“Wilson estaba decidido a crear un orden internacional en el que fuera posible evitar las guerras. Del mismo modo en que los vecinos ya no saldaban a tiros sus disputas por los límites de sus propiedades, debía llegar el día en que también los países sometieran sus conflictos a un juicio independiente.” Ken Follet La caída de los gigantes
Que Colombia es una nación “que le faltan muchos hervores” para alcanzar un nivel de civilización aceptable, lo muestra a plenitud las reacciones al fallo de la Corte Internacional de Justicia sobre el diferendo con Nicaragua por la delimitación de las áreas marítimas entre las dos naciones. Un chovinismo de parroquia ha aflorado en muchos sectores sociales y políticos para rechazar una decisión judicial de un organismo internacional, aceptado voluntariamente por los dos estados. Apelando a exacerbar las más bajas pasiones de un nacionalismo que no sienten, algunos grupos de las élites en el poder llaman a rechazar y desconocer el fallo en cuestión. Las intenciones, protervas; las consecuencias, impredecibles.
Los objetivos reales de la posición que llama a desconocer el fallo es, de un lado, el de ocultar ante la mayoría de la población que sus intereses más mezquinos pasan por la traición a los intereses de las mayorías nacionales y, de otro, a utilizar la argucia nacionalista para dirimir diferencias por el control del poder estatal entre las facciones oligárquicas que usufructúan en su beneficio las riquezas de Colombia. La algazara chovinista ya no engaña a muchos. Ya sabemos leer y escribir, y somos capaces de dilucidar sus argucias para timar incautos. Los uribistas y santistas de todo cuño, quedan desnudos cuando se contrapone a su arrebato nacionalista, las realidades de un país hipotecado por esas élites a los intereses de los grandes monopolios internacionales y nacionales que explotan y saquean los recursos naturales, el mercado interno y el trabajo de los colombianos, incluyendo las riquezas de las áreas marinas, nunca defendidas de todo tipo de depredadores capitalistas, cuando no abandonadas al cuidado de poblaciones míseras e impotentes.
Las consecuencias de romper con el orden normativo del entramado judicial internacional, construido por las decenas de países que conforman el mundo de hoy, son impredecibles. Empezando porque ese orden jurídico internacional, que propugna por establecer reglas equitativas para dirimir conflictos entre estados y naciones, está orientado a desechar la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, como instrumento para superar diferencias. Pero, sobre todo, porque el respeto a las normas internacionales son requisito “sine qua non”, para el establecimiento de relaciones comerciales entre estados. ¿Va la oligarquía colombiana a quebrantar este precepto? Amanecerá y veremos.