Nadie duda de la existencia de los átomos ni de los quarks, como lo sostiene la teoría atómica, ni de la relación entre espacio, tiempo, materia y gravedad como se define en la teoría de la relatividad. Que sepa, no se ha escrito ningún libro que intente poner en duda la veracidad de los principios básicos de esas dos teorías científicas.
La evolución es un hecho tan cierto como que la materia es atómica, que el universo se expande, que la luz viaja en el vacío a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo o que existen los agujeros negros. El hecho evolutivo permite comprender por qué hay tanta diversidad biológica, la forma como están distribuidos animales y plantas en la superficie del planeta, la existencia del registro fósil, la exquisita adaptación de los organismos vivos a sus respectivos ambientes y arroja luz sobre los orígenes de nuestra propia especie. Cuando se habla de “teoría de la evolución”, se hace referencia a la explicación que inicialmente propusieron Charles Darwin y Alfred Russel Wallace con base en el mecanismo de la selección natural.
La teoría darwiniana de la evolución se ha venido enriqueciendo con los aportes logrados en otras ciencias: biología molecular, genética, matemáticas, geología, paleontología, antropología, etc., alcanzando el estatus de teoría científica, es decir, de explicación completa de una característica importante de la naturaleza, basada en hechos y pruebas experimentales, que permiten predecir la existencia de fenómenos aún no observados.
Para quien todavía tenga dudas acerca de que los seres vivos (incluido el hombre) se originaron a través de un proceso material regido por las leyes naturales le recomiendo la lectura del libro “Por qué la teoría de la evolución es verdadera” (Editorial Crítica, 2010, 364 páginas) cuyo autor, Jerry A. Coyne, es doctor en Biología de la Universidad de Harvard, especialista en genética evolutiva y crítico firme del creacionismo y del diseño inteligente. El libro el doctor Coyne está escrito con la claridad necesaria para que pueda ser leído por profanos y por conocedores de la teoría de la evolución. Pero el gran valor de este texto es que despeja todas aquellas dudas que alguien pueda tener sobre la realidad del hecho evolutivo. Es un libro, que además de bien escrito, recurre a ejemplos ampliamente documentados para defender con solidez su tesis central: la evolución es verdadera.
Solamente me quedó, de su lectura, un sinsabor: la creencia del autor de que las naciones ricas ganan cada vez más conciencia de su obligación de ayudar a los países pobres del mundo. Idea desmentida total y brutalmente por los acontecimientos que actualmente sacuden al orbe. ¿O es que alguien puede creer que Estados Unidos y las potencias europeas están en Irak, en Afganistán y bombardean Libia para ayudar a esas naciones? Un lamentable desliz ideológico del catedrático de la Universidad de Chicago que no invalida el aspecto principal de su libro: demostrar que la evolución es un hecho y que todo ataque que contra ella se lance, también es un ataque contra la ciencia y contra “todos los beneficios que ofrece a la sociedad”.