El gobierno colombiano ha realizado una campaña de propaganda a favor del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, TLC, utilizando estadísticas amañadas y argumentos falsos sobre las supuestas virtudes del libre comercio y la necesidad imperiosa para nuestro país de suscribir dicho tratado.

En este empeño ha invisibilizado y no ha respondido a quienes documentada y seriamente hemos planteado la inconveniencia del mismo. Un análisis de todas las falacias gubernamentales sería muy largo, ya que se ha tergiversado la experiencia colombiana e internacional en materia de libre comercio y desarrollo. Sin embargo, escogimos algunas de las principales para aportar elementos que le permitan a la opinión pública tener una visión mas objetiva y ajustada a la realidad.

PRIMERA MENTIRA
EL ATPDEA HA SIDO MUY ÚTIL Y ES INDISPENSABLE GARANTIZAR SU CONTINUIDAD

Para el gobierno el TLC es necesario asegurar las ventajas comerciales establecidas en la Ley de Preferencias Comerciales Andinas (ATPA), establecidas en 1991 y renovadas en 2002 con el nombre de ATPDEA, y que eliminaron los aranceles para varias mercancías que Colombia exporta, y que vencen en diciembre de 2006. Es menester asegurar que se prolonguen indefinidamente dado que supuestamente han beneficiado enormemente a la economía colombiana y su continuación aseguraría un aumento de las exportaciones y el empleo.

De hecho, durante las negociaciones del TLC siempre ha gravitado el deseo gubernamental de mantener estas preferencias. En plena negociación, la oferta inicial norteamericana de apertura de sus mercados fue inferior a lo ya otorgado a Colombia con el ATPDEA, lo que causó tal desagrado que, mientras que en Colombia se calificaba la oferta de tacaña, al finalizar la ronda de Puerto Rico los negociadores norteamericanos tuvieron que señalar que al culminar el proceso los países conservarían las preferencias que tenían antes, pero que para ello debían hacer suficientes concesiones. El gobierno colombiano, por su parte, incluyó en sus peticiones iniciales “la mayoría del ATPDEA”, con lo cual se puede apreciar que el efecto que tuvieron estas preferencias es fundamental para el debate.

Varios estudios corroboran que el ATPDEA no tuvo la importancia que se le atribuye. El ex presidente de ACOPI en Antioquia, Jorge Alberto Velásquez, señaló: “El ATPA no puede considerarse un acuerdo comercial exitoso: el crecimiento anual promedio del comercio entre Estados Unidos y la región andina, desde que se suscribió el acuerdo, ha sido menor que el registrado por el comercio de EEUU y el mundo (5,96% frente a 7,01%) y mucho menor que el intercambio comercial estadounidense con sus socios del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, TLCAN, (9,57%) o que el total de América Latina y el Caribe (10,8%)”. Esto significa que, a la luz de las tendencias en el comercio mundial, el ATPDEA no aumentó significativamente las exportaciones. El mismo dirigente gremial señaló que las exportaciones de confecciones a Estados Unidos en su mayoría corresponden a maquilas, producidas por medio de un dumping laboral con las “grandes empresas comprando pobreza al mejor postor”, y calculó una cifra que ha sido corroborada por todos los estudios posteriores: solamente el 14% de las exportaciones a Estados Unidos se han beneficiado de tales Preferencias y “por tanto” en caso de eliminarse las mismas, el 86% de las exportaciones totales no se verían afectadas (Portafolio, mayo 20 de 2002).

Otros estudios no refutados por el gobierno, han demostrado que aunque el ATPDEA se ha presentado como producto de la responsabilidad compartida en la lucha contra el flagelo del tráfico de drogas, fue otorgado bajo fuertes condicionamientos que incluyen la participación en el ALCA, la protección de la propiedad intelectual, garantías a la inversión estadounidense y apertura de las compras estatales, y que estas condiciones exigen al país compromisos económicos superiores a lo definido en la Organización Mundial del Comercio, OMC. Se exige a Colombia la adhesión completa a la política exterior norteamericana en materia de extradición, lucha antinarcóticos y lucha contra el terrorismo. Las preferencias están sujetas a una gran cantidad de trabas y decisiones discrecionales del Ejecutivo estadounidense y, además, su aplicación efectiva está limitada en materia de productos elaborados a aquellos que utilizan insumos norteamericanos, siempre y cuando no afecten la producción de ese país.

