Declaración final
Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, Bogotá, 18 de octubre de 2001.
Ningún país de las características de Colombia puede progresar a plenitud si no desarrolla su sector agropecuario. De la suerte del agro dependen, obviamente, sus productores directos, bien sean campesinos, indígenas, empresarios o jornaleros. Pero el consumo de las gentes del campo también resulta importante para la industria que lo abastece y para otros sectores que, como el comercio y el transporte, intermedian entre las zonas urbanas y las rurales. Además, la producción de la comida es vital porque nación que se someta a importarla pierde su seguridad alimentaria y queda sujeta a lo que le quieran imponer los países que la vendan, así como a las maniobras de las transnacionales que la comercializan. Estas realidades explican por qué los países capitalistas desarrollados hacen todo tipo de esfuerzos por abastecer con sus propios alimentos a sus pueblos y por qué Estados Unidos es el mayor exportador de productos agropecuarios del mundo. No obedece a un capricho, entonces, que los gobiernos de las potencias industrializadas les paguen a sus agricultores y ganaderos subsidios directos por más de mil millones de dólares diarios, es decir, 370 mil millones de dólares al año, y que les ofrezcan todo tipo de garantías en buenos precios de sustentación, créditos baratos, bajos costos de equipos e insumos, grandes obras de infraestructura, investigación científica avanzada y adecuada asistencia técnica.
De ahí que sea tan censurable que los tres últimos gobiernos de Colombia se hayan sometido a las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional, las cuales han determinado, de una parte, reducir o eliminar el respaldo del Estado a los productores nacionales y, de la otra, facilitar el ingreso al país de todo tipo de productos agropecuarios extranjeros, destructiva combinación que llevó las importaciones hasta siete millones de toneladas y eliminó 800 mil hectáreas de cultivos transitorios, con el brutal aumento de la ruina, el desempleo, el empobrecimiento y la miseria de muchos, dolorosas desgracias que también han contribuido al hundimiento de la economía urbana.
La alternativa que se nos ofrece a los colombianos de especializarnos en productos tropicales, para dejarle el monopolio de los demás a los Estados Unidos y a las otras potencias, es inaceptable por muchas razones. Ella consolidaría el área de cultivos perdida y acabaría con buena parte de la producción agropecuaria que sobrevive, dejaría sin uso posible a una gran porción de las tierras del país que no podrían dedicarse a cultivos del trópico y acabaría de una vez por todas con la seguridad alimentaria de Colombia, base insustituible de la soberanía nacional, el primer requisito del progreso de cualquier nación. Además, esa especialización agrícola, para venderle a los países desarrollados, nada que valga la pena generará, y menos en medio de la globalización neoliberal. El café ilustra bien que las transnacionales del comercio tienen cómo imponer unas cotizaciones internacionales muy bajas para esos productos y que, incluso, no les tiembla la mano para estimular su cultivo excesivo a escala mundial, superproducción que, para agravar las cosas, empujan en países paupérrimos que pueden venderles su trabajo a precios insignificantes, con lo que buscan establecer un Tercer Mundo destinado a competir entre sí a punta de hambre.
El sector agropecuario colombiano, entonces, debe luchar por darle un giro de 180 grados a la política antiagraria que se le impone, empezando por rechazar la inclusión del país en el Área de Libre Comercio de las Américas —ALCA—, porque ese pacto aumentará las facilidades a las importaciones y reducirá aún más el respaldo estatal al agro, con lo que se complicará en grado sumo la crisis que se padece. Al mismo tiempo, debe exigirle al gobierno nacional que encabece el reclamo de los países tropicales ante Estados Unidos y los otros países desarrollados por sus maniobras en contra de los precios internacionales de sus productos de exportación. Y debe pugnar porque el Estado respalde debidamente la producción agropecuaria nacional.
En resumen, hay que ganar una política económica que defina como contraria al interés nacional importar lo que pueda producirse en el país y que apunte a garantizar la seguridad alimentaria de Colombia. Esto, a partir de que el Estado, con sus recursos y medidas, asegure buenos precios de sustentación, créditos abundantes y baratos, control a los costos de producción y adecuado respaldo a la investigación científica, a la asistencia técnica y a la construcción y mantenimiento de distritos de riego, al igual que le dé respuesta satisfactoria a las peticiones democráticas de las comunidades indígenas e impida la falsificación de la panela y su producción a escala industrial. Además, y por haberse tornado en impagables, que se condonen las deudas bancarias del sector.
