A primera vista, un humano y un grano de arroz tal vez no se parezcan. Y, sin embargo, compartimos una cuarta parte de nuestros genes con este magnífico cereal. Los genes que compartimos con el arroz –o con rinocerontes o arrecifes de coral− son uno de los indicios más asombrosos de nuestra herencia común. Todos los animales, plantas y hongos compartimos un ancestro que vivió hace unos 1600 millones de años. Cada uno de los linajes que descendieron de ese progenitor conserva partes de su genoma original, encarnando uno de los principios fundamentales de la evolución: si no está roto, no lo arregles. Dado que la evolución ha conservado tantos genes, el estudio de los genomas de otras especies puede arrojar luz sobre los que intervienen en las enfermedades y la biología de los seres humanos. Hasta la levadura tiene algo que decirnos sobre nosotros.

Claro que no nos parecemos para nada a la levadura. Los genes que aún compartimos los utilizamos de otra manera, del mismo modo en que uno puede usar un clarinete para tocar música de Mozart o de Benny Goodman. Inclusive nuestros catálogos de genes han cambiado. Los genes pueden desaparecer, y es posible que surjan nuevos a partir de mutaciones de ADN que antes tenían otra o ninguna función. Genes nuevos han llegado a nuestros genomas gracias a virus invasores. No es raro que compartamos muchos más genes con los chimpancés que con la levadura, porque hemos compartido la mayor parte de nuestra evolución con esos simios. Y en la pequeña porción de nuestros genes sin contraparte en los chimpancés tal vez podamos hallar nuevas pistas sobre lo que nos hace exclusivamente humanos.

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