Las bacterias son organismos sorprendentes. Descienden de las primeras formas de vida que surgieron hace 3500 millones de años, cuando este planeta estaba aún rodeado de una atmósfera que no contenía oxígeno y sí toda una serie de gases que son tóxicos para la gran mayoría de los organismos vivos actuales. Han conquistado todos los ambientes de la Tierra: se encuentran en el aire, las aguas, el suelo. Han establecido alianzas simbióticas con otros organismos vivos: habitan en el oscuro y húmedo intestino grueso de los humanos y otros mamíferos, viven en la piel de peces abisales produciendo las señales lumínicas que necesitan esos vertebrados para su comunicación, forman nódulos en las raíces de ciertas plantas donde ayudan a captar el nitrógeno atmosférico. Pero también se han encontrado en ambientes donde las duras condiciones físicas y químicas harían pensar en la imposibilidad para la vida: en las aguas extremadamente ácidas del español río Tinto, en el hipersalino Mar Muerto, en los fríos hielos de los casquetes polares, en los peligrosísimos desechos radiactivos de las centrales nucleares, en las hirvientes aguas de las fumarolas de los fondos oceánicos y de los géiseres. A los microorganismos que han logrado conquistar tan insólitos ambientes se les ha calificado con el nombre de extremófilos.
Las bacterias han dejado su indeleble sello en importantes acontecimientos de la historia humana: la Yersinia pestis fue la causante de la famosa peste negra que arrasó con gran parte de la población europea durante la Edad Media. Han sido motivo de discusión filosófica, como cuando el despistado Bruno Latour, uno de los adalides del posmodernismo y del constructivismo, se atrevió a declarar que el bacilo de la tuberculosis solo tendría existencia real a partir de 1882, cuando lo descubrió Robert Koch y por lo tanto sería anacrónico decir que el faraón Ramsés II, quien gobernó en el antiguo Egipto entre 1279 y 1213 a.C., pudiera haber muerto a causa de una infección producida por esa bacteria.
Y ahora resulta que Felisa Wolfe-Simon, del Instituto de Astrobiología de la NASA, y su grupo de investigación han encontrado en el lago Mono (California), cuyas aguas ácidas son ricas en cobre, cadmio, manganeso y otros metales pesados, una bacteria que utiliza el venenoso arsénico para fabricar la importante molécula de ácido desoxirribonucleico (ADN) en lugar del fósforo, como lo hace la inmensa mayoría de organismos vivos. Mientras un átomo de fósforo tiene 15 protones en el núcleo, el de arsénico posee 33. Pero ambos, si imaginamos un átomo como un sistema solar en miniatura, alojan en su órbita más externa 5 electrones. Esas cantidades determinan sus semejanzas y diferencias cualitativas. Esta bacteria no solamente es capaz de soportar los altos niveles de arsénico de su particular medio ambiente, sino que ha desarrollado la posibilidad de incorporarlo a su propia química celular. A pesar de la rareza del bacilo que ama el arsénico, él es genéticamente muy similar a sus parientes que no son capaces de utilizar el tóxico elemento.
El descubrimiento de esta rara belleza tiene importantes implicaciones para la búsqueda de vida en otros mundos; la bacteria del lago Mono “nos ofrece un vistazo sobre lo que es posible para la vida en el resto del universo”, ha declarado la doctora Wolfe-Simon. También es un ejemplo más del poder creador de la omnipresente fuerza de la selección natural, el mecanismo material que nos explica la razón de ser del ala de una mariposa, del pétalo de la rosa o de una sorprendente bacteria que es capaz de vivir sin problemas en medio de las venenosas aguas de un lago estadounidense.