Quito es el escenario perfecto, el centro del planeta y este 12 de octubre, fecha que conmemora el encuentro de dos mundos, miles de banderas que permiten distinguir a los guaraníes, gauchos y cariocas de los centroamericanos y estos a su vez de los caribeños con su vocinglería destacándose en contraste con la tranquilidad de los andinos, estos últimos brillan por los vistosos atuendos de sus mujeres, tejidos llenos de color, abrigándolos del frio natural de una ciudad enclavada en los Andes, cincelada por una diversidad arquitectónica envidiable, en la que con cierto desorden, se conjugan el barro ancestral, las cornisas coloniales, el ladrillo cocido republicano y el hierro y el vidrio ensamblando las construcciones contemporáneas.

Cientos de organizaciones campesinas congregadas para reafirmar su voluntad de reclamar el lugar que les corresponde en el presente y el futuro del continente, advertir sobre los enormes riesgos que para la sobrevivencia de la especie constituye la continuidad de una política inicua de despojo de la tierra y de aniquilamiento de los pequeños y medianos productores con el propósito de garantizar el éxito de las multinacionales, señalar los nefastos efectos de la agricultura agro tóxica que aunada a la destrucción de la diversidad de semillas y material biológico acrecientan los problemas de salud y reducen las posibilidades de garantizar la seguridad alimentaria.

En Quito se dieron cita todos ellos: Citlalli, una joven agricultora de las cumbres del Chimborazo, que se ha entregado a la tarea de salvaguardar las decenas de variedades de frijol y papa que su terruño produce; con la paciencia del artista y con sus menudas y recias manos, una cosecha tras otra, selecciona lo mejor de los granos y tubérculos para garantizar que la siembra siguiente sea mejor.

Desde la amplia planicie del Matogrosso, Neto un joven campesino brasilero, que madruga a revisar sus matas de maíz y reza con la devoción de un feligrés para que el agua que sus granos requieren llueva del cielo, pues el precioso líquido de la región ha sido tomada por una compañía minera que explota oro en la zona y la usa para lavar la tierra que envuelve el material áureo, también se vino.

Mientras, Dolores una madre soltera guatemalteca, que con su pequeño hijo a la espalda, grano a grano recoge la cosecha de café que luego despulpa para llevar la almendra verde al mercado, voló a la tierra de los Incas.

Roberto, el mapuche, el hombre originario de las llanuras chilenas a los que un gobierno de derecha viene exterminando por el delito de reclamar la autonomía y el territorio que le es propio y vital desde tiempos inmemoriales, ha denunciado su tragedia en esta Asamblea.

Ellos y muchos otros productores del campo se dieron cita en la sede principal del centro de estudios más importante de Ecuador, la Universidad Central, allí el relato de sus experiencias y los sesudos análisis de sus realidades envolvieron el aula máxima en una Aura de conocimiento que busca garantizar la soberanía alimentaria y preservar patrimonios de los pueblos al servicio de la humanidad.

Sus realidades los tornan refractarios al libre comercio, a la apropiación privada del agua, a la militarización y a los proyectos que devastan la naturaleza y concluyen, con la claridad meridiana que sus luchas les proveen, en la indeclinable decisión de juntar sus batallas con los de la ciudad, con los obreros y los movimientos sociales y a su vez en todas las latitudes, porque el enemigo es planetario.

La Torre de Babel no existe, en creole, en portugués, en inglés, en francés, en aimará, en quechua, en las diversas lenguas de América y por supuesto en español, el sonido atronador de la divisa: por la tierra y soberanía de nuestros pueblos ¡América Lucha!, estremecía los cimientos del salón y no dejaba lugar a dudas de su compromiso contra el saqueo del capital y del imperio.

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