Confianza Inversionista es el lema que ha orientado la política económica en los primeros diez años del siglo XXI y, más aún, en el periodo gubernamental de Álvaro Uribe.

Su esencia ha sido la profundización del modelo neoliberal en busca de fortalecer el capital financiero internacional, así como las compañías extranjeras, en particular las que explotan recursos naturales, que demandan máximo beneficio y mínimo riesgo, conjuntamente con una legislación acorde con estos propósitos. Las orientaciones básicas distan de ser un diseño nacional, proceden del Departamento de Estado de Estados Unidos, del Banco Mundial y del FMI.

Los beneficios registrados en los balances de las empresas financieras y multinacionales favorecidas contrastan con los indicadores sociales. El desempleo ronda el 13%; uno de cada dos colombianos es pobre y uno de cada cinco es indigente. Colombia, con Haití, Angola, Botswana e Islas Comoras son los países con más desigualdad en el mundo; y entre los 83 -de índice de desarrollo humano alto y muy alto- es el de mayor iniquidad, según Informe Mundial del PNUD de 2007.

El presidente Santos ha anunciado para la nueva década la continuidad de esta política junto con las de Seguridad Democrática y la denominada Cohesión Social. En reciente entrevista concedida por Andrés Pastrana, se atribuye a sí mismo la gestación de las dos últimas y le endilga a Uribe los extravíos fruto de la primera, actitud que comprueba el resultado indefensable de su aplicación a rajatabla.

Al amparo de los códigos de Confianza Inversionista que abarcan incontables canonjías a los grandes capitales empresariales, especialmente rentistas y vinculados al petróleo y a la minería, que contienen mayor flexibilización laboral y que incluyen los TLC que entrarán en vigencia, lo que le deviene a la economía colombiana será el agravamiento de las secuelas económicas padecidas entre 2000 y 2010. En tanto se evaporen los escándalos de las aberraciones antidemocráticas de la satrapía uribista, paulatinamente la discusión central de Colombia se enfocará en esta perversa política económica fundada en una dependencia casi adictiva del ahorro externo.

Ella, que -por ahora- es puesta por muchos como tema adjetivo, que no se contempla como punto esencial para el logro del bienestar general, será motivo del sacudimiento de decenas de millones de colombianos para exigir su derogatoria, es el talón de Aquiles del mandato que apenas inicia. Como contribución a esa indefectible movilización social venidera, presentaré el jueves 19 de agosto el libro, “Confianza Inversionista, Economía Colombiana de la primera década del siglo XXI”, que recoge los aspectos relevantes en la evaluación de esta nefasta modalidad de acendrado neoliberalismo. ¡Que cuanto antes se abra el debate!

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