Hoy se cumplen ciento noventa y dos años de la batalla de El Pantano de Vargas y de la célebre carga de los lanceros llaneros, que siguen ascendiendo a conquistar los cielos en la épica escultura del maestro Arenas Betancourt, símbolo mayor de nuestra lucha por soberanía.
Esos muchachos, caballeros sin silla y sin estribos, armados con un palo de cubarro habían acudido al llamado de cachos y tambores desde las veredas y los hatos por los caminos descuajados del invierno sabanero, guiándose por las estrellas escasas de la temporada y las luces de la experiencia, que las lumbres de la escuela les habían sido celosamente proscritas por el dominio colonial. A ellos y a los que antes cayeron en las alturas de los Andes se les administró un trago de áspero aguardiente casero por medicina y, en el mejor de los casos, un bayetón por mortaja, para dormir eternamente en los pedregales de la tierra de los lanudos.
Vidas prácticamente anónimas que atesoramos celosamente por lo que pesan en estos dos siglos pasados y por la vigencia que hay de su tenacidad en la tarea en que se empecinaron, obtener una nación, en este tiempo en que los gobernantes, nuevos virreyes, son funcionarios a sueldo de un poder imperial.
En este invierno del año 2011 el barro les lame los flancos a las bestias que pasan cerca de los carros atollados, el agua que anega las sabanas se ríe de las trochas que son llamadas carreteras por los partidarios –políticos y contratistas beneficiarios- del régimen imperante, y el llanero maldice el abandono, la incuria y el tráfico de sus necesidades.
Como si el tiempo no pasara el picado de culebra, el atacado por el rayo, el golpeado por el infarto, la parturienta en riesgo, el enfermo grave mueren en los caminos antes de llegar a los hospitales. Pero si con la vida en un hilo logran pasar del cráter que hay frente al puesto de salud abandonado y llegan al pueblo se encuentran con que el hospital no tiene médicos porque hace meses no les pagan, las ambulancias son chatarra ambulante y el final de sus vidas será ganancia para las multimillonarias EPS.
Las escuelas donde hay menos de diez niños son cerradas, a los colegios se les prescribe que un profesor atienda más de un grupo en bachillerato, el transporte escolar es un remedo ineficiente e inexistente. A escuelas y colegios que existen en un amplio perímetro de los campos petroleros de las multinacionales se les niegan las escrituras y las inversiones que en cambio se les pueden dar a los establecimientos particulares. Los profesores son perseguidos por el Estado, deseoso de acabar por completo la educación pública y de despojar al campesinado de un aliado.
La tierra llana que no tiene límites; la tierra de los mil caminos; la tierra escrita de azules ríos –lo cantó Carranza-; la tierra que estudió Humboldt con amor y con pasión caminaron batallando Bolívar y Santander; la tierra de los lanceros del Pantano de Vargas que era posesión de los indios, del mestizo fundado en las vegas de los ríos y al socaire de las matas de monte y del hacendado, está convirtiéndose a una velocidad impensable en propiedad de las multinacionales y del capital financiero, los nuevos llaneros como con vulgar afán se hacen llamar por sus porta incienso de los grandes medios de comunicación.
¿Y entonces qué celebramos hoy en las calles de Arauca engalanados de cotizas, polleras, pantalones arremangados y sombreros pelo’eguama? No la libertad que obtuvimos de manos sencillas en ese fabuloso año de 1819 y que perdimos en el aciago 1903 en las rapaces de Teodoro Roosevelt. No el progreso inscrito en las banderas libertadoras porque hoy nos sumimos en el atraso en tanto engordan las ganancias de las multinacionales que saquean nuestros recursos naturales y nuestro trabajo.
Conmemoramos –o, digo mejor- por encima del intrascendente barullo deberíamos conmemorar el fervor del criollaje por la soberanía y el progreso como legado y ejemplo de la lucha que cada día con mayor vigor debemos desplegar por hacer de Colombia un país independiente del dominio norteamericano donde el avance económico y social fecunde los campos y las ciudades para bien de las grandes mayorías.