Libro editado por Editorial Magisterio, presentación llevada a cabo en el marco de la Feria del Libro en el auditorio Porfirio Barba Jacob.

La ciencia es una de las más hermosas empresas del intelecto humano. Tan hermosa como las más altas expresiones del arte y de la filosofía: mientras el artista trata de plasmar en una frase, o en un pincelazo, o en una fuga lo intangible de lo bello y el filósofo busca interpretar la generalidad y particularidad del mundo que nos rodea, el científico escudriña la materia para descubrir leyes, plantear hipótesis, enunciar teorías que han permitido llegar a un conocimiento cada vez más profundo y verdadero, aunque inacabado, de los fenómenos que acontecen en el mundo de la naturaleza. Ese conocimiento, que puede parecer frío, también nos permite admirar las bellas formas en que se organiza la materia a través de su infinito movimiento en el tiempo y el espacio. O es que acaso, ¿no nos hemos conmovido ante la elegancia cromática del arco iris o ante el brillante azul de las alas de una mariposa de Muzo? ¿No nos admira el lujurioso despliegue de forma y color de una orquídea? ¿Alguien puede dejar de sorprenderse ante la precisión del vuelo de un murciélago? ¿No es bella la celeste bóveda nocturna tachonada toda ella de infinitos puntos luminosos? Pero también son bellas las organizaciones que se descubren en lo más íntimo de la materia: la elegancia arquitectónica del átomo o las esbeltas curvas de la molécula de la herencia, el ADN. Ya lo decía de manera poética el físico y premio Nobel Richard Feynman: “Hay toda clase de preguntas interesantes que demuestran que el conocimiento de la ciencia no hace más que sumar a la emoción, el misterio y la admiración que nos produce una flor”.

Los avances que la ciencia ha logrado desde mediados del siglo XIX hasta el día de hoy, son portentosos. Hace algo así como más de cincuenta años el conocimiento de nuestro sistema solar era muy limitado; hoy los artilugios ópticos y cientos de satélites han permitido explorar intensamente el vecindario estelar; el ojo maravilloso del telescopio espacial Hubble nos ha permitido mirar en la infinita profundidad del cosmos, mientras dos sondas Voyager se deslizan silenciosamente más allá del sistema solar llevando sendos mensajes con la esperanza de que otras mentes sean capaces de descifrarlos. El Gran Colisionador de Hadrones, un monstruo tecnológico que se esconde bajo tierra en los límites entre Francia y Suiza, permitirá conocer nuevas partículas que enriquecerán el ya abigarrado zoológico subatómico.

Pero también son portentosas las aplicaciones tecnológicas de la ciencia: lo que fue una observación casual en el laboratorio de Alexander Fleming terminó convertida en la maravilla antibiótica que fue la penicilina; la viruela se convirtió en la primera enfermedad en ser erradicada de la faz de la Tierra y hoy es sólo un mal recuerdo de quienes tuvimos el infortunio de padecerla; cada día son más rápidos y complejos los artefactos electrónicos que han inundado nuestro diario vivir: el último premio Nobel de Física tiene que ver con un aparato incorporado en las ya comunes cámaras digitales. Pero son los pocos países que en el mundo fungen como potencias, quienes se han aprovechado del conocimiento científico para garantizar las astronómicas ganancias de sus multinacionales, e inclusive han llegado al extremo de emplearlo para masacrar miles de vidas como ayer lo hicieron en Hiroshima y Nagasaki y lo hacen hoy sobre la atormentada Franja de Gaza, donde el valeroso pueblo palestino lucha por su soberanía nacional.

En los países desarrollados del mundo hace tiempo se entendió que la ciencia es una de las palancas fundamentales para el avance económico. Por ejemplo, en Estados Unidos algo así como el treinta por ciento del Producto Interno Bruto depende de las aplicaciones derivadas de la mecánica cuántica, uno de los pilares fundamentales, junto con la teoría de la relatividad, de la física moderna. Mientras tanto, quienes habitamos en los países del llamado Tercer Mundo vemos con horror cómo la brecha científica y tecnológica que nos separa de los del Primer Mundo se amplía cada vez más y más. Y se seguirá ampliando y haciendo cada vez más profunda ahora con la imposición de los Tratados de Libre Comercio firmados con Europa y Estados Unidos, tratados que nos seguirán hundiendo en la oscura sima del atraso en ciencia y tecnología, pues las potencias mundiales han decidido que nuestro país se destine únicamente a la producción de bienes primarios; todo lo demás lo debemos comprar a ellos. Lo lamentable es que consejos como que Colombia solamente debe dedicarse a producir café, pero no atreverse a incursionar en actividades más sofisticadas donde supuestamente no tiene ninguna oportunidad, han sido escuchados de manera entusiasta por los diferentes gobiernos de los últimos años, especialmente el que acaba de terminar, pero que también continuará oyendo el que acaba de empezar.

En toda la historia del avance de la ciencia subyace el eterno debate que han mantenido las corrientes filosóficas del idealismo y del materialismo. El libro que hoy se está presentando ilustra este hecho histórico recurriendo a ejemplos tomados de las modernas ciencias naturales. Objetivamente me pongo del lado de la concepción materialista, pues creo firmemente que la explicación científica es el reflejo fiel de los fenómenos que ocurren en el mundo material, mundo que tiene una existencia objetiva, es decir, que existe independientemente de la conciencia. Esto significa que la realidad externa no es una construcción de la mente, que la ciencia no es un “mito” o una “narración más”, ni que la verdad científica sea un “acuerdo de los que más saben”; que el criterio para determinar la verdad o falsedad de una teoría científica es la prueba experimental lograda a través del siempre renovado método científico y que las hipótesis de la ciencia deben someterse al criterio de verificación, no simplemente al de falsación. Algunas de las tesis a la que me opongo hacen parte del credo idealista del Constructivismo, concepción filosófica que se ha puesto de moda en importantes círculos académicos y centros de poder, como el Ministerio de Educación, con consecuencias prácticas nefastas que han afectado de manera grave la calidad de nuestro sistema educativo, especialmente el público. Esas concepciones han llevado a algún ex rector de la Universidad Nacional a declarar que quizás se está enseñando demasiado a los estudiantes de tan importante centro educativo.

En estos momentos de tanta confusión ideológica, donde la triquiñuela, la picardía, el facilismo intelectual o la mentira descarada han sido prácticas que han adquirido validez moral, se hace necesario tener claridad filosófica en los asuntos de la ciencia si queremos, junto con la claridad política, andar por los caminos que lleven hacia la construcción de una sociedad más justa, que supere las inequidades e iniquidades de la que hasta ahora nos ha tocado vivir.

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