{"id":14512,"date":"2018-02-19T16:11:23","date_gmt":"2018-02-19T16:11:23","guid":{"rendered":"https:\/\/moir.org.co\/web\/?p=14512"},"modified":"2018-02-19T16:11:23","modified_gmt":"2018-02-19T16:11:23","slug":"cuando-la-anestesia-transformo-la-cirugia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/moir.com.co\/web\/cuando-la-anestesia-transformo-la-cirugia\/","title":{"rendered":"Cuando la anestesia transform\u00f3 la cirug\u00eda"},"content":{"rendered":"<p><strong>Lindsey Fitzharris*, Investigaci\u00f3n y Ciencia, enero de 2018<\/strong><\/p>\n<p>Hasta mediados del siglo XIX, las operaciones entra\u00f1aban enorme riesgo y dolor para los pacientes. Fue entonces cuando dos cirujanos convirtieron esa antigua carnicer\u00eda en ciencia.<\/p>\n<p>Cuando, pocos d\u00edas antes de la Navidad de 1846, el veterano cirujano Robert Liston se detuvo frente a quienes ocupaban el nuevo quir\u00f3fano del Colegio Universitario de Londres, sosten\u00eda en sus manos una botella con un l\u00edquido claro. Se trataba de \u00e9ter, que podr\u00eda acabar con la necesidad de operar a gran velocidad. Si satisfac\u00eda las demandas de los estadounidenses, la naturaleza de la cirug\u00eda iba a cambiar para siempre. Aun as\u00ed, Liston no pod\u00eda dejar de preguntarse si el \u00e9ter no era solo otro producto del curanderismo, con poca o ninguna aplicaci\u00f3n \u00fatil en la cirug\u00eda.<\/p>\n<p>La tensi\u00f3n era elevada. Quince minutos antes de que Liston entrara en el quir\u00f3fano, su colega William Squire se hab\u00eda dirigido a la concurrida multitud de espectadores y hab\u00eda pedido la ayuda de un voluntario. Un nervioso murmullo llen\u00f3 la habitaci\u00f3n. En la mano de Squire hab\u00eda un aparato semejante a un marguile \u00e1rabe, hecho de cristal, con un tubo de goma y una mascarilla en forma de campana. El dispositivo lo hab\u00eda fabricado Peter, t\u00edo de Squire y farmac\u00e9utico de Londres, y hab\u00eda sido utilizado por el cirujano dental James Robinson para extraer una muela tan solo dos d\u00edas antes. A los asistentes les pareci\u00f3 extra\u00f1o. Nadie se ofreci\u00f3 voluntario para que lo ensayaran con \u00e9l.<\/p>\n<p>Desesperado, Squire orden\u00f3 finalmente al portero que se sometiera a la prueba. No fue una buena elecci\u00f3n, ya que, como escribi\u00f3 el cirujano jubilado Harold Ellis, era \u00abgordo, plet\u00f3rico y sin duda ten\u00eda un h\u00edgado muy acostumbrado al alcohol fuerte\u00bb. Squire coloc\u00f3 cuidadosamente el aparato sobre el rostro carnoso del hombre. Despu\u00e9s de unas pocas inspiraciones profundas de \u00e9ter, el portero salt\u00f3 de la mesa y sali\u00f3 corriendo de la habitaci\u00f3n, mientras maldec\u00eda al cirujano y a los espectadores con toda la fuerza de sus pulmones.<\/p>\n<p>No hubo m\u00e1s ensayos. Pero el inevitable momento hab\u00eda llegado.<\/p>\n<p>EL FINAL DE LA AGON\u00cdA<\/p>\n<p>A las dos y veinticinco de la tarde, Frederick Churchill, un mayordomo de 36 a\u00f1os de la calle Harley, fue tra\u00eddo en una camilla. El joven padec\u00eda osteomielitis cr\u00f3nica en la tibia, una infecci\u00f3n \u00f3sea bacteriana que hab\u00eda provocado que su rodilla derecha se hinchara y se doblara intensamente. En una primera operaci\u00f3n, tres a\u00f1os antes, se le abri\u00f3 la zona inflamada. Tal y como se describ\u00eda en un art\u00edculo publicado en 1915 en <em>American Journal of Surgery<\/em>, \u00abse le retiraron varios cuerpos laminados de forma irregular\u00bb y del tama\u00f1o de entre un guisante y un haba grande. El 23 de noviembre de 1846, Churchill regres\u00f3 al hospital. Pocos d\u00edas despu\u00e9s, Liston hizo una incisi\u00f3n e introdujo una sonda en la rodilla. Con sus manos sin lavar, palp\u00f3 el hueso para asegurarse de que se conservaba, orden\u00f3 lavar con agua caliente la zona descubierta y despu\u00e9s secarla, e indic\u00f3 que se permitiera descansar al paciente. Durante los siguientes d\u00edas, el estado de salud de Churchill empeor\u00f3. Pronto empez\u00f3 a sufrir un dolor agudo que irradiaba desde la cadera hasta los dedos de los pies. Este se repiti\u00f3 tres semanas m\u00e1s tarde, tras lo cual Liston decidi\u00f3 amputar la pierna.