El pasado 8 de marzo como ya es costumbre se celebró el día de la mujer y no faltaron los columnistas que nos recordaron el origen de esta celebración, las obreras mártires de Chicago calcinadas por el abrazador fuego de la codicia de los dueños del capital, los mismos que hoy condenan al hambre y la miseria a millones de mujeres víctimas de la violencia, la explotación y la falta de oportunidades.
Por supuesto que ellas merecen todo nuestro reconocimiento, sin embargo sospecho que al igual que me ocurre, todos tenemos nuestras propias heroínas, no las que nos recuerdan los libros sino seres de carne y hueso que han ocupado tiempo y espacio en nuestras vidas, en el caso particular debo iniciar recordando a la que me acogió en su vientre y desde entonces ha prodigado afecto sin contraprestación, su natural inclinación por las cosas bellas cultivó en nosotros la sensibilidad por las artes, la música y las sanas costumbres, sin olvidar su exquisito gusto por la buena cocina; mi suegra un personaje que ingresó en la etapa media de mi vida y que además de su afecto a compartido nuestro interés por la literatura, ha sido mi correctora de ortografía y de estilo; Gloria la tesonera dirigente política y sindical, decidida a transformar el mundo, un ejemplo a seguir, generosa y dispuesta al sacrificio por los más pobres de la tierra, un espíritu aguerrido y batallador, una amiga incondicional y presta a la camaradería.
Por supuesto existen muchas otras, algunas anónimas a las que observamos en sus luchas sin tener una relación directa con ellas, por ejemplo: Elsa la de la resistencia al Quimbo; las que a diario corretean huyendo de la policía que las acosa por vender mercancía en la calle para ganarse el sustento; las universitarias que defienden una educación pública de calidad para todas; las que me encuentro a las 6 de la mañana en la galería al hacer el mercado y sé que están desde las 2 a.m. atendiendo su puesto de frutas o verduras; las que jalan con una moto un pequeño remolque en donde llevan las cantinas de la leche cruda para vender en los hogares más humildes, las madres solteras cabeza de familia que se revientan para criar a sus hijos; las obreras, las empleadas; ninguna de ellas goza de los reflectores de la fama o las ferias de las vanidades, su escenario no es un jardín de rosas, pero sus obras son extraordinarias realizaciones.
Y por supuesto está mi compañera, la más paciente, dispuesta a tolerarme como en broma dice mi padre a: “soportar hasta los malos olores”, solidaria y cariñosa, por ello este es principalmente un homenaje al amor de mis amores, la que si llegamos a viejos, en el gélido frío del amanecer no dudará en arroparme con su cálido cuerpo y con su afecto: mi Constanza.
A todas ellas les digo: si les sirvo de referente, conmigo han ganado todas las batallas, ustedes son unas adalides victoriosas, ¡loa a las mujeres¡