Según otros cálculos (Umaña 2004), solamente el 10 por ciento de las exportaciones de Colombia a Estados Unidos se benefician del ATPDEA, lo cual significa que, como cerca de la mitad de las exportaciones colombiana se dirigen a ese país, apenas el 5 por ciento de las exportaciones totales se ven beneficiadas por dichas preferencias. Suma relativamente marginal para la gran cantidad de condicionamientos que implican. Por otra parte, el ATPDEA explicaría la creación de cerca de 13 mil empleos anuales, los cuales se concentran básicamente en el sector de flores, petróleo y minerales básicos y un poco menos en confecciones, pero estos empleos tienen relativamente poca importancia si recordamos que Colombia la población desempleada se acerca a los tres millones de personas.

Durante la vigencia del ATPDEA y con las restricciones a las exportaciones agrícolas fueron más los empleos que se perdieron que los creados, hecho demostrado por Umaña en un extenso estudio (1) analiza producto por producto el comportamiento de las preferencias entre 1996 y 2003. Según el estudio, las preferencias no contribuyeron a la diversificación de las exportaciones y los exportadores colombianos apenas dejaron de pagar 24 millones de dólares anuales en aranceles a Estados Unidos, cifra insignificante si se compara con los entre 500 millones y 900 millones de dólares que según cálculos oficiales se dejarían de recibir por los aranceles que no se recaudarían en Colombia con el TLC.

Los resultados del ATPDEA, entonces, son marginales en el desarrollo económico del país y su preservación a cambio de inmensas concesiones derivarán en un panorama de mayores desequilibrios y asimetrías. Se hará depender la economía de la exportación de unos cuantos productos básicos, beneficiando sólo al 10 por ciento de las exportaciones colombianas y aceptando condicionamientos reiterados, como cuando en el proceso de inclusión en el ATPDEA se exigió a Colombia cumplir los laudos arbitrales en los casos de Nortel y de Termorío, con los cuales la nación fue condenada a pagar multimillonarias indemnizaciones.

El ATPDEA no se convirtió en una palanca para el fomento exportador; por ejemplo, durante el gobierno de Pastrana se ofreció duplicar las exportaciones colombianas pero ellas sólo crecieron el 10 por ciento en todo el periodo.
El ATPDEA se promovió como una contraprestación al esfuerzo andino en la lucha contra el narcotráfico y fue ampliamente sobreestimado, hasta el punto que el gobierno colombiano calculó, contra toda evidencia y sin estudios concretos, que como producto del mismo se crearían 300.000 nuevos empleos y las exportaciones aumentarían 50%.

Con el TLC el sentido del ATPDEA como contraprestación de la lucha colombiana contra el narcotráfico desaparece y significa volver permanentes los condicionamientos con los cuales se adoptó la ley de preferencias y otorgar nuevas concesiones en todos los temas involucrados en la negociación. A pesar de las declaraciones del gobierno de Uribe, en el proceso de negociaciones está claro que el techo de las mismas es un ATPDEA plus, esto es que no se parte de las preferencias otorgadas a Colombia sino de cero y que al final éstas van a mantenerse pero a cambio de que Colombia haga fuertes concesiones en otros campos. Esto significa que el país está siendo obligado a hacer nuevas y profundas concesiones y en pago recibirá lo que ya tuvo durante 10 años y que tan poco significó en materia de empleo, producción y exportaciones.

RECUADRO

El 22 de octubre de 2003 la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) dio a conocer un estudio en el cual demostró que los efectos reales del ATPDEA sólo benefician a 39 de las 6.000 subpartidas arancelarias existentes y que muchos productos ya gozaban de ventajas bajo el Sistema General de Preferencias con Estados Unidos. El estudio concluyó que ese país estaba cobrando por algo que realmente no había otorgado y que los efectos eran tan focalizados que podía haber más costos que beneficios al pretender firmar el TLC. Según la SAC, las restricciones que EEUU aplica, diferentes a las arancelarias (cuotas, barreras técnicas y sanitarias), “hacen nulas la mayoría de las preferencias arancelarias unilaterales que recibe el país”. En el agro, de acuerdo con la misma SAC, únicamente se han beneficiado las flores. En el ATPDEA la exportación de cereales aparece como una gran concesión, pero el país carece de oferta exportable. “En la cadena algodón-textil-confecciones, el ATPDEA beneficia a estas últimas en detrimento del algodón, el cual -como es subsidiado- puede importarse de EEUU a mejores precios. En la industria, teóricamente se benefician 4.112 subpartidas pero únicamente 23 le han sacado provecho y de ellas el 70% son aceites crudos de petróleo”. Allí se cita un estudio de Planeación Nacional, según el cual entre 1998 y 2002 catorce de 5.528 productos son responsables del 80% de la facturación. (2)