Es fácil entender que sin el logro de estos objetivos no podrá progresar el agro, pero que conquistarlos exige un gran esfuerzo, dados los enormes intereses y poderes que hay que desafiar y vencer. Por ello, debe unirse en una sola fuerza a cafeteros, arroceros, paperos, paneleros, ganaderos, bananeros, maiceros y demás productores del campo, lo mismo que a campesinos, indígenas, jornaleros y empresarios, de forma que se configure un frente común sin antecedentes en la historia de la República. Y ese frente debe estar en capacidad de generar formas de movilización y reclamo que, a la par que excluyan cualquier método de lucha que no autoricen la democracia y la civilización, también sean capaces de ofrecer la resistencia civil que se requiere para ganar esta batalla, en la que se definirá la suerte del campo y la de toda Colombia.
Finalmente, este Congreso Nacional Agropecuario llama a todas las organizaciones del campo, sin excepción —agremiaciones, asociaciones, cooperativas, cabildos, sindicatos, etc.—, a que nos conozcamos entre nosotros, a que depongamos prejuicios y a que busquemos coincidencias, para que, cuanto antes, logremos consolidar una unidad, una organización y una fuerza que nadie pueda dejar de escuchar con la debida atención y respeto y que, más importante aún, gane que sus puntos de vista se conviertan en políticas económicas y en normas legales en Colombia.
En consecuencia, este Congreso convoca a los presentes a conformar en el país una organización independiente de productores de papa, a impulsar una asamblea nacional de campesinos usuarios de la reforma agraria, hoy arruinados y en trance de perder sus parcelas, y a avanzar en la organización de la ganadería de carne y leche. Así mismo, autoriza a las direcciones de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria y de las restantes organizaciones presentes para que, de acuerdo con las necesidades y posibilidades del sector, convoquen a las movilizaciones generales que consideren necesarias en defensa del agro. Y deja establecido su respaldo a cada lucha que cualquier organización departamental o de producto específico decida realizar en favor de sus agremiados.
SOBRE EL PARO DEPARTAMENTAL AGROPECUARIO QUE REALIZARÁ LA ASOCIACIÓN AGROPECUARIA DEL HUILA
El Congreso Nacional Agropecuario, reunido en Bogotá el 18 de octubre de 2001,
Teniendo en cuenta
Que en los primeros días del mes de agosto pasado el gobierno nacional firmó un acuerdo con la Asociación Agropecuaria del Huila, acuerdo por medio del cual la mencionada asociación se comprometió a suspender el paro que realizaba, a cambio de que el gobierno resolviera sus peticiones sobre deudas bancarias y créditos de los campesinos, empresarios e indígenas huilenses.
Que la Asociación Agropecuaria del Huila, organización que hace parte de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, cumplió lealmente su parte en el acuerdo firmado, en tanto el gobierno no ha cumplido la palabra empeñada.
Que ante este nuevo incumplimiento del gobierno de Andrés Pastrana, la Asociación Agropecuaria del Huila iniciará, a partir del 1 de noviembre próximo, una paro agropecuario departamental de carácter indefinido, hasta tanto el gobierno cumpla cabalmente lo acordado.
Resuelve
Respaldar, con todo entusiasmo, el muy justo paro departamental indefinido aprobado por la Asociación Agropecuaria del Huila y llamar a cada uno de los productores del agro de Colombia, y a toda la nación, a solidarizarse con tan justa lucha.
SOBRE EL PARO CÍVICO NACIONAL DEL 1º DE NOVIEMBRE DE 2001
El Congreso Nacional Agropecuario, reunido en Bogotá el 18 de octubre de 2001,
Teniendo en cuenta
Que el Comando Nacional Unitario convocó para, el 1 de noviembre próximo, a un paro cívico nacional en rechazo al conjunto de la política económica dictada por el Fondo Monetario Internacional al gobierno de Andrés Pastrana Arango.
Resuelve
Respaldar el paro cívico nacional convocado por el Comando Nacional Unitario para el próximo 1º de noviembre, y llamar a todos los asistentes para que se vinculen activamente en la preparación y realización de dicha protesta.