En mi tierra todo es gloria
cuando se canta el joropo,
y si es que se va a bailar
el mundo parece poco…
sigamos cantando, sigamos bailando,
sigamos cantando, ¡carambas!,
que me vuelvo loco.
Con estos sonetos arrancan las fiestas del San Pedro en el viejo Tolima, el desfile de jóvenes ataviados con las prendas típicas, ricas en colores y formas, empleadas en la coreografía de la rumba que son evidencia de la resistencia del Folklor a los embates de expresiones foráneas que los medios difunden por doquier. El rajaleña, aire musical originario en los campos de arroz y las haciendas ganaderas, le permite al ingenio de los músicos elaborar todo tipo de gracejos sobre las relaciones entre las clases sociales, sobre la conducta de los políticos y lo relacionado con la vida, sus amores y desamores, siempre inmersos en la picaresca propia de las gentes sencillas. Los interpretes de la música popular, afinando sus tiples y bandolas; los compositores recreando los paisajes, algunos incluso que ya no existen o aquellos en transito de desaparecer por la acción depredadora del hombre, ahora a través de las grandes multinacionales mineras y energéticas; los artesanos que incorporan en sus materiales imágenes del pasado adobados con elementos del presente y el futuro.
Paralelo al jolgorio, que se acompaña de la comida y el licor, se aprecia la pobreza del rebusque, la mendicidad diseminada por todas las calles del festival, a pesar de los esfuerzos policiales por esconderla, por ocultarla como si no formara parte de la realidad.
Sin embargo, en medio de la confusión se afirma la raíz de los pueblos, la tambora retumba con fuerza y en cualquier momento su llamado puede convertirse en un estruendo que convoque a liquidar las viejas estructuras, a renovar los liderazgos, a sepultar las teorías privatizadoras, los megaproyectos depredadores, y recuperar la soberanía perdida.
Los pueblos no renuncian al futuro, nunca lo han hecho, la vista siempre ha estado hacia el frente que espera sea mejor, el hombre primitivo saltó al esclavo, este al siervo y luego al obrero quien habrá de reivindicar lo mejor de la capacidad de la humanidad para convivir con el planeta, sin expoliarlo abusivamente, extrayendo lo que es indispensable y devolviéndole lo que es posible.
Mientras tanto, las gentes se burlan de sus desventuras y al son del sanjuanero entonan las coplas que animan sus espíritus:
Sírvame un trago de a cinco,
sírvame otro de a cincuenta,
y sirva y sirva sin descanso,
hasta que pierda la cuenta.
Y vamos a bailar al son de este joropo
la vida hay que gozar.