SEGUNDA MENTIRA
LA EXPERIENCIA DE LA APERTURA ECONÓMICA FUE POSITIVA PARA EL PAÍS

La apertura económica que se prolongará y profundizará con el TLC, se inició en Colombia desde 1990. La argumentación de los defensores de dicha política era la necesidad de internacionalizar la economía, ya que las fuentes de crecimiento basadas en el mercado interno estaban supuestamente agotadas y que el proteccionismo debía sustituirse por un desarrollo exportador (La Revolución Pacífica, modernización y apertura de la economía, 1991). Para ello se adoptaron, entre otras, medidas como la flexibilización laboral, la disminución de aranceles, la eliminación de controles administrativos a las importaciones, la liberación del mercado de capitales, las privatizaciones, la desregulación de la economía.

El resultado fue, contrario a lo prometido, un déficit comercial acumulado superior a los 20.000 millones de dólares entre 1993 y 2002; la pérdida de 900.000 empleos en la industria manufacturera; la disminución de la frontera agrícola en más de un millón de hectáreas entre 1988 y 2001, como producto entre otras cosas de la importación de alimentos (Garay, 2002) (3). Como consecuencia de las políticas aplicadas en estos catorce años, según las Naciones Unidas la cuarta parte de la población vive en la indigencia y la pobreza afecta al 64 por ciento de la población (Informe sobre el Desarrollo Humano, ONU, 2004), los salarios reales se han deteriorado, la informalidad se disparó y hay menos industrias de las que existían en 1991 (ACOPI, 2004).

Todos estos resultados que estrecharon el mercado interno fueron el producto de las políticas aplicadas y no de un agotamiento natural de dicho mercado. El fomento exportador no se presentó; el pequeño incremento exportador se neutralizó con el aumento de las importaciones.

En el agro la situación fue más dramática, pues entre 1991 y 2000 el desempleo se duplicó y la población por debajo de la línea de la pobreza pasó de 68,4 por ciento a 82,6 por ciento. En estos mismos años se perdieron en la sola producción cafetera 130.000 empleos directos según la Federación de Cafeteros (Garay 2002).

Las medidas de apertura económica han continuado durante estos catorce años y con el TLC se convertirán en una especie de norma supraconstitucional que amarrará las decisiones de los futuros gobiernos, de tal forma que muchos analistas han asegurado que el TLC será la discusión más importante del Siglo XXI y los colombianos, en caso de aprobarse pasaremos décadas intentando remover sus efectos negativos.

RECUADRO

Según Manuel José Cárdenas, la participación del sector manufacturero en el PIB ha descendido del 17 por ciento que alcanzó en los años 70 al 13,5% en 2002 y este autor recuerda que “según el Índice de Rendimiento Industrial Competitivo, que aparece publicado en el informe de la Onudi sobre el desarrollo industrial correspondiente a 2002/2003, Colombia descendió entre 1985 y 1998, del puesto 49 al 55 entre 87 países. Para hacer esta medición el índice toma en cuenta el valor agregado per cápita, las exportaciones de manufacturas per cápita, la proporción de productos de media y alta tecnología en el valor agregado manufacturero, y las exportaciones de manufacturas” (Portafolio oct. 7 de 2003).

TERCERA MENTIRA
LA EXPERIENCIA INTERNACIONAL MUESTRA QUE LAS EXPORTACIONES SON LA PRINCIPAL FUENTE DE CRECIMIENTO.

En las experiencias internacionales de desarrollo económico es necesario resaltar que invariablemente el crecimiento y la modernización se lograron por medio de la protección del mercado interno. Algunos insisten en que hubo excepciones como las de países asiáticos que basándose en la producción exportadora se convirtieron en auténticos milagros económicos. Sobre los llamados Dragones “Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur” existe el mito de que su éxito económico, industrial y exportador se debió a una total apertura al comercio internacional y a la ausencia o presencia mínima del Estado. En los años sesenta y setenta todos estos países mostraron un alto crecimiento de su producto bruto, la producción industrial y las exportaciones.
Diversos estudios han demostrado que un aspecto central del crecimiento de esos países fue el papel de la demanda interna en el proceso de industrialización. En el caso coreano, entre 1960 y 1973 la expansión de la demanda interna contribuyó con un 73% al crecimiento global del sector industrial. Por otra parte, en esos países existió desde un principio una sustancial “clase media”, reforzada por los emigrantes de China Popular y Corea del Norte después de sus revoluciones; o sea que existía un mercado interno no tan “estrecho” como el de países latinoamericanos. Esta situación de una clase media con poder adquisitivo no se puede separar del hecho de que ambos países enfrentaban a poca distancia los sistemas socialistas de Corea del Norte y de China, temiendo permanentemente el “peligro” que una agudización de la desigualdad social pudiera representar para sus sistemas capitalistas.

