Reinaldo Spitaletta, Medellín, marzo de 2020

“Alma Máter de la raza,
invicta en su fecundidad”.
Del Himno de la Universidad de Antioquia

La universidad, claustro de saberes, congregación de ciencia y humanismo, de espíritu y materia, es un lugar propicio para el debate con altura intelectual y las divergencias civilizadas. La universidad no busca, en sus atributos de suerte de templo del conocimiento, una formación de un solo pensamiento. Ni la generación de una sola visión del mundo. Está hecha para la diversidad, para las distintas maneras de observar, analizar, cuestionar al hombre y sus circunstancias. No tiene carácter conventual, no debe propalar el dogma ni pregonar miradas inmodificables.

 

La universidad, por principio, es buscadora. ¿De qué? ¿De respuestas, de preguntas? Es un ámbito en el que, tras el ejercicio de la enseñanza-aprendizaje, de la experimentación, de la investigación, se crean las condiciones para pensar, es decir, no solo se desarrollan competencias específicas de cada disciplina o nicho del conocimiento, las especificidades, sino que es una estimuladora de la reflexión, de la controversia y de la crítica.

 

Dentro del canon universitario está no solo la formación del espíritu científico, sino el cultivo del diálogo entre saberes. Y ahí está también la presencia del otro (con derechos y deberes), del que busca ser médico, ingeniero, educador, periodista, cineasta, químico, matemático, músico, y el encuentro entre estudiantes, profesores, diversos trabajadores, administradores, lo que, en síntesis, compone la comunidad universitaria.

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia panoramica

Ciudad universitaria del Alma Máter

 

Una perogrullada dice que la universidad no está al margen de la sociedad. Ni que en ella no se representen los múltiples sectores de la misma y que, en la universidad, convergen las miserias y las riquezas de los conglomerados sociales, las visiones distintas sobre el Estado, el poder, la ciudad, la política, la vida y la muerte. La universidad no es una construcción (material, cultural, de la inteligencia y la imaginación) hecha para imponer o agitar una sola visión, sino para la amplitud de miradas. Mejor dicho, como es fama, se opone al dogma, a la secta, al unanimismo mental e ideológico, y ensalza la libertad, la promueve y defiende.

 

Es una conquista humana que desde luego ha estado sujeta en la historia a vaivenes, cambios, permanencias, indagaciones e intensas luchas adentro y afuera del campus, de las aulas, de los estamentos que la integran. Lo meridiano es que es un lugar para la libertad (entre esas libertades, las de enseñanza, de cátedra, de expresión y pensamiento, en fin). Y en este punto podríamos ir aterrizando en la universidad pública, y más aún, en este caso, en el Alma Máter Universidad de Antioquia, atravesada no ahora, sino desde siempre, por los conflictos, las divergencias, las contradicciones sociales. Y, como debe ser, ha sido campo de debate y palestra de distintas concepciones e interpretaciones.

 

En ella ha habido (y habrá) resonancias y otros ecos del mundo exterior a su campus. En este confluyen infinidad de posiciones acerca de las clases sociales, los saberes, el orden establecido, las utopías…; y esa complejidad, necesaria y nada fácil de desmadejar, ha tenido manifestaciones civilizadas de discursos filosóficos, políticos, científicos, incluidos los de protesta y los cuestionamientos al poder, como otras que corresponden más a comportamientos del lumpen y de la delincuencia organizada. Tal cual se puede dar afuera del claustro. En la sociedad. En el país.

 

De cualquier modo, la universidad no es una burbuja incontaminada, una torre de marfil ni un albergue para cuarentenas ni para la asepsia. Tampoco para ángeles. Ya se dijo: es un centro del saber y de sus maneras disímiles de obtenerlo. Tampoco es —para decirlo con un lenguaje que en los sesentas, en medio de un país azotado todavía por la Violencia liberal-conservadora— una república independiente. No es una arcadia, tampoco el infierno.

 

La Universidad de Antioquia, su ciudad universitaria, la misma que fue testigo y protagonista del movimiento estudiantil más relevante de la historia de estas expresiones inconformes, el de 1971, ha seguido acogiendo la diversidad de filosofías y políticas. Y en ese despliegue de las libertades también ha sufrido distintas heridas, atentados, crímenes selectivos, represiones estatales, presencia militar, incendios, asesinatos de profesores y estudiantes…

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia panoramica

Edificio del Paraninfo de la U. de A.

