La caída de la tasa de cambio de peso frente al dólar por debajo de los 1.800 pesos, tiene alborotado el cotarro económico. Funcionarios del gobierno nacional, del Banco de la República, analistas económicos, empresarios, dirigentes gremiales, comentaristas de prensa…en fin todos aquellos a quienes preocupa o afecta la fuerte revaluación del peso, están exigiéndole al gobierno y al banco central actuar con energía y rapidez para tratar de revertir esta tendencia nociva que afecta, en materia grave, importantes sectores de la economía nacional. Especialmente se están lesionando las empresas exportadoras de bienes y servicios, cuyos ingresos están denominados en dólares: textiles, confecciones, flores, café, banano, automotriz, autopartes, calzado, carne, pescado, turismo…en últimas lo poco que quedó de la contraofensiva desindustrializadora de la apertura económica de los años 90. El fenómeno revaluacionista tiene ya varios años, como quiera que la tasa de cambio viene cayendo de manera continuada desde el año 2003, cuando la relación peso/dólar estuvo cercana a los 3.000 pesos. La consecuencia inmediata es la pérdida de empleos –solamente en el sector textil se han perdido 50.000 puestos de trabajo–, y la amenaza de quiebra para centenares de empresas.

Aunque la mayoría de los analistas económicos tratan de ocultar las causas de este fenómeno, algunos de ellos, ante la evidencia inocultable, están reconociendo que “…sus dos determinantes esenciales son la crítica situación fiscal americana que no parece vaya a ser enfrentada, y en segundo término el optimismo indudable…sobre el futuro económico de Colombia…”*(léase minería, privatizaciones, exoneraciones de impuestos, narcotráfico). Las dos son caras de una misma moneda, los negocios garantizados al capital financiero en Colombia, capital que circula con todas las prerrogativas posibles y ninguna obligación.

Porque la revaluación es producto de la descomunal sobreoferta de capitales especulativos que circulan sin control y total libertad por los mercados del mundo. Sobreoferta que ha crecido exponencialmente luego de que para salvar a los bancos e instituciones financieras, comprometidas en la crisis del año 2008, los gobiernos y los bancos centrales de los países ricos invirtieran en ellos cientos de miles de millones de dólares, euros, yenes y yuanes. Con las tasas de interés en cero o cercanas a cero, en los países desarrollados, es negocio endeudarse en dólares e invertir en pesos en una economía que como la colombiana no solo se ha revaluado sino que garantiza condiciones de favorabilidad y seguridad inmejorables. Con los rendimientos de esas inversiones se pagan con creces los costos del endeudamiento, o del capital invertido obteniendo pingües ganancias. De paso se arrasa la producción nacional, no solo la de exportación, que se ve sometida a la competencia ventajosa de la producción externa. Así cambiamos trabajo nacional por trabajo extranjero, entregando nuestro mercado interno sin ninguna contraprestación. El peor de todos los mundos.

Los únicos mecanismos para controlar este ataque salvaje son el control de cambios o un impuesto a las transacciones financieras, ambos anatemas innombrables en la capilla neoliberal. Herramientas, sobretodo la primera, que usan los países independientes. O preguntémosle a los chinos, o a los japoneses, o a los brasileños, o a los mismísimos europeos. ¿Qué decidirán hacer nuestros funcionarios criollos de clara estirpe neoliberal? Averígüelo Vargas.

Notas:

* Alberto Carrasquilla. Una propuesta cambiaria. El Espectador, 23 de agosto de 2010

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