Como quien rompe la cáscara de un huevo, la economía capitalista mundial se está fracturando en mil pedazos. Otra, de las ya inevitables crisis del sistema financiero, sacude todos los mercados. La incertidumbre es total. Las bolsas de valores de todos los continentes, sin excepción, se desploman en caída libre tras la reducción de la clasificación de los bonos del Tesoro de los EE.UU., por la agencia calificadora de riesgos Standard & Poors. El problema se magnifica si se entiende que este papel financiero se supone el más seguro del mundo.
Entre el viernes 5 y el lunes 8 de agosto, se acumulan pérdidas, en algunos casos, de más del 10% del valor de las acciones y bonos. Esta bancarrota no respeta ni países, ni bancos, ni empresarios. Para la muestra un par de ejemplos: Carlos Slim, el dueño de Comcel, perdía el lunes cerca de 9.000 millones de dólares, y Eike Batista, el inversionista brasileño, dueño de minas de carbón en la Guajira, perdía 2.000 millones de dólares. Y la debacle apenas está comenzando.
El detonante de esta crisis se da en el comportamiento reciente de dos de las economías más importantes del mundo: los Estados Unidos y la Unión Europea. Ya la primera, había generado la anterior crisis que condujo a la recesión de finales de 2007 y comienzos de 2008. Ahora, los desajustes de la deuda pública de los hasta ahora países emblemáticos de la economía capitalista de occidente, amenaza con llevar al traste todo el andamiaje financiero mundial. No hay país, empezando por los Estados Unidos, cuya deuda pública no supere con creces el volumen del PIB. Los porcentajes presentan cifras estrambóticas superiores al 100% de la capacidad productiva anual de sus economías.
Una conjunción de bajos ingresos fiscales con un creciente gasto público es la causa inmediata del desajuste. ¿Por qué se produce esta situación? Porque como ya hemos explicado en otras ocasiones el capital impuso la condición absurda de no tributar sobre sus ganancias, mientras descargó esa responsabilidad a las fuerzas del trabajo y la producción no monopolista, que sometidos, a su vez, a la exacción del capital por el manejo especulativo del crédito, ha conducido al déficit fiscal de los Estados. Súmenle el manejo irresponsable del riesgo de los grandes bancos en el endeudamiento de los países deficitarios, y la especulación abierta, en la búsqueda desesperada de mantener la tasa de ganancia, para entender buena parte de los desajustes.
El “default” de varias economías europeas, que no van a poder pagarle a sus acreedores, como cualquier país suramericano, se resolverá, de manera ineluctable, con la quiebra de muchos bancos y fondos de inversión. Y ante esta quiebra que agobia a Grecia, Irlanda, Islandia, Portugal y que se acerca peligrosamente a España e Italia, mientras las medidas de recortes a derechos sociales cubren a todos los pueblos europeos, incitando a las protestas sociales y arrasando con los gobiernos, las indecisiones de los gobernantes amenaza con dinamitar la unidad europea y la moneda común.
La crisis política en los EE.UU., con el enfrentamiento de demócratas y republicanos, es el puntillazo a la estabilidad del sistema. Enfrentamiento que lleva, por primera vez en la historia de ese país, a que la mayoría de los ciudadanos se declaren independientes de los partidos tradicionales.
Los sucesos son tan graves que las convulsiones de todo tipo, empezando por las sociales, estarán al orden del día en los tiempos por venir.