Los habitantes del Departamento de Arauca, pero sobre todo su dirigencia política y gremial, ha tenido la inclinación a encogerse de hombros ante los asuntos nacionales e internacionales. Ello debido a causas bastante comprensibles: antes del descubrimiento de petróleo en Caño Limón Arauca vivía en un aislamiento casi total, sin carreteras, sin interconexión eléctrica; su comercio, con Venezuela; sus noticias, las que le llegaban por la radio y la televisión de ese país; su himno, El Gloria Al Bravo Pueblo. De vez en cuando aterrizaba, como llegado de la luna, un intendente nombrado por el gobierno central. Y pare de contar. Cada quien que coma de su conuco y viva la parroquia.

Con el petróleo hubo que fijarse en los precios internacionales para tratar de entender las cuentas incomprensibles que daba la OXY, operadora del campo a sus anchas, y el Ministerio de Minas. Pero este hilo con la realidad del país y la economía mundial paradójicamente conllevó a una mayor miopía, pues con los recursos de las regalías se consideró a Arauca autosuficiente. Por lo tanto, bastaba con que llegará el cheque, lámpara maravillosa que sólo debía frotarse para hacer cumplir todos los deseos.

Para 1993 se expidió la fatídica ley 100 y la salud, con la cruz sobre la cual iban orondamente sentados los mercaderes de las EPS, comenzó a andar su viacrucis sin Cirineo que la ayudara. Ya va llegando al final de su sacrificio.

Al año siguiente se expidieron las leyes 142 y 143 que convirtieron los servicios públicos en coto de caza de las multinacionales privadas. Para que la cacería fuera interesante se abrieron las compuertas hídricas de las alzas de las tarifas. Cada mes los araucanos caen de bruces en la inundación de los recibos.

En el año 2001 el Gobierno de Pastrana recortó las transferencias para educación, salud y agua potable. Excepción hecha del magisterio, los sindicatos, un sector de estudiantes y padres de familia y de parlamentarios como Octavio Sarmiento, ese atentado que desfinanció sectores claves para el desarrollo social y económico pasó inadvertido para la dirigencia, engolosinada en las trifulcas sobre quien debía manejar los recursos de las regalías. En 2007, en el Gobierno Uribe, se vuelven a recortar los recursos de transferencias. Y en esta ocasión la indolencia es aún mayor.

Desde hace varios años se ha pretendido prohibir la venta de leche cruda, antinacional medida que ha encontrado la férrea oposición del campesinado colombiano, que ha logrado posponer su entrada en vigencia.

Ahora, en este año de gracia de 2011, el presidente Santos ha desatado la tormenta perfecta: las regalías serán del Gobierno Nacional para gastarlas en el pago de la deuda externa y en obras nacionales; la Universidad Nacional transitará a cosa privatizada; la educación preescolar será abolida de los colegios públicos por medio de los artículos 75 y 76 del Plan Nacional de Desarrollo; se impondrá un currículo único, también con el Plan Nacional de Desarrollo; se plantelizará la educación para que los colegios públicos que no hayan sido entregados en concesión sigan la senda de agonía de los hospitales, abandonados a su propia suerte por un Gobierno que sólo considera importantes los derechos de los banqueros, por lo cual también está sobre el tapete la ley de la regla fiscal.

La naturaleza con su segunda ola invernal, abatida sobre un país abandonado a su suerte, se le quedó chiquita en sus aguaceros, crecientes, inundaciones, derrumbes y salidas de madre, ante la tormenta perfecta fabricada en el laboratorio donde Santos hace de ayudante vesánico del Fondo Monetario Internacional.

Los que ahora hacen campaña en Arauca como si nada pasara, que pretenden hacerle creer a sus electores que veinte mil pesos les permitirán sobrevivir indemnes del tsunami Santos deberían tomarse la molestia de echar una leidita, así fuera a la carrera, de la catorcera de Actos Legislativos, Proyecto de Ley, Decretos y Normas que se nos viene encima. No sobra recordar que cuando el asunto es de inundación la política del avestruz no conlleva sino a un más rápido ahogamiento.

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