Ponencia de Aurelio Suarez Montoya, Presidente de Unidad Cafetera. Bogotá, 19 de septiembre de 2002

1. “Un producto colonial”

Hay que recurrir a esta definición, conocida por todos, para recordar las características del café como mercancía, o commodity, en el modo de producción capitalista. Las condiciones del cultivo en los estadios previos fueron impuestas por las reglas feudales, emanadas de poderes divinos e incontrovertibles; en esos tiempos su difusión entre nosotros se debió a ellos, incluida “la penitencia” que los pecadores debían pagar por sus faltas como rezan algunas crónicas referidas al cura párroco de Salazar de las Palmas, una aldea ubicada en lo que es hoy el departamento de Norte de Santander en Colombia. En otros continentes, como en Africa, su implantación de manera masiva en las primeras décadas del siglo XX tuvo rasgos similares. Algunas obras de la literatura universal como la famosa Out of Africa de la baronesa Karen Blixen – Isak Dinesan- describen con vivacidad lo que por esa época y en dichas tierras aconteció.

Como producto básico tropical, el café ha estado sometido a las leyes que rigen en la economía de mercado a tales géneros. Su tendencia a la superproducción, la consecuente línea descendente de los precios en medio de la volatilidad, el crecimiento vegetativo de la demanda y el natural deterioro en los términos de intercambio con los bienes manufacturados han regido a plenitud las relaciones de la economía cafetera casi desde que Charles Dow incluyó los contratos de café como bien intermedio en la Bolsa de Valores de New York y los inscribió en el mundo de la especulación que a finales del siglo XIX ya había alzado vuelo.

Los desarrollos posteriores del sistema económico, hacia la concentración y el monopolio y la división internacional del trabajo entre los países poderosos y débiles, conspiraron para que las tendencias negativas propias ya descritas agravaran las secuelas derivadas de características naturales. Después de la Segunda Guerra Mundial se había configurado un cuadro absurdo: el café era el segundo producto básico en comercio después del petróleo, todos los países productores eran del denominado Tercer Mundo que obtenían la mayor cantidad de divisas de sus exportaciones del grano verde, un cartel de firmas comercializadoras transaban más de la mitad del volumen y otro de empresas procesadoras industriales gobernaban el negocio en los grandes centros de consumo desde los muelles de destino hasta los mostradores al detal, los apostadores de las lonjas lo tuvieron entre sus favoritos y, para colmo de males, los diferentes orígenes se mezclan en el famoso blend donde, incluidos los granos más defectuosos, se utilizan en el principal cometido: obtener el menor precio posible para la materia prima y captar la mayor renta deseable para todos los agentes localizados en la orilla ancha del negocio, lo cual cobija a los mismos Tesoros Públicos de las metrópolis. ¡No es posible idearse un mercado más imperfecto! Y, en la mayor ignominia se decide así mismo que es con ese producto con el cual los países tropicales, entre ellos Colombia, van a construir su desarrollo nacional y su futuro por generaciones.

2. Las decisiones políticas y el mercado imperfecto del café

Si alguna rama de la economía mundial sirve de ejemplo para la célebre máxima, “los problemas económicos se solucionan políticamente”, es la del café. Y hay antecedentes históricos que ratifican lo antes dicho. Las instituciones nacionales, reguladoras de la producción y el comercio, surgieron de decisiones de política pública inspiradas en los criterios del “New Deal”. El primer acuerdo, el Interamericano de Cuotas liderado por Estados Unidos con los países productores de América en los años cuarenta, tiene el más grande acento político y, el paradigma, el Pacto Internacional de Cuotas iniciado en 1962 y concluido en 1989 no puede entenderse sino como el apalancamiento a las economías altamente dependientes del ingreso cafetero en medio de los fuegos cruzados de la “Guerra Fría”, que obligaban a salvaguardar a toda costa las correspondientes zonas de influencia. Casi siempre que hay desorden bajo los cielos hay que contratar convenios de productos básicos, al menos mientras el orden mundial esté como en el presente. Hubo uno contra el nazismo y otro contra el comunismo.

