José Arlex Arias, Cartagena, diciembre 11 de 2017
Nada más gráfico para retratar la situación del país que el “corre, corre” frenético de sus habitantes en el mes de diciembre. No es tanto por los acostumbrados balances, sino que la agonía del año lleva consigo el desespero por tratar de nivelar las cargas que se han descompensado durante el año y que tienen exhaustos los bolsillos de los trabajadores. La sociedad, además de impulsarlos a obtener todo tipo de artículos necesarios, también los hace consumir hasta las baratijas más asombrosas.
Los analistas económicos, incluidos los oficialistas –que son muchos–, coinciden en que el año 2017 ha sido particularmente malo para los colombianos. Así se deduce del raquítico crecimiento y la ralentización de la mayoría de los sectores de la economía, con la consecuencia de un desempleo estructural y una altísima informalidad que, según las cifras del gobierno, raya en más de la mitad de la población económicamente activa, pero que para los analistas independientes supera el 60% de esa población. Se pueden palpar los ejércitos de personas tratando de obtener una vacante, así como los millones de colombianos en las calles ejerciendo el rebusque, hasta el punto de ya ser real el sarcasmo popular que dice que: “la mayor fábrica o industria generadora de empleo en el país es el semáforo”.
Ante este desesperado panorama de los colombianos, la “gran política de desarrollo “y empleo” ha sido la de fomentar las pequeñas y medianas empresas, o fami – empresas, para maquillar el agotamiento del aparato productivo del país, o el traslado de la mayoría de sus industrias a propiedad de las multinacionales, exportando al exterior nuestra riqueza, tanto en materias primas como su mano de obra barata. Esa política de fomento de las pequeñas y medianas empresas, que el gobierno nacional “vende” como de emprendimiento, indica que en los primeros nueve meses de este año se crearon 264.020 unidades productivas, de las que el 78,8% (208.056) corresponde a personas naturales. Y mientras la creación de compañías o personas jurídicas bajó 6,5%, el número de matrículas de personas naturales aumentó 12%; sin embargo, la Confederación Colombiana de Cámaras de Comercio, Confecámaras, revela que, a septiembre pasado, 129.050 personas naturales cancelaron la matrícula, y calcula que la tasa de supervivencia en los cinco primeros años de los negocios personales es solo del 25,2%, mientras que la de las sociedades jurídicas es del 42,9%. O sea, son negocios que de 100, solo tienen probabilidad de sobrevivir 25 en el caso de los personales y 42 en los jurídicos. La competencia por los mismos nichos de mercado no les da una mejor probabilidad de supervivencia.
Los negocios personales no son más que otra forma de autoempleo, de rebusque, con una alta lógica de volatilidad, con un aterrador pronóstico de Confecámaras: “al primer año solo sobrevive el 40% de estas. Los sectores que impulsaron el registro de personas naturales en esos nueve primeros meses fueron alojamiento y servicios de comida; comercio y otros servicios, y actividades artísticas y de entretenimiento”. Así las cosas, en el primer año, 40, y a los cinco años, 75 de cada 100 emprendedores con negocio personal regresan a su mejor empleador: ¡los semáforos!