En Corea y Taiwán se puso en marcha una política muy detallada de sustitución de importaciones, con un cuidadoso proteccionismo que utilizaba métodos arancelarios y no arancelarios, y que identificaban no solamente sectores sino incluso empresas individuales para promoverlos por medio de una comunicación permanente entre gobierno y empresas.

Tanto en Corea como en Taiwán, ambas antiguas colonias del Japón, se puso en marcha la actividad de un Estado proteccionista de rancia tradición japonesa, el país que más plenamente ha utilizado el Estado y la protección para promover la economía. Estos países relativamente pequeños se basaron en su mercado interno y su apertura fue posterior
Alice Amsden, estudiosa del proceso de industrialización en Taiwán, afirma: “A nuestro juicio, tanto en el pasado como en el presente, el Estado en Taiwán ha sido un agente clave en el proceso de acumulación de capital, no porque se haya mantenido al margen del proceso, sino porque lo ha controlado en muy extensa medida. El estatismo, la ley y el orden, así como muchas otras cosas, tienen su origen en la ocupación japonesa de Taiwán. La economía impuesta en Taiwán por los japoneses (1895-1945) tuvo éxito gracias a la planificación y a la propiedad gubernamental de los principales recursos productivos, en sociedad con los capitalistas privados japoneses”. (4)

En sus momentos de mayor crecimiento, fue notablemente superior la importancia relativa de las empresas nacionales en la producción industrial de Corea y Taiwán a la que existía en los países más industrializados de América Latina. Un análisis compartido por la mayoría de los estudiosos del tema sostiene que el “desarrollo” económico de los países en los últimos dos siglos ha estado ligado a un papel activo del Estado, una protección del mercado interno, una política de industrialización y un apoyo al sector agropecuario. Aun así, este “desarrollo” es cuestionable como modelo social. La inequidad, el deterioro ambiental, las tremendas desigualdades en la distribución del ingreso, la pobreza, el desempleo, la enfermedad, la corrupción y muchos otros males campean en este mundo “desarrollado”. Sin embargo, en aras de facilitar la discusión, se logró una industrialización, una capacidad de producción agraria y un desarrollo tecnológico relativo.

En los últimos 14 años América Latina ha aplicado una senda que ni siquiera la aproxima a la situación a que llegaron esos países. Las llamadas reformas estructurales, y ahora el TLC, por el contrario condenan la región a un proceso de recolonización que representa una tremenda involución histórica y social.

A partir de la década del 90, en América Latina se aplicaron plenamente las reformas neoliberales. En algunos casos, como Chile y Argentina, se iniciaron bastante antes con las dictaduras militares. Ya han pasado largos años y la realidad niega el supuesto beneficio de la inversión extranjera, el endeudamiento externo, la política exportadora y el cierre del mercado interno.

Estos elementos nos permiten concluir que todos los países que han logrado un grado apreciable de desarrollo lo han hecho basándose en su mercado interno y protegiendo su estructura industrial y agraria. Su crecimiento exportador posterior fue efecto y no causa de su progreso.

En lo que respecta al desarrollo agrario, la historia es más evidente aún. No existe ninguna potencia exportadora de productos agrícolas que haya abierto totalmente su mercado o que haya renunciado a otorgar millonarios subsidios al agro, como lo demuestra palpablemente el enfrentamiento que han sostenido Estados Unidos y la Unión Europea durante los últimos diez años en el seno de la OMC. Los países que tienen una alta productividad agrícola llegaron a ella gracias a un apoyo financiero del Estado y una protección de sus mercados, hasta el punto de considerar este tema asunto de seguridad nacional.