Las palabras del señor Paul Keating, pronunciadas en Manizales (Colombia) en mayo de 1985 en el II Seminario Internacional de Economía Cafetera, en ese entonces presidente de la General Food Corporation, sirven para verificar la incidencia de las relaciones políticas en el mundo del café: “Básicamente hay tres razones por las cuales nosotros pensamos que el Acuerdo (de Cuotas) sería lo mejor por una parte y, sencillamente el Departamento de Estado dijo que ellos estimaban que sería bueno para el país y para el ambiente público y para el clima político, nosotros como buenos ciudadanos decidimos estar a favor del Departamento de Estado. El moderador nos dice cuáles son las reglas del juego y nosotros las jugamos.” (Corporación Universitaria Autónoma de Manizales, II Seminario sobre Economía Cafetera, 1985)

El profesor de Harvard, Robert H. Bates, en el texto “Política Internacional y Economía Abierta” cita a Hubert Humphrey en la sesión del Comité de Relaciones Exteriores del Senado que apoyó el ingreso al acuerdo cafetero en 1962, “ésta es una cuestión de vida o muerte, de castrismo o de libertad… El castrismo se extenderá como una plaga por toda América Latina, a menos que se haga algo con los precios de las materias primas que allí se producen”. Pero Bates va más allá. A partir de que la cooperación es una forma de control de los mercados, deja traducir que entre los países mayores productores, Brasil y Colombia, se ejerció una coalición adicional con las grandes firmas tostadoras, en particular General Foods y Procter & Gamble, en la cual mediante un intercambio recíproco de tratos comerciales preferenciales y cabildeos ante el gobierno gringo, las dos partes reforzaban sus respectivas posiciones dominantes desde la oferta y la demanda. (Bates, 1999)

Aparte de las evidencias que pudieran probar esta última afirmación, lo contundente en Bates es concluir que “Los estudios sobre la economía del café llenan importantes bibliotecas de Río de Janeiro, Londres y Bogotá. Algunos de ellos han sido tan distinguidos que fueron la base de importantes carreras en la academia y en la esfera pública. Sin embargo, su cantidad y su calidad ocultan una profunda ironía porque lo que caracteriza al comercio del producto es justamente su sorprendente grado de semejanza con el Estado: el control político que ejerce sobre el mercado cafetero internacional. Y, en comparación con la investigación sobre la economía internacional del café, se ha hecho poca investigación sobre la política internacional del café”. ( Bates, ibid.)

Y, en ese mismo sentido, y precisando la relación entre la política y el café en el caso colombiano, Jorge Enrique Robledo, en el análisis independiente sobre “El Café en Colombia”, concluye: “el vínculo entre el monocultivo cafetero y la estrategia de dominación de Estados Unidos sobre Colombia es uno de los hechos menos conocidos de la historia del país, pero no por ello menos cierto”. (Robledo, 1998) Ese vínculo, en efecto, data desde los inicios como país productor, en los periodos de crecimiento y también en los de terribles padecimientos y, gracias a él, corren una buena cuenta de nuestras desgracias como nación pobre.

3. La globalización neoliberal: la bancarrota de las ventajas comparativas

Las tragedias del café, su naturaleza colonial, sus singularidades como producto básico, y la imperfección del mercado, se han hecho más evidentes que nunca en trece años de neoliberalismo. El toque de trompeta emitido por Lee Iacocca, “es la hora de dedicarnos a los negocios”, resonó con estridencia en el mundo del café. El Pacto Internacional de Cuotas voló en pedazos y la cooperación del pasado se tornó en la más aguda confrontación económica de consumidores y productores y de productores entre sí. Después de estos años lo primero para destacar, luego de las monstruosas utilidades de los grupos y consorcios que controlan los grandes centros de consumo final, es la derrota de las naciones más productivas por unidad de área antes de 1990: Costa Rica y Colombia. Las teorías clásicas del comercio internacional, subsidiarias del teorema de la ventaja comparativa, perdieron toda validez. El mercado escogió por los precios, y no por las calidades; tampoco funcionaron las lucubraciones de la ventaja competitiva.

