¿Quién ha visto cómo lloran los guaduales o cómo alegres se entrelazan y se miran en el río? La belleza de estos versos al son de la Guabina son expresiones musicales que forman parte del acervo de un pueblo, irrepetible y perenne. La imagen de una mujer recostada en la hamaca, suspendida por el leve contacto de uno de sus pies con el suelo, es la salomónica solución que un artista encuentra para recrear una escena típica de la región en que la dormilona no siempre es el catre de cuatro patas. La juglería al compas de una rajaleña encuentra una nueva forma distinta al pique, el contrapunteo, la trova paisa y con la picardía propia de nuestra gente igual retoman los amores o la emprenden contra algún político o política de ocasión. Innumerables obras u artistas propios de las diferentes regiones de Colombia podríamos traer a colación para enfatizar las innumerables características que diferencian a una nación de otra y que constituyen un invaluable tesoro de diversidad.

Desde que tuvo sus inicios la ola neoliberal ha pretendido direccionar a los pueblos con el criterio de un pensamiento único que de tener éxito conduciría paso a paso a la uniformización de las costumbres, las ideas y a la eliminación de todo rasgo que identifique a las naciones para terminar haciendo una mala imitación de las usanzas de los países dominantes, algo de esto ocurre cuando vemos a los jóvenes de cualquier estrato tratando de parecerse a sus pares de New York o París.

En contravía de esta pretensión, los pueblos preservan a través de distintas formas su identidad, un ejemplo en el caso concreto del Huila son las fiestas del San Pedro, que por fortuna no son solo reinas y licor; alrededor del festival se desarrolla una programación en la que afloran diversas manifestaciones artísticas en la música, la pintura, la danza, la literatura, la artesanía y en general una amplia gama de expresiones del folklor. Se muestra lo mejor de ellas, la rajaleña y el bambuco en el terreno de la música desbordan alegría y belleza, los concursos de interpretación y composición de música colombiana nos descubren todos los años una fuente inagotable de imágenes y tonalidades que dibujan preciosas voces musicales. Las artesanías y las artes plásticas, reflejan la extraordinaria inventiva de quienes apelando a muy diversos materiales y técnicas fabrican con la paciencia y curia propias del artista hermosos productos para el goce visual, gustativo y sensitivo de los visitantes. La danza que incluye coreografía, vestuario e interpretación en equipo de los bailarines recrea momentos, lugares, sentimientos y la vida de los pueblos.

En la memoria de los colombianos figuran algunos nombres que han dado lustre a estas tradiciones y que por supuesto encabeza el maestro Jorge Villamil Cordobés pero que se prolonga en una lista interminable de artistas como el Papi Tovar, Anselmo Durán, Emiro Garzón, Rumichaca y muchos anónimos pero no menos importantes que mantienen viva una tradición que nos distingue de las costumbres de otros pueblos y que forma parte de la esencia de una comunidad que aprecia su territorialidad. Todas estas expresiones de las regiones como el vallenato, el joropo, la guabina, el currulao, la contradanza que corresponden a la tipificación de unos matices que identifican plenamente a sus gentes, sumadas contribuyen a configurar la nacionalidad y son la prueba palmaria de que las naciones perviven en contravía de los aires de globalización que pretende liquidarlas. En la letra de Luis Alberto Osorio se nos recuerda que “en el Huila para bien cruza un río sin igual, que da la vida entera al labrador, a su maizal, al platanal”. Preservar el río y mejorar las tradiciones es nuestro deber. ¡Que viva el San Pedro!

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