El pasado mes de mayo, John Craig Venter anunciaba la creación de una bacteria a partir de un genoma que él y sus colaboradores descodificaron, reconstruyeron artificialmente e introdujeron luego en los restos de lo que una vez había sido una Mycoplasma, cuyo núcleo habían extraído con anterioridad. El híbrido, convertido en el primer organismo artificial, arrinconaba la antigua creencia de que sólo una divinidad o alguna fuerza especial tenía el don de encender la chispa de la vida.

El acontecimiento supuso la demostración más impresionante hasta la fecha del vigor de la biología sintética, una nueva disciplina que promete resolver muchos de nuestros problemas más acuciantes. Hoy los científicos aspiran a crear bacterias que digieran la contaminación o el petróleo procedente de vertidos; otras que generen hidrógeno o combustibles líquidos a partir de la luz solar, o que den cuenta del colesterol y demás sustancias nocivas que acumula nuestro cuerpo.

Si bien aún en sus comienzos, dichas técnicas requieren la máxima vigilancia. Habrá quien persiga la síntesis de organismos perjudiciales o quienes, aun obrando de buena fe, descuiden sus creaciones y pongan en grave riesgo nuestra salud o el entorno. Venter y su grupo tuvieron la precaución de incluir, a modo de “marcas de agua”, minúsculas modificaciones genéticas en su creación. Técnicas de identificación semejantes deberían ser obligadas para cualquiera que recurra a la biología sintética. Sin duda, abordar tales problemas exigirá grandes esfuerzos.

Quizás haya quien piense que la creación de nuevos organismos amenaza la dignidad de la vida. No estoy de acuerdo. En el fondo, se trata de otro triunfo del saber humano. Sólo cuando hayamos entendido mejor su funcionamiento seremos plenamente conscientes del valor que damos a la vida.
ARTHUR CAPLAN es titular de la cátedra de bioética Emanuel y Robert Hart en la Universidad de Pennsylvania.

*ARTHUR CAPLAN es titular de la cátedra de bioética Emanuel y Robert Hart en la Universidad de Pennsylvania.

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