Los incrementos de la pobreza y la ruina generalizada en los países productores, incluidos los que pueden aparecer como victoriosos en esa batalla, han rebasado toda imaginación. En Colombia, el poder adquisitivo del producto con relación a los bienes de consumo, con los cuales el campesino recupera su fuerza de trabajo, se redujo a la mitad, respecto al fertilizante y al jornal en casi un 60%, proporción que es superior todavía en el caso del combustible. La globalización en el café no sólo afectó los ingresos individuales de los 20 millones de caficultores del mundo, un 82% de ellos minifundistas, según lo expresara OXFAM en una publicación internacional de hace pocos años, y de los 125 millones de personas involucradas directamente en el cultivo, sino que los flujos masivos de capitales que se volcaron hacia las economías de estos países propiciaron fuertes revaluaciones que, en la práctica, menguaron los recursos necesarios para solventar de algún modo la crisis. Para Colombia, en ese lapso, los cálculos menores estiman ese decremento en cuatro mil millones de dólares.

Las relaciones de desigualdad se agravaron. La deuda pública que se ha convertido en la mayor carga para los pueblos de los países de Asia, Africa y América Latina y, a la vez, en el mayor filón para el capital especulativo mundial, crece en proporción inversa a los ingresos por las exportaciones cafeteras. En 1998, por ejemplo, el endeudamiento público externo por habitante en Colombia era de 452 dólares, en 2001 había aumentado a 501 y lo mismo con el servicio de deuda que pasó, en esos cuatro años, de 167 dólares a 183, ambos subieron un 10%. En contrario, los reintegros de las ventas de café en el exterior por habitante disminuyeron en ese mismo lapso de 63,7 dólares a 24,7, 60% menos. Esta comparación puede ser terrible si se agregara a cada habitante el cargo de la deuda pública interna nominada en pesos.

Pero todo tiene que ver con la distribución global de la renta del café. Literatura reciente está mostrando que la repartición jamás ha sido tan inicua, más allá de las viejas relaciones de uno a diez o algo más entre el precio del grano verde y la mayoría de las presentaciones al detalle. En el escenario de las más bajas cotizaciones del café verde desde 1821, en dólares reales de 2000, se dan hechos tan oprobiosos como que, según Néstor Osorio, Director Ejecutivo de la OIC, “lo que el cultivador recibe hoy del precio de venta al por menor de una taza de café en un establecimiento de servicio es, probablemente, menos de un 2 por ciento”. O también que “a comienzos del decenio de 1990 eran de 10.000 a 12.000 millones de dólares los ingresos que los países productores percibían del café”, cuando “el valor de las ventas al por menor en los países industrializados era de 30.000”, mientras “en la actualidad, cuando el valor al por menor excede de 70.000 millones, los países productores apenas reciben 5.500”. Estamos ante un traslado de recursos de la producción primaria hacia la industria, los intermediarios y otros agentes ajenos al proceso sin precedentes en la historia económica. (OIC. Comunicación a la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, Johannesburgo, 2002)

Y, hablando de agentes ajenos a la operación productiva e industrial propiamente dicha, vale la pena nombrar que un estudio de Landell Mills en 1994 sobre la composición del precio al por menor de una libra de café tostado en Europa y Estados Unidos asignaba a los Tesoros de los países consumidores un 24.7% del ingreso en forma de impuestos, casi el doble de lo entregado a los productores. Para 2001, un estudio de la ONU, del experto Iván de Rementería, acusaba que, de todos los negocios que a escala global involucran al café, los gobiernos de los países del consumo captaban al año, por concepto de tributos, 45.000 millones de dólares, en tanto los productores ya sólo reciben 5.500.

¿Qué ocasionó tan dramático estado de cosas? La globalización tampoco escapa a las decisiones políticas, a pesar de la prédica del libre mercado. Aprovechando la desregulación, así como la Unidad Cafetera lo advirtió en enero de 1996, se indujo “ un desplazamiento, patrocinado por los compradores y los organismos multilaterales de crédito, de la caficultura mundial a naciones cafeteras con más bajos costos” y también se denunció: “Ayuda internacional, intervención estatal y, por encima de todo, mano de obra barata, he ahí la clave del boom cafetero vietnamita” (Suárez, 1996). Incentivos similares se han otorgado a India, Laos y a México, primer proveedor de Estados Unidos gracias al Tratado de Libre Comercio. Todo ello empeorado con el incremento del Brasil, comprometido en una iniciativa de volúmenes de inmensas magnitudes.