Una universidad, y, en particular, la de Antioquia, es un símbolo de libertad y pensamiento. Desde los tiempos del Manifiesto de Córdoba, en la Argentina, a principios del siglo XX, se introdujo el concepto de la autonomía universitaria, los modos propios y democráticos de gobierno interno de estos establecimientos o, como se planteó en los setentas, el cogobierno. La Constitución Política de Colombia, en su Artículo 69, establece la autonomía universitaria, según la cual estas instituciones podrán elegir sus directivas, regirse por sus propios estatutos, según la ley, que también establecerá un régimen especial.

 

Es la universidad misma la que, a través de su organización interna, de sus mecanismos de convivencia, la que debe dar soluciones a asuntos no solo académicos, que es su esencia, sino de otra índole, como las de abrir posibilidades de que, en su interior, no sean las extremas (derecha o izquierda) las que, como una minoría explosiva, atente contra la estabilidad y armonía de los estamentos universitarios. Por supuesto, la U. no tiene funciones policivas ni represivas. Debe expandir, tanto entre profesores, empleados, trabajadores, estudiantes, el debate y la confrontación civilizada de ideas y posiciones frente a sus problemas, a su misión y objetivos.

 

Como es también una verdad de Perogrullo, en la U. confluye una diversidad de posiciones, de miradas del mundo, y los mismos problemas de la sociedad hacen parte de las dinámicas internas universitarias. En cualquier caso, no es militarizando las universidades, ni abriéndoles las puertas al Esmad o policía antidisturbios, como se solucionan las contradicciones internas. Esto, como se ha visto, complica más las situaciones tensas. Las incursiones policíacas afectan, como también la experiencia lo ha indicado, a los estudiantes y profesores (también al resto de la comunidad universitaria) que ejercen, según las circunstancias y también el ambiente exterior, o sea, lo que pasa en el país, el derecho a las libertades de expresión, pensamiento y protesta.

 

La universidad no es un lugar para taparse el rostro

 

Y en este otro punto, hay que reseñar que la capucha no debe ser parte del atuendo de estudiantes o profesores, o, en general, del ciudadano. No es un lugar la universidad para taparse el rostro, cuando, por su condición, por sus principios, por su carácter y clima, la universidad es un sitio para poder hablar de frente, sin disfraces, como estila y convoca la filosofía universitaria. La capucha es más un indumento de inquisiciones, de antiguos asaltantes de bancos o para tapar la carencia de argumentos de la inteligencia, de las palabras, de la dialéctica.

 

Sí, aunque la universidad sea un campo para la diversidad, no es para ejercicios lumpescos o de bandidaje. Al contrario, en esa fuente nutricia, que es la U, deben primar la alegría del saber, la capacidad argumentativa, la búsqueda de salidas civilizadas y pacíficas a los distintos problemas que trascienden lo académico, lo administrativo. La U, como sería una de sus bases teóricas, debe participar en los debates exteriores, de la sociedad, dar luces a tanta oscuridad que se cierne sobre un país como Colombia. Es la universidad como faro.

 

Así que, cuando una autoridad civil, un alcalde, un gobernador, en fin, tiene como visión principal ante la universidad, la de interferir por la fuerza el derecho a la protesta de los universitarios, con la bota policial, las bombas lacrimógenas, las incursiones a los predios del campus, está dando pasos hacia un proceso de fascistización. Todavía hay motivos —aunque cada vez menos, debido a la barbarie nacional— para seguir creyendo en la fuerza de los razonamientos, en la discusión inteligente. Cuando tanto afuera como adentro del claustro se den las posibilidades de la discusión sin miedo, sin cortapisas, sin que haya amenazas, las minorías encapuchadas, los de las papas-bombas y demás, quedarán no solo aisladas, sino vencidas ante el arrollador huracán de las ideas y los argumentos. La utopía puede ser posible. Y está viva.

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia panoramica

Mural del maestro Pedro Nel Gómez en la biblioteca central de la U. de A.

Deja un comentario