Guillermo Guevara Pardo, Bogotá, noviembre 21 de 2016

Los centros de poder mundial decidieron condenar a Colombia, por ahora, a cien años de soledad científica y tecnológica. Para lograrlo han debilitado al máximo la soberanía nacional, el sistema educativo y la estructura agropecuaria e industrial, objetivos que alcanzaron con la apertura económica y han profundizado a través de los tratados de libre comercio (TLC) con Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y Corea del Sur. La industria, motor fundamental en el progreso de la humanidad e importante campo para las aplicaciones científicas, ha perdido peso en la economía nacional: mientras en la década de los años 1980 representaba el 20% del PIB hoy apenas alcanza un lánguido 12% y, 60% de las exportaciones son materias primas sin ninguna clase de transformación. Tan nefasto manejo de la economía nacional ha hecho que miles de colombianos pierdan sus puestos de trabajo aumentando en consecuencia el desempleo, la pobreza, el rebusque y la emigración. Se explica así que de 2009 a 2014 en Colombia solamente se haya invertido en Investigación y Desarrollo un 0,21% del PIB cifra que contrasta, y de qué manera, con lo que invirtieron en 2011 algunas de las naciones más desarrolladas del mundo: Israel (3,97%), Japón (3,39%), Corea del Sur (4,04%), Singapur (2,05%), Finlandia (3,8%), Suecia (3,39%), Estados Unidos (2,76%), Canadá (1,79%). Para hacer más dramático el cuadro de nuestro atraso científico y tecnológico, aún estamos lejos de los porcentajes destinados por tres de nuestros vecinos geográficos: Brasil (1,21%), Argentina (0,65%), Chile (0,7%). Nos ubicamos al mismo nivel de naciones como Armenia, Mongolia o Paquistán. Estas lamentables cifras demuestran que las políticas económicas con que se ha gobernado el país, no permitieron el salto cualitativo a la producción de bienes de alta tecnología.

Los gobiernos que ha tenido que padecer Colombia en los últimos años han definido que no vale la pena que se haga un esfuerzo importante para crear una capacidad propia de producción en ciencia y tecnología, que lo mejor que podemos hacer es dejar esos temas a los países desarrollados y contentarnos con adquirir la tecnología y la mayoría de alimentos que ellos producen, mientras nosotros les exportamos uchuvas. Las políticas económicas neoliberales impuestas y obedecidas por los gobernantes colombianos han puesto a la nación en el último vagón del tren del conocimiento. Además de esta desgracia, de la prometida “mermelada” de las regalías que las multinacionales pagan por la extracción de los recursos mineros la comunidad científica apenas si saborea una insignificante pizca, pues ellas han quedado sometidas al manejo politiquero de gobernadores y alcaldes, amén del debilitamiento de Colciencias y del nulo incremento del presupuesto para el desarrollo de la ciencia, la tecnología y la innovación.

Jorge Reynolds Pombo (el inventor del primer marcapasos externo con electrodos internos) no ha recibido un solo peso de los entes oficiales para poder adelantar sus investigaciones y el instituto donde Manuel Elkin Patarroyo adelantaba sus trabajos sobre la vacuna contra la malaria, fue cerrado, el edificio abandonado y sus alrededores convertidos en parqueaderos. De esa dimensión es el tratamiento que los gobiernos le han dado a la ciencia en Colombia, además del abandono de cualquier intento por apoyar la investigación en ciencia básica. En las condiciones de diseño de un país atrasado dedicado únicamente a la producción de bienes primarios no es necesario impulsar el desarrollo de la ciencia y la tecnología, ni el de una educación científica y tecnológica de alta calidad que garantice la formación de profesionales, tecnólogos y científicos de primerísimo nivel. A un país dedicado únicamente a la explotación de materias primas para nada le sirven personas que sepan secuenciar genes, resolver complejos problemas matemáticos, explicar el universo, diseñar moléculas novedosas y tampoco importa que la estructura física de su Universidad Nacional se caiga a pedazos con cualquier aguacero.

Ante semejante panorama, solamente se puede calificar de vulgar “cañazo” de jugador de póquer la pretensión de Juan Manuel Santos de convertir a Colombia en “la más educada de América Latina”. Razón tiene entonces el doctor Rodolfo Llinás cuando señaló que: “Colombia no está dando todo lo que puede dar desde el punto de vista humano. Definitivamente nuestros artistas son fantásticos, nuestros escritores son fantásticos, pero nuestros científicos no pueden ser fantásticos. No porque falte capacidad, sino porque simplemente no existe el interés ni la voluntad social y política necesaria para sostener un eje científico fuerte”.

Aspirar a un país donde la ciencia, la tecnología y la innovación tengan un destino diferente al que hasta ahora han tenido, pasa por la necesidad de que al Palacio de Nariño llegue un colombiano que gobierne con políticas económicas totalmente diferentes a las neoliberales. Esto lo ha manifestado con claridad y contundencia Jorge Enrique Robledo en los planteamientos que ha hecho para justificar su aspiración presidencial. ¡Démosle la oportunidad de llevar a Colombia por la ruta de un verdadero progreso científico!

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