El fin de semana que acaba de pasar estuvo lleno de anécdotas y conjeturas, promovidas por los anuncios del fin del calendario Maya que fue presentado como un augurio del final del planeta y del mundo conocido, como era previsible aquí continuamos y la profecía del apocalipsis se redujo a las malas noticias que de costumbre recibimos en la nación del sagrado corazón. Y aunque el fin no sobrevino, algunos sucesos presagian una muerte lenta pero segura para numerosos sectores de la economía nacional, varios compiten por el primer lugar pero el peor de todos tal vez está relacionado con la aprobación del nuevo Estatuto Tributario por parte del Congreso que salvo contadas excepciones actúo como de costumbre al son que el gobierno le toca sin importar las afectaciones que tendrán los sectores trabajadores y los pequeños empresarios.
Las cifras de reducción de la producción industrial, de la continuación en picada de la producción agropecuaria no parecen estremecer al gobierno, por el contrario legisla con el expreso propósito de propinarles un golpe de gracia, apenas comienza a evidenciarse los efectos del tratado de libre comercio con los Estados Unidos y otros países en el crecimiento de las importaciones cuando se anuncia la aprobación de tratado similar con la Unión Europea y el inicio del acuerdo con el Japón.
Los astros del mundo económico vienen alineándose para concurrir a un gran cataclismo, ahora mismo los norteamericanos de a pie esperan con angustia la decisión de su dirigencia respecto al tope de endeudamiento del gobierno gringo, pues de no encontrarse un acuerdo entre los partidos los recortes y nuevos impuestos están cantados aunque de darse el entendimiento la situación no será muy diferente.
En ese mar de dificultades que toca a las playas de los cinco continentes, Colombia tiene el infortunio de contar con un timonel comprometido con intereses distintos a los de la Nación lo que inevitablemente la conducirá al naufragio de los sectores populares y el encumbramiento de los filibusteros del gran capital; salvo que en medio del temporal los aguerridos marineros se amotinen y cambien el rumbo, como podría ocurrir con los productores del campo, especialmente los cafeteros, que anuncian un paro nacional para el veinticinco de febrero del año entrante al que podrían sumarse transportadores y comerciantes golpeados por las inmensas pérdidas de sus tradicionales clientes, la inconformidad se reproduce y no se sabe al final en que terminará.