Durante el Siglo XIX, los países de América Latina fueron predominantemente exportadores y estuvieron fuertemente insertados en la economía internacional, pero esto no significó más que atraso y miseria. Los países que han tenido éxito exportador han basado su crecimiento en el mercado interno y en la exportación de productos elaborados, no de productos básicos como los que “a causa del TLC” Colombia se especializará en exportar: frutas tropicales, café, petróleo, níquel, etc. Está demostrado que las exportaciones favorecen el desarrollo si son mayores que las importaciones, ya que así se produce un ahorro neto, siempre que las empresas exportadoras tengan fuertes encadenamientos con el resto de la economía, todo lo contrario a la economía de maquila que se quiere implantar en el país.

Estados Unidos, por su parte, defiende rabiosamente su mercado interno. La legislación norteamericana está llena de leyes que lo defienden. Cuando alguna importación amenaza a sus productores nacionales, aplican inmediatamente las leyes antidumping y colocan toda clase de trabas. En miles de documentos el gobierno norteamericano ha manifestado que su deseo de negociar tratados de libre comercio no obedece a su interés de someter a sus productores a la libre competencia sino a su propósito de exportar más.

En un artículo llamado “Costos competitividad y crecimiento” (Portafolio, junio 2 de 2004) Luis Lorente mostró que las empresa exportadoras buscan cinturones industriales con fuertes encadenamientos internos y no simplemente crear economías de enclave que sólo tendrían sentido para la extracción de recursos naturales. Según este autor, las empresas exportadoras exitosas aparecen dentro de un sector económico relativamente desarrollado y necesitan una demanda nacional para sostener un mínimo de actividad, pues no es posible separar el crecimiento de las exportaciones del crecimiento del mercado interno. Si la reducción de costos se apareja a una reducción de ventas como producto del estrechamiento del mercado interno, bajan las utilidades. Por eso llamó a hacer crecer el mercado interno.

Las falacias que acompañan defender la suscripción de tratados de libre comercio, considerando las exportaciones como motor del desarrollo, no tienen por tanto sustento empírico ni histórico. A lo único que conducen es a renunciar a un proyecto soberano de desarrollo, dejándolo al vaivén de las fuerzas del mercado externo, y llevando a profundizar la dependencia y el subdesarrollo. El TLC no es más que la imposición de unos parámetros económicos no aplicados por ninguno de los países que hoy muestran un cierto progreso económico.

RECUADRO

En Estados Unidos el comercio exterior apenas representa entre 5 y 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB); en Japón, potencia exportadora, el 10 por ciento; en Francia y Gran Bretaña el 20 por ciento, y en Alemania el 30 por ciento. Japón se desarrolló con un celoso proteccionismo. Todo lo cual muestra que la inmensa mayoría de la producción y actividad económica de estos países se dirige hacia su mercado interno. Paradójicamente, han sido precisamente los países más atrasados los que exportan la mayor parte de su PIB. En una intervención en un foro del Senado de la República realizado en mayo de 2004, el industrial Emilio Sardi mostraba esto señalando que “hay decenas de ejemplos en el mundo como Togo y Camboya, donde las exportaciones son el 47% del PIB. O Yemen, donde son el 50%, o Gambia donde son el 59%, Y si queremos aspirar a más, las exportaciones son el 93% del PIB de Angola, o el 97% del de Guinea Ecuatorial”.

CUARTA MENTIRA
EL FUTURO DE COLOMBIA DEPENDE DE EXPORTACIONES QUE PUEDEN COMPETIR EN EL MERCADO INTERNACIONAL PORQUE EL MERCADO INTERNO ESTÁ AGOTADO.

No hay evidencia de que las economías más globalizadas son las que más crecen. Hoy, en pleno auge del neoliberalismo “como señalamos atrás” el mercado interno sigue siendo la principal base de crecimiento de los países más avanzados. Si bien exportar es mejor para un país, estas exportaciones solamente lo benefician si son productos elaborados, con desarrollo tecnológico, con sectores exportadores encadenados a la economía nacional y con empresas fuertemente asentadas en el mercado interno.
La verdad es que como lo demostró la experiencia del ATPDEA, Colombia carece de oferta exportable y aunque se eliminaran totalmente los aranceles en Estados Unidos esto no garantizaría nuestra irrupción en ese mercado. Los analistas del gobierno cifran grandes esperanzas en el acceso de Colombia al mercado norteamericano. La verdad es que el mercado norteamericano no es infinito, está fuertemente protegido y mantiene un enorme déficit comercial que no puede sostener indefinidamente, por lo cual la expansión de las compras estadounidenses no serán tan grandes en el futuro y tendremos que competir en ese mercado con nuestro único factor de competencia “salarios bajos y precios de productos básicos deteriorados” y contra un gran numero de países que producen productos similares, lo cual ha sido calificado por destacados analistas como competencia entre pobres. Un estudio del Centro para la Investigación Económica y Política, CEPR, de Washington publicado en enero de 2004, afirma que “si durante la próxima década los países en vías de desarrollo quieren incrementar sus exportaciones a EE.UU., tendrán que competir con países como México y China que ya tienen una fuerte inserción en el mercado estadounidense. En términos netos no habrá oportunidad de ganar participación en el mercado estadounidense a expensas de la producción nacional”. Y concluye, “si los países firmasen tratados de libre comercio con Estados Unidos suponiendo que el crecimiento de las importaciones de los últimos doce años continuará, seguramente terminarán seriamente desilusionados”. (5)

