El 21 de octubre cientos de habitantes de las cabeceras municipales, de centros poblados como Puerto Jordán y Panamá de Arauca, de veredas y comunidades indígenas madrugaron animosos a desplazarse a la capital araucana por las vías que se construyeran con recursos de regalías y que los sacaron del embotellamiento. Su propósito era encontrarse con los habitantes de la capital araucana para unirse bajo una sola consigna:
¡Por nuestras regalías, gesta libertadora!
A diez kilómetros de arribar a Arauca, cantada por los bardos llaneros como el corazón del llano adentro, vieron las instalaciones de la Universidad Nacional, que fuera construida con recursos de regalías. Al llegar se unieron a padres de familia, estudiantes, profesores, empleados, trabajadores, comerciantes que los esperaban para comenzar la marcha en tres lugares escogidos:
El Hospital San Vicente, remodelado, ampliado, dotado y sostenido con recursos de regalías.
Las instalaciones del SENA, entidad nacional construida en Arauca con las regalías.
La Ciudadela Universitaria, administrada por la ESAP, otra institución del orden nacional, que en Arauca tiene sede porque se le construyó con las regalías.
Reunidas las delegaciones de los municipios, del campesinado y de los habitantes de la capital, marcharon hacia el parque Francisco José de Caldas (también construido con regalías), encabezados por el Gobernador encargado, la alcaldesa de la capital y el Comité de defensa de las regalías.
Las miles de personas que se congregaron expresaron el sentir de los trescientos mil habitantes de las sabanas y el piedemonte: unidad y movilización contra la expropiación.
Una comparsa de estudiantes encarnaba el manantial de desarrollo que han sido las regalías y como el gobierno del presidente Santos pretende apoderarse de esos recursos.
Destacaban en la manifestación trece jinetes, llaneros bien remontados en sus caballos, como aquellos que escuchando el llamado de Bolívar y Santander dejaron sus sabanas y cruzando ríos y esteros ganaron el pie de la cordillera de los Andes para tocar con la punta de sus lanzas la inmortalidad en el Pantano de Vargas.
Antes de volver a sus municipios y veredas los marchistas se despidieron con el mismo ánimo con que llegaron y con mayor claridad y firmeza.