Cuando los hombres empezaron a escudriñar los cielos notaron que los movimientos de los cuerpos celestes ocurrían de manera regular, en tanto que el cambio, la corrupción y la novedad eran lo característico del mundo terrenal. Esa observación del sentido común fue elevada a categoría filosófica por Aristóteles quien dividió el cosmos en dos partes: el mundo supralunar y el mundo sublunar. El primero de ellos era el reino de la perfección, de lo eterno, lo incorruptible, impregnado además del divino éter. Si algún fenómeno inusitado aparecía por encima de la Luna, el hecho se atribuía a la inescrutable voluntad de los dioses. Por el contrario, el mundo sublunar, formado por los cuatro elementos de Empédocles, era el asiento de la decadencia, del cambio continuo. En el centro del universo aristotélico se hallaba la Tierra, inmóvil.
En ese contexto se pensaba que los cometas, cuya presencia era un acontecimiento inesperado, no pertenecían al mundo supralunar; ellos debían hacer parte de la región sublunar; además se los consideraba heraldos del desastre. Es así como el papa Calixto III (de 1455 a 1458) achacaba la caída de Constantinopla a la aparición de un cometa inusitadamente luminoso y ordenó que sus feligreses elevasen oraciones para que “cualquiera calamidad amenazante pudiera ser desviada de los cristianos contra los turcos”. Por su parte el líder de la Reforma protestante, Martín Lutero, sostenía: “El pagano escribe que los cometas pueden venir de causas naturales, pero Dios no crea uno solo que no sea anuncio de una calamidad segura”.
En 1577 los habitantes de toda Europa fueron espectadores de la aparición de un gran cometa. Tycho Brahe y Johannes Kepler conceptuaron que el luminoso visitante viajaba por encima de la Luna. Finalmente fue la ciencia (¡siempre la ciencia!) la que demostró que los cometas no se hallaban en la atmósfera terrestre, que no eran ilusiones ópticas, que describían órbitas elípticas y que la newtoniana ley de la gravitación explicaba satisfactoriamente su movimiento. El pensamiento racional, científico, eliminaba todas las infundadas creencias que se tejieron alrededor de esos cuerpos celestes.
Un cometa es una masa compuesta de hielos de agua, de monóxido de carbono, de dióxido de carbono, de amoníaco, de metano, que contiene además polvo y rocas formando lo que algunos han llamado “una sucia bola de nieve” que se supone habita en la hipotética Nube de Oort, una región más allá del sistema solar situada entre 50.000 a 100.000 Unidades Astronómicas (UA) del Sol. Una UA es la distancia que hay entre el Sol y la Tierra y equivale a unos 150 millones de kilómetros. Cuando una perturbación gravitatoria afecta a la Nube de Oort, alguna de estas sucias bolas de nieve es impulsada hacia el interior del sistema solar. A medida que el astro se acerca al Sol los hielos se subliman (pasan directamente del estado sólido al gaseoso) y el cometa va desarrollando una luminosa cabellera de gas y polvo.
En estos momentos está viajando hacia la Tierra el cometa Ison, que se puede convertir en el más espectacular de los últimos 50 años si logra sobrevivir a la atracción gravitatoria y al calor en el perihelio, es decir, el punto orbital de mayor acercamiento al Sol. El cometa fue descubierto el 21 de septiembre de 2012 por los astrónomos Vitali Nevski (bielorruso) y Artyom Novichonok (ruso). Se calcula que tiene un núcleo de cinco a seis kilómetros de diámetro. En abril de este año estaba a algo menos de 400 millones de kilómetros de la Tierra; en octubre se acercará a Marte y para el 28 de noviembre pasará cerca del Sol y, si no se desintegra, lo podremos observar en todo su esplendor entre finales de este año y principios del siguiente. Brillará tanto como la Luna y es posible que se haga visible en pleno día. La materia de Ison está intacta, es la que hizo parte del primitivo sistema solar; por lo tanto, su estudio arrojará datos de interés para comprender los comienzos de nuestro sistema planetario.
No faltarán los agoreros que en su momento, y contra toda la evidencia científica, sindiquen a Ison de ser el causante de tantos males. Algunos de ellos volverán a proclamar otra vez el fin del mundo. El único temor que nos puede despertar un cometa es que, por una combinación de diversas causas físicas, él termine viajando en una órbita que se cruce con la de la Tierra: sería un gran desastre. Pero en el mundo estamos y el cosmos no es que sea un oasis de paz.