4. La solución ahora también es política

En medio de la confusión brotan múltiples propuestas y alternativas de solución a la crisis. Si bien no podría dudarse de la buena fe que las pueda inspirar, es difícil pensar en sus fructíferos y reales alcances, no solamente por lo hasta aquí manifestado sino porque no es fácil prescindir de definiciones tan escuetas de la globalización como que es “un nombre que los americanos le dan a la expansión de su economía y al flujo de sus capitales especulativos”, al decir de John Kenneth Galbraith o la muy difundida de Kissinger, “otra denominación al papel predominante de los Estados Unidos en el mundo”.

El “sello verde”, los cafés especiales y gourmet, la venta de producto con valor agregado, todas ellas con el encanto de los dogmas contemporáneos como la competitividad, los nichos de mercado y las alianzas estratégicas, dejan a un lado el aspecto primordial del mercado del café en su historia: el aspecto político. Y de ello no puede decirse otra cosa que la defensa del ingreso del café es, ante todo, una política de Estado. Si se añade la trascendencia para la nación de lo que ahora denominan “capital social”, acorde con las nuevas teorías del crecimiento y, así mismo, la necesaria retribución que como en el caso de Colombia, el país le adeuda por millonarias transferencias a este sector, todo nos lleva a concluir que la parte sustancial de la solución no está en las góndolas ni en los mostradores ni tampoco en las tiendas especializadas o coffee box sino en los foros mundiales, en el debate internacional o en las cancillerías y en los recintos diplomáticos.

Es bueno recordar que en el pasado muchas de las presentaciones que en un momento dado se impulsaron como nuevas oportunidades, en el largo plazo no pasaron de ser otras formas de competir entre las casas industriales en los mercados domésticos. Así sucedió con el soluble en los años cincuenta, con el congelado en los sesenta y el descafeinado en los setenta y del mismo modo con las nuevas marcas. Al mencionar esto no pretendo crear desánimo ni zozobra pero sí acogerme a la validez del referente histórico.

La Unidad Cafetera logró entender con rapidez las nuevas formas que han tomado las contradicciones en la globalización del café. Ha dedicado sus principales esfuerzos y sus energías en defender, mediante la Resistencia Civil, a los productores, exigiendo que a las medidas neoliberales externas no se sumen las disposiciones internas del mismo corte. Desde marzo de 1993, en una marcha hacia Bogotá con delegaciones provenientes de las principales regiones cultivadoras, manifestamos la vocación indeclinable de no permanecer inmóviles ante la amenaza que se venía. En términos gremiales se han alcanzado algunos éxitos relativos, pero hay plena conciencia que sin una actitud erguida y digna del gobierno que nos representa en el concierto mundial, para hacer valer el trabajo nacional y para impedir las maniobras de los países y los monopolios que envilecen el precio y colocan a las diversas industrias cafeteras a competir como antropófagos modernos por un mendrugo de pan, todos los demás esfuerzos serán vanos y hasta las instituciones, valiosas e imprescindibles herramientas para el sostenimiento del más de medio millón de cafeteros, ahora con serios problemas patrimoniales y de liquidez, podrían dar al traste del todo.

Dentro del orden de ideas expuesto, valoramos toda ayuda o soporte que se brinde a la noble causa de la producción agrícola del café, pero encontramos como insustituible el acompañamiento en el reclamo ante los causantes del problema, conminarlos a restituir la lesión enorme que nos han infligido y a estimular a los gobiernos de los países productores a emprender sin temores ni consideraciones menores la necesaria y justa cruzada de recuperación de una riqueza que les corresponde con justeza a los cultivadores. Ojalá que sea el gobierno colombiano el líder de esa tarea que no debe desdeñar ni omitir; ello le podría acarrear ser superado por su propia nación, representada en las organizaciones que decidieron no dar su brazo a torcer en ese patriótico empeño y mucho menos cuando podemos llegar al peor de los mundos, el que bajo los mismos parámetros neoliberales nos depararía el Área de Libre Comercio para las Américas, ALCA. Lo que aspiramos, por el contrario, es a un mundo totalmente distinto, donde no sólo se remunere bien al café sino que las naciones que construyamos sean soberanas en todas las áreas estratégicas, en la producción de alimentos, en el crecimiento armónico de las industrias básicas y, en particular, que se relacionen en pie de igualdad con todas las demás del planeta.

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