Luego de más de 20 años de estar padeciendo medidas contra su existencia, los agricultores y ganaderos de Colombia, decidieron unirse y juntar sus protestas para hacerlas más valederas y efectivas desde el 19 de agosto, coincidiendo en su crítica con otros sectores de colombianos.
La llamada “apertura económica” es el inicio del calvario rural y los TLC su crucifixión final. El gobierno diligente para amenazar, ineficiente para resolver, pretende emascular productores sin derecho a la defensa.
Se comenzó disminuyendo aranceles y procurando la libre importación de géneros agropecuarios; la riposta de los productores obligó a dictar algunas medidas de alivio – paños de agua tibia – mientras se continuaba afinando la estrategia para liquidar el agro.
Medida tras medida y un acompañamiento propagandístico sobre las bondades del libre comercio, fueron la constante durante las últimas dos décadas; diversas crisis de sus productos, obligó a los cultivadores a realizar reclamos cada vez más claros en sus exigencias.
De manera aislada pero constante, se sucedieron las protestas, ocasionadas unas veces por el deterioro de los precios internacionales, otras por las importaciones desbordadas; algunas más por los costos disparados de los insumos y el contrabando consentido; la espiral alcista de los combustibles, producto de una fórmula que ocasiona precios más altos que en países importadores del petróleo; en fin se acumulan estas falencias y lo que en teoría muchos no creyeron, cuando las actividades se tornan peligrosamente ruinosas, se entiende en la práctica el significado de esta conjura contra su oficios y forma de vida.
La entrega del mercado nacional, aliñada con una moneda revaluada – producto complementario del modelo neoliberal – producen una pócima mortal para los productos y géneros nacionales, acosados por la ausencia de instrumentos de política rural, escasos presupuestos, elitización del crédito, atrasos en infraestructura, carencia de investigación y modelos tecnológicos apropiados, acompañados de una verborrea sobre la competitividad y una especie de obsesión “telecesista” del gobierno que firma nuevos TLC cada mes, sin que escuche las voces de analistas y dolientes acerca del daño estructural al agro e industria nacionales.
Como si lo anterior fuera poco, los gremios, “aceitados” con las cuotas parafiscales y alentados por el perverso mecanismo de la puerta giratoria de cargos gremiales seguidos de puestos en el gobierno –de la ANDI a la embajada en Washington por ejemplo – degradados en oficinas de cultivos del Ministerio de Agricultura, obligaron a los agricultores y ganaderos a organizarse independientemente de los mismos, a juntar sus protestas y a utilizar la movilización y la denuncia pública como instrumento alentador para su defensa y supervivencia, por que definitivamente se rebosó el vaso.