En la semana que termina, ocurrieron dos acontecimientos paradójicos, de una parte, se desarrolló un plantón monumental protagonizado por cultivadores del Meta y de otra falleció el reconocido dirigente arrocero del sur de Casanare, Edgar Puentes.

La coincidencia mueve a reflexionar sobre la ejemplar Vida de Edgar. Desde los años 70 del siglo pasado, conocimos a, en ese entonces joven agricultor de algodón; con su familia participó en el rescate de tierras en Puerto Colombia, vereda de Villavicencio, donde un numeroso grupo de colonos, las arrancó al latifundismo ocioso y tornaron en próspera zona de desarrollo agropecuario.

Cuando la Federación de Algodoneros pretendió convertirse en apéndice gubernamental en contra de los productores de la fibra, nos acompañó con un notable grupo de campesinos encabezados por el inolvidable Ricardo Rojas y convirtieron ese aparato gremial en un ente al servicio de los agricultores; coadyuvó en la creación de Algodoneros de Villavicencio y solo la apertura económica mal encarada, desde la dirección nacional del gremio algodonero, permitió que ese cultivo desapareciera del territorio llanero.

Desde Villanueva, que lo acogió, en medio de una masiva migración de productores metenses hacia el territorio del sur de Casanare, se pasó paulatinamente a labores alternativas como el arroz y la soya, trasladando experiencias de la lucha algodonera a su nueva actividad. Pero no solo dedicó a sembrar, sino que asumió un liderazgo en defensa del arroz, a través de diferentes organizaciones que permitieron en cada coyuntura resistir los embates de la política anti agraria del régimen, construyendo Agameta, de la cual fue siempre connotado animador.

A partir de la primera movilización callejera ocurrida en 1993, Edgar participó de manera determinante en su desarrollo exitoso. Defendió con acciones sus convicciones y la orientación de que para proteger el trabajo nacional es necesario que los productores se organicen y se movilicen en calles y carreteras para enfrentar las políticas que los laceran.

En situaciones de debilidad o avance del movimiento agrario, Edgar persistió y aún durante su enfermedad, afrontada con valor, acompañado por Paula su solícita compañera, impulsaba a sus colegas agricultores a no dejarse tomar por el desaliento y sus últimas directivas fueron llamando a la resistencia y a la consolidación de Dignidad Arrocera como instrumento nacional de reivindicación del cereal.

Vida ejemplar la de este amigo y colega; referente ejemplo para quienes se dedican a las labores rurales; íntegro comportamiento para quienes desde las trincheras en que luchó y animó, deberán continuar su legado patriótico, convencidos de que la defensa de lo nacional viabilizará una Colombia próspera en el futuro.

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