Interpretando la añoranza de millones de seres que apenas sobreviven en el planeta, el “cantante de cantantes” Héctor Lavoe entonó magistralmente la melodía que titula esta nota y que en sus estrofas describe las angustias y las esperanzas de muchos:
“Pronto llegará,
El día de mi suerte
Sé que antes de mi muerte
Seguro que mi suerte cambiará”
Los inmigrantes a España y USA de regreso a su tierra natal tras la frustración de un sueño trunco por la crisis global; los cacaoteros quebrados luego de sembrar la variedad promovida por el gobierno en conjunto con la USAID, una agencia de cooperación norteamericana, que resultó peor que la enfermedad; los cafeteros amenazados en medio de su peor coyuntura a un incremento en la contribución con lo que se exprime un limón seco; los usuarios de los servicios de salud en las puertas de decenas de hospitales cerrados o en condiciones calamitosas; los obreros de las fabricas de manufactura advertidos del riesgo del desempleo por la sustitución de sus productos con las importaciones del TLC con Corea, la pobrecía en aumento y sin opciones, como en la canción todos ellos se hacen la siguiente reflexión:
“Muchas veces me pongo a contemplar
Que yo nunca a nadie le he hecho mal
Por qué la vida así me ha de tratar
Si lo que busco es la felicidad.
Trato de complacer la humanidad
Pero mi dicha aquí ha sido fatal”
A pesar de la pena al mismo tiempo reafirman su inquebrantable voluntad y determinación:
“No pierdo la esperanza de luchar”
Finalmente deberán encontrarle respuesta a sus inquietudes y desalientos:
“Estoy cansado de tanto esperar
Y estoy seguro que mi suerte cambiara
Pero ¿cuando será?”
Por supuesto la solución no está en hacer largas filas frente al dispensador del Baloto, o inscribiendo nuestras ilusiones en los realetes de los canales de televisión o elevando plegarias al cielo, la alternativa está en nosotros cuando nos decidamos a cambiar a quienes nos mal gobiernan.