada de eso ha bastado para que sus creyentes logren salir del embrujo y osen ensayar otros caminos.
Es entendible que los pocos que se han beneficiado de estas políticas las defiendan, como Santos y sus áulicos, pero resulta absurdo que los afectados también lo hagan. En una mesa de trabajo en una emisora universitaria a la que nos invitaron recientemente, para conversar sobre la seguridad alimentaria, un abogado, especialista en derecho familiar que nos escuchó explicando los efectos negativos de la inversión extranjera en Colombia, dadas las inusuales gabelas concedidas por el gobierno, intentó justificar las bondades de la política exportadora como generadora de trabajo y aunque su formación no está relacionado con asuntos económicos, recitaba como ciertos los argumentos que ha escuchado a los arquitectos de la política nacional; fue necesario invitarlo a que hiciera un recorrido por la geografía nacional examinando las condiciones de vida de los trabajadores involucrados en la producción de flores, banano, petróleo y minerales como el carbón y el oro, todos renglones de exportación, para que pueda constatar por sus propios ojos lo que verdaderamente representa para el país y sus gentes la inversión extranjera; las condiciones de esos compatriotas son lamentables, a pesar de que las cifras demuestran que incluso con revaluación, los resultados económicos para los dueños de esos negocios, cuando se trata de monopolios o capital financiero, son excelentes en razón a los bajísimos salarios que pagan a trabajadores que parecen esclavos modernos y a las innumerables exenciones tributarias de que gozan, en una clara discriminación a los pequeños y medianos empresarios nacionales.
Parte de esa mitología moderna incluye los denominados Tratados de Libre Comercio, sin los cuales viven la mayoría de las naciones desarrolladas y los países denominados emergentes por su vertiginoso crecimiento como China y Brasil, sin embargo a la opinión pública se le hace creer que el país se aísla si no se firman esos desventajosos acuerdos comerciales. En fin, son innumerables las fábulas que se esparcen para direccionar la opinión de las mayorías y lograr su apoyo o su indiferencia cuando se trata de adelantar políticas que afectan sus intereses, en eso es necesario reconocer la genialidad del actual gobierno, que en poco tiempo ha unificado a la mayoría de las direcciones políticas en su apoyo, a excepción de la bancada del Polo, para completar la agenda legislativa más antinacional que pueda registrarse en la historia de Colombia: sostenibilidad fiscal, estatuto de seguridad, reforma a la distribución de regalías, ley de tierras y Plan de Desarrollo con reformas en Educación y otros temas incluidos. Así como en el gobierno anterior llegaron a considerar que sus actos no tendrían consecuencias, decisiones como la de la procuraduría sobre el exministro de Agricultura Andrés Felipe Arias, prueban que a todo marrano le llega su San Pedro y a todo mito lo termina desvirtuando la realidad.