Da grima ver a los exégetas locales del dogma neoliberal patinar y hundirse en las arenas movedizas de la crisis capitalista, tratando de explicar lo inexplicable o de justificar lo injustificable. Los Hommes, Cárdenas, Montenegros, Perrys, Caballeros, Carrasquillas…, parecen ovejas recién salidas de las salas de esquilmar, donde no solo les cortaron los cabellos, sino que les recortaron al mínimo las ideas. Parecen balbuceantes e inseguros escolares de primaria dando explicaciones confusas, incoherentes e ininteligibles a la bancarrota económica que sacude hasta los cimientos las sociedades paradigmáticas que han adorado durante toda su vida: Europa y los Estados Unidos.
Basta leer sus últimas columnas, llenas de sandeces y lugares comunes. Castrados, ideológicamente hablando, lo único que se les ocurre es recetar más de la misma medicina que está conduciendo a la debacle las economías del planeta: más gabelas, infinitas ventajas al capital y más expoliación, mayores recortes a la retribución de la fuerza de trabajo. Porque en esta afirmación se condensa el dogma neoliberal. Todas las medidas se orientaron a recomponer la tasa media de ganancia de capital –especialmente el financiero–, que venía cayendo peligrosamente amenazando su existencia.
Así, arrodillaron a los Estados, obligándolos a reducir los impuestos al capital hasta cifras ridículamente bajas, transfiriendo a través de los impuestos indirectos la carga impositiva al trabajo (he aquí la explicación a los déficits fiscales y la razón del sobreendeudamiento); impusieron la privatización de las empresas construidas con el ahorro público, compradas a menosprecio, convirtiéndolas en fuente adicional de exacción de los ingresos de los trabajadores; universalizaron el mercado de especulación financiera, llevándolo a niveles de lo absurdo con la creación de todo tipo de derivados financieros, como instrumento de concentración del capital de nivel global; implantaron la “flexibilización” laboral como forma de congelar y reducir los salarios y prestaciones de los trabajadores, incluyendo las pensiones; se disputaron las materias primas de todos los continentes y océanos del mundo, llevando algunos al borde del agotamiento, desajustando gravemente el equilibrio ambiental…, y con ello terminaron creando el descomunal desequilibrio de la superproducción relativa, en donde la oferta desbordada no puede ser absorbida por la disminución absoluta de la capacidad de compra de los consumidores. Y la más sobreofertada de todas las mercancías, el dinero mismo, no encuentra mercados posibles llevando su precio –la tasa de interés–, a valor cero.
Y ante una crisis de proporciones cataclísmicas, a Mauricio Cárdenas, por ejemplo, no se le ocurre sino proponer, como fórmula de desarrollo para el país, la construcción de ciudades enclave de burdo contenido colonial, siguiendo las enseñanzas de uno de sus maestros, Paul Romer, uno de los novísimos gurúes de la innovación y el crecimiento.
En Colombia, el gobierno de Santos, sigue profundizando el modelo neoliberal. La casi totalidad de las normas –reformas constitucionales, leyes y decretos–, apuntan a generar más negocios leoninos para el gran capital, a costa del bienestar de la mayoría de los colombianos. Solo cuando la crisis mundial y la propia, arrase con todas las ilusiones de la falsa prosperidad que pretenden vendernos, comprenderemos el camino erróneo en el que nos han embarcado. Mientras tanto, como corolario nos quedará la frase cargada de cinismo del mismo Presidente, de que el Huila está condenado a perpetuar niveles de pobreza inaceptables.