El ALCA, tema electoral
Por Jaime Bejarano
Columnista El Comercio, Quito, septiembre 10 de 2002
Entre los temas de política internacional, que deben ser manejados por el Presidente de la República que será elegido en octubre venidero, consta el de la posición del futuro Gobierno nacional ante la próxima conformación del ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas), ya que 34 de los 35 países americanos (incluso Ecuador y excepto Cuba), aprobaron que en el 2005 (a mitad del nuevo período presidencial ecuatoriano) esté vigente el libre mercado, “desde Alaska hasta Tierra de Fuego”, dentro del proceso de globalización.
Coincidiendo con dicha pronta expectativa mercantil hemisférica, que significaría para países en incipiente desarrollo como Ecuador el regreso forzado al esquema de vender materias primas nativas y comprar manufacturas foráneas, circula el libro “ALCA, Impactos Económicos y Ecológicos” (Ildis, Ediciones Abya Yala, Quito, 2002), que recopila documentos del Encuentro Andino sobre el ALCA, que fue un cita de muchas entidades indígenas y campesinas de 5 estados de la CAN, resumen de ineludible lectura para los candidatos presidenciales.
La circunstancia coyuntural de que Ecuador preside las negociaciones del ALCA, desde el año pasado, no asegura que los países andinos puedan neutralizar los efectos negativos previsibles de una liberalización comercial tan amplia, que conlleva una fatal desindustrialización por falta de competitividad, un perdurable atraso biotecnológico agropecuario que les resta productividad, una inevitable cesión de empresas estatales al sector privado mayoritariamente transnacional, así como una renuncia parcial a la soberanía bajo presión de las naciones industrializadas.
Un desarrollo sostenible menos dependiente de los recursos naturales no renovables y una disminución de hábitos exagerados de consumo de productos importados, como remedio clave a la pobreza en grandes masas poblacionales, están en cambio opuestos a los propósitos puramente mercantilistas del ALCA, un plan de integración en el que desafortunadamente los pactos regionales carecen de un ingrediente de mejoramiento social significativo.
Casi nada de estos asuntos ha sido mencionado en los programas de gobierno que los 11 candidatos presidenciales han enunciado. Poco han dicho, por ejemplo, cómo el futuro gobernante podría contrarrestar la coerción de las multinacionales de países desarrollados sobre el sector agrícola nacional, obligándolo a una desigual competencia global que le imposibilita emular precios con importaciones de alimentos más baratos. Tampoco se han pronunciado sobre cómo la coaccionada apertura de la economía ecuatoriana podría afrontar los flujos multinacionales de servicios (telecomunicaciones, transporte, seguros, crédito financiero, asistencia nodal, informática, consultoría profesional, etc.) que provocaría un desmantelamiento de la limitada oferta doméstica de estas prestaciones, irrupción de insumos traídos por el ALCA sin tratamiento diferenciado ni aranceles protectores de la nación menos favorecida.
La Declaración de Quito, al fin del cónclave de organizaciones populares de la CAN, insta a los gobiernos andinos a reflexionar que el ALCA podría resucitar “la dependencia subordinada” de los países subdesarrollados respecto a los industrializados. ¿Qué dicen entonces nuestros candidatos presidenciales?
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Dormidos frente al ALCA
Por Washington Herrera
Columnista El Comercio, Quito, septiembre 10 de 2002
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Según informaciones extraoficiales se conoce que el Comité de Negociaciones del ALCA ha avanzado significativamente en la preparación de las normas que regirán la conformación de una Zona de Libre Comercio de las Américas, una vez que el Congreso de los Estados Unidos ha autorizado al presidente Bush la celebración de acuerdos comerciales con el resto del mundo. Esto quiere decir que los plazos previstos para que se inicie la desgravación arancelaria en el año 2005 pueden cumplirse conforme a lo planificado, con lo que, por una parte, el Ecuador podría aprovechar un mercado muy grande abierto a sus exportaciones y, por otra, su mercado tendría que abrirse en favor de todos los países del continente americano. Los tiempos para esta gran operación comercial serían distintos en función de las productividades de los países, de modo que los que producen más y mejor deberían abrir sin recelo sus respectivos mercados, mientras que los que producen menos y peor deberían contar con un lapso prudencial para igualarse en el nivel de productividad. Por ejemplo EE.UU. y Canadá deberían abrir totalmente su mercado en el primer año, mientras los demás socios lo harían gradualmente en varios años.
Pero esto es en teoría, porque todos querrán aprovechar cuanto antes los mercados abiertos de los demás, mientras los suyos continúen semicerrados. Incluso los EE.UU. han dicho en la negociación que si hay productores muy competitivos en algunos rubros, el mercado norteamericano no tiene razón de abrirse inmediatamente en favor de esos productos y esos países.
También influirán los grupos de presión norteamericanos que pugnan por mantener la protección en aquellos bienes que ellos no son tan productivos como los países del sur, tal como ha ocurrido en el caso del atún enlatado ecuatoriano.
Cuando hablamos de apertura no solo pensamos en rebajas arancelarias, sino en restricciones no arancelarias que subsisten, en prácticas desleales de comercio que perduran, en subsidios a la producción y a la exportación que distorsionan las condiciones de competencia y en toda suerte de subterfugios y artimañas que se usan en el comercio internacional cuando no se puede soportar limpiamente la competencia de los demás. Podría pensarse que esto es válido para todos los países, pero no es así, porque los países más fuertes son siempre los que abusan de estas medidas desleales mientras que presionan a los pequeños para que no hagan lo mismo.
Frente a la inminente apertura de nuestro mercado en favor de todos los países del continente americano, Ecuador está discutiendo si conviene salirse de la Comunidad Andina, como si esta no va a ser englobada por el ALCA. Todos los productores ineficientes o que sufren competencia desleal en ciertos productos están pidiendo elevar la protección arancelaria, como es el caso de los fósforos, del cemento, de las baldosas de cerámica y seguirán muchos pedidos que, con o sin razón, querrán lucrar de esta fiebre proteccionista. Entonces hace falta definir una política clara y práctica frente al ALCA, por el lado de la preparación sólida para competir, que incluya lo que debe hacer el Estado para favorecer la competitividad y qué deben hacer los empresarios privados para mejorar su productividad. Hasta aquí se han hecho pocas cosas prácticas en el Consejo de Competitividad.