<\/p>\n<p>Se traslad\u00f3 a Churchill al quir\u00f3fano en una camilla y fue colocado en una mesa de madera. Dos ayudantes se colocaron cerca por si acaso el \u00e9ter no hac\u00eda efecto y tuvieran que inmovilizar al aterrorizado paciente mientras Liston le amputaba la pierna. A una se\u00f1al de Liston, Squire dio un paso al frente y coloc\u00f3 la mascarilla sobre la boca de Churchill. Pocos minutos despu\u00e9s, el mayordomo estaba inconsciente. A continuaci\u00f3n, Squire puso un pa\u00f1uelo empapado en \u00e9ter sobre la cara del paciente para asegurarse de que no se despertara durante la operaci\u00f3n. Asinti\u00f3 con la cabeza y dijo a Liston: \u00abCreo que funcionar\u00e1, se\u00f1or\u00bb.<\/p>\n<p>Liston abri\u00f3 un estuche grande y sac\u00f3 un cuchillo de amputaci\u00f3n recto inventado por \u00e9l mismo. Esa tarde, un observador entre el p\u00fablico habr\u00eda notado que ese instrumento deb\u00eda de estar entre sus preferidos por las peque\u00f1as muescas que ten\u00eda en el mango, que indicaban el n\u00famero de veces que lo hab\u00eda usado antes. Liston prob\u00f3 con la u\u00f1a del pulgar el filo de la hoja. Satisfecho con el resultado, dio instrucciones a su ayudante William Cadge para que \u00abcogiera la arteria\u00bb y se volvi\u00f3 hacia la multitud.<\/p>\n<p>\u00abAhora, se\u00f1ores, cronom\u00e9trenme\u00bb, grit\u00f3. Se oyeron una serie de clics cuando los relojes de bolsillo fueron sacados de los chalecos y abiertos de golpe.<\/p>\n<p>Liston se volvi\u00f3 hacia el paciente y le sujet\u00f3 el muslo con su mano izquierda. Con un r\u00e1pido movimiento, hizo una profunda incisi\u00f3n sobre la rodilla derecha. Uno de sus ayudantes aplic\u00f3 r\u00e1pidamente un torniquete alrededor de la pierna para detener el flujo de sangre mientras Liston pas\u00f3 los dedos por debajo del colgajo de piel para tirar de ella. El cirujano hizo otra serie de r\u00e1pidas maniobras con su cuchillo y dej\u00f3 expuesto el f\u00e9mur. A continuaci\u00f3n, hizo una pausa.<\/p>\n<p>Cuando se enfrentan al hueso descubierto, muchos cirujanos se sienten intimidados por tener que serrarlo. Unos a\u00f1os antes, Charles Bell hab\u00eda aconsejado a sus estudiantes que serraran lenta y cuidadosamente. Incluso aquellos que est\u00e1n acostumbrados a hacer incisiones pueden perder los nervios al tener que amputar una pierna. En 1823, Thomas Alcock declar\u00f3 que la humanidad \u00abse estremece ante la idea de que hombres sin preparaci\u00f3n en el uso de otras herramientas que no sean el cuchillo y el tenedor que utilizan diariamente presuman de operar con sus deshonestas manos a sus dolientes criaturas\u00bb. Record\u00f3 una espeluznante historia sobre un cirujano cuya sierra se hab\u00eda quedado tan incrustada en el hueso que no se mov\u00eda. Su contempor\u00e1neo William Gibson aconsejaba que los novatos practicaran con un trozo de madera para evitar esos escenarios de pesadilla.<\/p>\n<p>Liston entreg\u00f3 el cuchillo a uno de los ayudantes quir\u00fargicos, quien, a su vez, le alarg\u00f3 una sierra. El mismo asistente separ\u00f3 los m\u00fasculos, que m\u00e1s adelante ser\u00edan utilizados para dar forma al mu\u00f1\u00f3n del amputado. El cirujano hizo media docena de incisiones antes de que la pierna cayera en las manos que ten\u00eda preparadas un segundo ayudante, quien r\u00e1pidamente la arroj\u00f3 a una caja llena de serr\u00edn al lado de la mesa de operaciones.