En las apacibles calles del municipio de Tello, donde se cultiva la uva verde tal vez más dulce de Colombia, un profesional de la veterinaria comprometido con las comunidades agropecuarias de su región, decidió abrir un almacén de venta de insumos para los productores del campo, a brindarles sus consejos profesionales con el propósito de que sus actividades de crianza de aves, cerdos, peces y vacunos especialmente les generen rentabilidad y continúen así, requiriendo de sus servicios profesionales y de los productos de su almacén.

Cuando Ariel -así se llama nuestro personaje- tomó la decisión de instalarse en este bello municipio del norte del Huila, era consciente de que la mayoría de sus potenciales clientes serían pequeños productores, pues un alto porcentaje poseen predios de menos de 10 hectáreas, de las cuales sólo explotan una pequeña parte y los capitales de que disponen son exiguos; a pesar de esta evidente limitación, no dudó en emprender su propósito de comprometerse con la región de la que es oriundo.

Sus preocupaciones se iniciaron cuando tuvo conocimiento de una resolución del ICA que prohíbe reempacar insumos y alimentos para las explotaciones pecuarias, pues es frecuente que un campesino compre unos pocos kilos de concentrado para alimentar sus animales o porque son pocos o porque en la semana solo cuenta con unos pocos pesos para hacer su remesa; de igual forma, no siempre requiere de presentaciones comerciales de garrapaticidas, desinfectantes, antibióticos, antiparasitantes, suplementos nutricionales y otros, envasados en cantidades que usan las grandes producciones. Luego se apareció el fantasma de las negociaciones de los TLC con Estados Unidos y la Unión Europea, que vulneran el mercado interno, porque les facilita el libre acceso sin restricciones arancelarias ni sanitarias a las carnes de pollo, cerdo y vacunos de esos países, incluidos todos los lácteos y sus derivados, contra los que nuestros productores no pueden competir, pues los de allá gozan de enormes subsidios de sus gobiernos que les permiten exportar, incluso por debajo de sus reales costos de producción; mientras los de aquí, no solo deben sufrir los rigores del clima, vías en pésimas condiciones cuando existen, carencia de crédito, ausencia de investigación, orfandad de transferencia de tecnología y asistencia técnica, sino además normatividades que no consultan las realidades locales y presionan la desaparición de las pequeñas y medianas actividades agropecuarias.

Como si fuera poca la cascada de dificultades que viven los compradores del almacén de Ariel, ahora se vienen incrementando los precios de los alimentos y concentrados de manera escandalosa: en noviembre del 2010 un bulto de harina de arroz se conseguía por veintinueve mil pesos, ahora está en cuarenta mil, un incremento del 38%, el maíz para los pollos de cuarenta y cinco mil pesos llegó a setenta y dos mil, un aumento del 60% y en los concentrados, el alza ronda los doce mil pesos, de tal manera que así se liquida la posibilidad de criar animales con alguna utilidad. Ariel sabe que a esos precios sus clientes se quebrarán y le duele.

Los paseos de las familias a la Quebrada del Aceite o al charco de los Hippies en donde cae una ruidosa cascada de agua, con la pobreza que se cierne sobre su población no volverán a ser los del pasado y seguramente las rogativas del próximo 3 de mayo, en las que se acostumbra subir al cerro de la Cruz, no serán suficientes para trancar la andanada gubernamental contra el campo, a sus moradores no les quedará más remedio que apelar a la resistencia civil, como se va volviendo común, ante las calamidades que produce el gobierno de la manguala nacional.

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