Los resultados adversos para el gobierno en el referendo celebrado el pasado 25 de Octubre no deben producir únicamente alegría entre nuestros afiliados. La clase obrera jugó un papel clave en la derrota del referendo, y es normal que nos regocijemos por el resultado. Pero eso no basta. Es preciso reflexionar acerca del significado de ese triunfo, y valorar la importancia que el mismo tiene para el porvenir de la patria.
La primera enseñanza importante que debemos recoger, es que Uribe, el actual acólito del imperialismo en Colombia, no es invencible, como lo pretenden hacer creer los grandes medios de comunicación. La popularidad artificial que le han creado, ha sido ridiculizada por los resultados. A pesar de aparecer día y noche en radio, prensa y televisión; pese a que su figura ha sido inflada y falseada sin límite, el acto plebiscitario en que convirtieron el referendo fracasó estruendosamente. Más de diez y nueve millones de compatriotas no salieron a avalar las imposiciones del Fondo Monetario Internacional, y le dieron un claro mensaje de rechazo al modelo neoliberal y a la dominación imperialista que se encontraban ocultos tras la consulta “popular”.
En segundo lugar es preciso levantar banderas contra la intención uribista de llevar a cabo el denominado plan B, que consiste en clavar con nuevos impuestos regresivos a los trabajadores y al pueblo, para cuadrar las finanzas del estado de forma que puedan atender oportunamente el servicio de la impagable deuda pública.
El mandato del constituyente primario, tan manoseado cuando se trata de imponer políticas al servicio de los monopolios y el capital financiero, pretende ser burlado por medio de una reforma tributaria en curso en el parlamento. Curiosa democracia la de Uribe. Durante la promoción del referendo, la opinión popular fue elevada a la categoría de máxima y prácticamente única instancia de decisión, pues nunca tuvo en sus soberbios cálculos la derrota, magnificando su capacidad de manipulación, engaño y chantaje. Pero una vez abatido su proyecto bonapartista por la voluntad popular, la quiere desconocer utilizando el Congreso, al que no bajó del calificativo de corrupto e ineficiente durante la campaña pro referendo.
Pero talvez lo más importante que debemos aprender de este episodio, y desde luego poner en práctica, es que podemos enfrentar con éxito las intenciones de vincular a Colombia a un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y/o al ALCA. Si logramos desplegar una gigantesca campaña contra estas perversas iniciativas, unificar una amplia gama de organizaciones y personalidades de todo tipo, como lo logramos hacer por medio de la Gran Coalición Democrática contra el Referendo, es posible dar al traste con las más gruesas intenciones imperialistas contenidas en esos tratados en curso.
El TLC o el ALCA, no son otra cosa que la actual fase de la recolonización que vienen adelantando los Estados Unidos sobre nuestro continente. Sus efectos serán desde luego más nocivos que los que ha causado la actual apertura económica, con el agravante de que sus disposiciones quedarían consagradas en la categoría de tratado internacional, es decir, por encima de la Constitución Nacional o de la decisión de cualquier gobierno posterior.
Causarán mayor menoscabo a nuestra producción agraria e industrial, eliminarán los pocos vestigios de soberanía existentes, aumentarán nuestro déficit fiscal y por consiguiente nuestro endeudamiento, y aumentarán sin límite el sufrimiento de nuestro pueblo.
Oponernos a estas pretensiones es un deber de los trabajadores organizados. No solo se trata de la defensa de nuestro trabajo, se trata de la defensa de la producción nacional y de la soberanía. Que el ejemplo de la unidad lograda en contra del referendo, por medio de la cual logramos su derrota, sirva de guía y ejemplo para la resistencia civil que debemos desplegar contra el Plan B de Uribe, pero sobre todo, contra la esclavitud definitiva que implican para la patria el ALCA o el TLC con Estados Unidos.