Con todo lo doloroso que puedan ser las imágenes de los damnificados del invierno con su secuela de muertes, destrucción de viviendas, anegación de terrenos, destrozos en vías y caminos, desplazamiento de millares de personas, etc., lo cierto es que la cara de la tragedia deja al descubierto uno de los problemas más graves de la sociedad colombiana: el manejo del territorio.
La tierra de este país, su particularísima geografía: zona tropical surcada por tres cordilleras, que dan origen a un sistema orográfico de gran complejidad e inmensa riqueza biológica, con miles de microclimas que rompen a diario con los ciclos de las estaciones, desperdigados en sabanas, llanuras, lomas y vertientes…este territorio que hemos ocupado por generaciones a lo largo de miles de años, está pasando cuenta de cobro a una sociedad que no ha entendido a cabalidad la naturaleza en que se desenvuelve.
Incomprensión que se ha acentuado en las etapas más recientes de nuestra vida en sociedad. Destaquemos un aspecto, porque nos parece determinante del desarrollo social que hemos construido, sin desconocer que muchos otros factores de gran importancia inciden para una comprensión completa de problema.
Ese aspecto es la forma de propiedad de la tierra, especialmente la rural, que hemos utilizado para ocupar el territorio, a lo largo de la etapa histórica como nación independiente. La liberación del tutelaje colonial español no se tradujo en un rompimiento de la forma feudal de tenencia de la tierra que, con muy pequeños cambios, subsiste hasta hoy. La contradicción propiedad terrateniente vs. pequeña propiedad campesina, ha marcado con todas sus deficiencias técnicas, económicas y de organización, la ocupación de la tierra rural.
Una explotación rural fundada en la colonización de tipo campesino, pobre y sin recursos, expropiada por la pobreza o la violencia, acompañada por unas relaciones semifeudales de trabajo, con la consecuente utilización inadecuada de las fuentes hídricas y las riquezas biológicas debido al escasísimo conocimiento científico y al dominio de técnicas sustentables en lo ambiental –recordemos las inefables “quemas” para ahorrar en las rozas de limpieza de los potreros–, así como, la ausencia de cualquier responsabilidad social de la propiedad rural, fuente de riqueza con escasa tributación, ha sido, en conjunto, un manejo irracional.
En un país con la configuración geográfica descrita, no se comprende como páramos, zonas boscosas, vertientes, rondas de ríos y quebradas…, puedan ser propiedad privada. La pregunta subsiguiente es ¿hasta dónde van los derechos de propiedad de la tierra frente al interés colectivo de la sociedad? Cuando hay tanto en juego y son tan costosas las pérdidas por los desastres naturales, como los que agobian a la nación, se empieza a comprender el costo de no haber hecho una reforma agraria moderna.
Todo lo referente a la propiedad de la tierra, no solo la rural sino también la urbana y la relación del capital con ella, debe ser discutido y resuelto si queremos no solo superar este tipo de impases, sino enrutar hacia un futuro promisorio nuestra sociedad.
P.S. ¿Será que la responsabilidad del desastre del invierno es responsabilidad solo de las CAR, como pretendo enfatizarlo el gobierno nacional, o es la forma de evadir sus responsabilidades?