<\/p>\n<p>Mientras tanto, el primer ayudante afloj\u00f3 el torniquete para hacer visibles aquellas arterias y venas que hab\u00eda que ligar. Habitualmente, en una amputaci\u00f3n hab\u00eda que realizar once ligaduras. Liston lig\u00f3 la arteria principal con un nudo cuadrado y a continuaci\u00f3n se ocup\u00f3 de los vasos peque\u00f1os, que sostuvo uno a uno mediante una pinza de garfio llamada ten\u00e1culo. Su ayudante afloj\u00f3 de nuevo el torniquete mientras Liston cos\u00eda el resto del tejido.<\/p>\n<p>Liston tard\u00f3 28 segundos en amputar la pierna derecha de Churchill, quien durante ese tiempo ni se movi\u00f3 ni grit\u00f3. Cuando minutos m\u00e1s tarde se despert\u00f3 y pregunt\u00f3 cu\u00e1ndo iba a empezar la operaci\u00f3n, la contestaci\u00f3n la obtuvo al ver su mu\u00f1\u00f3n elevado, para solaz de los espectadores, asombrados de lo que acababan de presenciar. Con la cara enrojecida por la excitaci\u00f3n del momento, Liston anunci\u00f3: \u00abSe\u00f1ores, este truco yanqui le ha propinado un golpe al mesmerismo vacuo\u00bb.<\/p>\n<p>La era de la agon\u00eda se acercaba al fin.<\/p>\n<p>Dos d\u00edas m\u00e1s tarde, el cirujano James Miller ley\u00f3 una apresurada carta de Liston a sus estudiantes de medicina de Edimburgo anunciando en t\u00e9rminos entusiastas que \u00abuna nueva luz brillaba en la cirug\u00eda\u00bb. Durante los primeros meses de 1847, cirujanos y celebridades curiosas visitaban los quir\u00f3fanos para ser testigos del milagro del \u00e9ter. Todos, desde Sir Charles Napier, gobernador colonial de lo que ahora es una provincia de Pakist\u00e1n, hasta el pr\u00edncipe Jer\u00f3nimo Bonaparte, el hermano peque\u00f1o de Napole\u00f3n I, fueron a comprobar los efectos del \u00e9ter con sus propios ojos.<\/p>\n<p>Se acu\u00f1\u00f3 el t\u00e9rmino \u00abeterizaci\u00f3n\u00bb y su uso en cirug\u00eda fue celebrado en los peri\u00f3dicos de todo el pa\u00eds. Se difundieron noticias sobre sus poderes. \u00abLa historia de la medicina no ha ofrecido nada parecido al \u00e9xito perfecto alcanzado por el empleo del \u00e9ter\u00bb, proclam\u00f3 el <em>Exeter Flyng Post<\/em>. El \u00e9xito de Liston fue pregonado asimismo por el <em>People\u2019s Journal <\/em>de Londres: \u00abOh, qu\u00e9 deleite siente el coraz\u00f3n [\u2026] ante el anuncio de este noble descubrimiento, que tiene el poder de calmar la sensaci\u00f3n de dolor y de eliminar de la vista y la memoria todos los horrores de una operaci\u00f3n [\u2026]. HEMOS CONQUISTADO EL DOLOR\u00bb.<\/p>\n<p>EL ENEMIGO INVISIBLE<\/p>\n<p>Para el triunfo de Liston con el \u00e9ter tambi\u00e9n fue importante la presencia ese d\u00eda de un joven llamado Joseph Lister, sentado en silencio en el fondo del quir\u00f3fano. Deslumbrado y cautivado por el hecho tan dram\u00e1tico que acababa de presenciar, el entonces aspirante a m\u00e9dico abandon\u00f3 el quir\u00f3fano de la calle Gower convencido de que la profesi\u00f3n que hab\u00eda elegido iba a cambiar para siempre. \u00c9l y sus compa\u00f1eros ya no tendr\u00edan que ver por m\u00e1s tiempo una escena \u00abtan terrible y angustiosa\u00bb como la presenciada por William Wilde, un estudiante de cirug\u00eda que asisti\u00f3 a rega\u00f1adientes a la extirpaci\u00f3n sin anestesia del globo ocular de un paciente. Tampoco sentir\u00edan la necesidad de escapar, como la que se adue\u00f1aba del cirujano John Flint South cuando los gritos de los que estaban siendo operados se hac\u00edan intolerables.<\/p>\n<p>No obstante, mientras Lister se abr\u00eda paso entre la multitud de personas que se estrechaban las manos y se felicitaban por haber elegido la medicina como profesi\u00f3n y por esta importante victoria, pensaba que el dolor no era el \u00fanico obst\u00e1culo que superar para que la cirug\u00eda triunfara.<\/p>\n<p>Sab\u00eda que la amenaza de una infecci\u00f3n inminente hab\u00eda impuesto sus l\u00edmites a la cirug\u00eda desde hac\u00eda miles de a\u00f1os. Operar el abdomen, por ejemplo, ten\u00eda consecuencias mortales casi siempre por este motivo. El t\u00f3rax quedaba tambi\u00e9n fuera de su alcance. La mayor\u00eda de las veces, mientras los m\u00e9dicos trataban las afecciones internas -de ah\u00ed el t\u00e9rmino \u00abmedicina interna\u00bb, que a\u00fan se utiliza-, los cirujanos atend\u00edan las externas: heridas, fracturas, \u00falceras cut\u00e1neas, quemaduras.<\/p>\n<p>Solo en las amputaciones, el bistur\u00ed del cirujano penetraba profundamente en el interior del cuerpo. Sobrevivir a una operaci\u00f3n era una cosa. Llegar a recuperarse por completo, sin complicaciones, era otra.<\/p>\n<p>Lo que ocurri\u00f3 fue que, en las dos d\u00e9cadas que siguieron a la popularizaci\u00f3n de la anestesia, los resultados obtenidos por la cirug\u00eda empeoraron. Confiados en poder operar sin causar dolor, los cirujanos estaban m\u00e1s dispuestos que nunca a empu\u00f1ar el bistur\u00ed, lo que aument\u00f3 las infecciones y el choque s\u00e9ptico. En el Hospital General de Massachusetts, por ejemplo, las tasas de mortalidad por amputaciones pasaron del 19 por ciento, antes del \u00e9ter, al 23 por ciento, despu\u00e9s de \u00e9l. Los quir\u00f3fanos estaban m\u00e1s sucios que nunca a medida que aumentaban las operaciones. Los cirujanos a\u00fan no conoc\u00edan la causa de las infecciones, por lo que operaban a un paciente detr\u00e1s de otro utilizando el mismo instrumental sin lavar. Cuanto m\u00e1s ocupado estaba un quir\u00f3fano, menos probabilidades hab\u00eda de que se tomaran las medidas higi\u00e9nicas m\u00e1s elementales. De entre los que pasaron por el bistur\u00ed, muchos murieron, o nunca se recuperaron por completo y continuaron su vida como discapacitados e inv\u00e1lidos. El problema era universal. Los pacientes de todo el mundo temieron a\u00fan m\u00e1s la palabra \u00abhospital\u00bb, mientras que los cirujanos m\u00e1s h\u00e1biles dudaban de su propia destreza.<\/p>\n<p>Con el triunfo de Robert Liston con el \u00e9ter, Lister acababa de ser testigo de la eliminaci\u00f3n del primero de los dos principales obst\u00e1culos que imped\u00edan obtener buenos resultados en una cirug\u00eda, a saber, el dolor. Inspirado por lo que hab\u00eda presenciado la tarde del 21 de diciembre, aunque consciente de los peligros que a\u00fan complicaban su profesi\u00f3n, Joseph Lister, extraordinariamente perspicaz, emprendi\u00f3 muy pronto un camino que seguir\u00eda el resto de su vida: la b\u00fasqueda de las causas y la naturaleza de la infecci\u00f3n posquir\u00fargica y de su soluci\u00f3n. A la sombra de uno de los de los \u00faltimos grandes matarifes de la profesi\u00f3n, otra revoluci\u00f3n quir\u00fargica estaba a punto de comenzar.<\/p>\n<p>*Doctora en historia de la ciencia por la Universidad de Oxford, es autora de un popular blog divulgativo y varios videos dedicados a mostrar aquellos hechos pocos conocidos que se hallan detr\u00e1s de la historia de la medicina. El pasado octubre public\u00f3 su primer libro, <em>The butchering art<\/em> (\u00abEl arte de la carnicer\u00eda\u00bb). Tambi\u00e9n ha escrito para <em>The Lancet<\/em>, <em>New Scientist<\/em> y otras revistas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lindsey Fitzharris*, Investigaci\u00f3n y Ciencia, enero de 2018 Hasta mediados del siglo XIX, las operaciones entra\u00f1aban enorme riesgo y dolor para los pacientes. Fue entonces cuando dos cirujanos convirtieron esa antigua carnicer\u00eda en ciencia. 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