Las exportaciones de textiles enfrentan en 2005 la terminación del acuerdo multifibras, que imponía límites a las importaciones norteamericanas provenientes de Asia con la consecuente irrupción de textiles y confecciones chinas a EEUU. Por otra parte, no es cierto que el tratado produzca con certeza un acceso al mercado norteamericano; en el mejor de los casos, pueden garantizar que podemos ofrecer nuestros productos, no que se vayan a vender. La experiencia indica que aún con más de 6000 partidas sin aranceles, Colombia exportaba unos cuantos productos y desaprovechaba las demás.

Los foros y encuentros donde se ha analizado la competitividad coinciden en que Colombia en el mejor de los casos podría competir con vegetales, pescado fresco, frutas preparadas, preservadas y en jugo, banano, cacao, palma y unos cuantos productos tropicales pero también anotan que las desventajas de Colombia son: falta de mano de obra calificada y de conocimientos básicos de informática, alta carga fiscal y parafiscal, falta de acceso real al crédito, escasez de productos de valor agregado, déficit en competencias gerenciales, carencia de gestión en inteligencia de mercados, ausencia de tecnología y falta de fondos de capital de riesgo (Portafolio, junio 18 de 2003). Al mismo tiempo otros analistas (Portafolio 8 de agosto de 2004) han señalado que “la presencia de subsidios en el exterior pone en duda la validez de cualquier cálculo de competitividad”. En un panel realizado dentro del marco del Congreso Nacional de Exportadores, el presidente de Asocaña Ricardo Villaveces señaló: “El sector azucarero tiene estándares de calidad que envidiarían otros, bajos costos de producción y una amplia gama de mercados por atender, pero esto no es suficiente”. Explicó que “con todos los logros obtenidos hasta el momento los productores no pueden competir con las distorsiones de precios, las cambiarias y las generadas por algunos subsidios y ayudas que se registran en otros países”. (Portafolio octubre 6 de 2003) La verdad es que dentro de las prioridades de los empresarios colombianos no está exportar y que dentro de los obstáculos para hacerlo el menor son las barreras arancelarias a las importaciones. Según una encuesta de Portafolio realizada entre 1.080 empresarios el 21 de octubre de 2003, el 86,2% no tiene pensado expandir sus negocios en el exterior. La macro rueda de negocios de comienzos de noviembre de 2003 estableció que los casos exitosos de ventas al exterior fueron condimentos, berenjenas en conserva, fríjoles con pezuña y tamales enlatados, productos con los cuales a pesar de que le vaya bien a dos o tres empresas no se puede edificar el desarrollo del país.

Un estudio presentado en el BID y realizado por Sanjaya Lall de la Universidad de Oxford, señaló que América Latina es la región cuyos productos industriales han perdido la mayor cuota en el mercado mundial en los últimos 20 años, que se está especializando en productos que requieren poca tecnología y baja calificación de la mano de obra, como el procesamiento de materias primas agrícolas, forestales o minerales. (Portafolio 27 de enero de 2004)

En su escrito “Por qué decirles no al ALCA y al TLC”, el Senador Jorge Enrique Robledo resumió el tema de la competitividad así: “La verdad es que los productores colombianos sólo tienen dos ventajas comparativas frente a los extranjeros a la hora de competir: el clima y la mano de obra barata. El clima en el caso del agro, pues ni en Estados Unidos ni en las otras potencias localizadas en las zonas templadas pueden cultivarse productos tropicales, lo que no nos exime de tener que enfrentarnos con los duros competidores de otras cincuenta empobrecidas naciones localizadas en el trópico. Y en todos los sectores, el ínfimo precio de los costos laborales nacionales, ventaja que suele ser insuficiente frente a otros países tan pobres como Colombia, o más, y frente a los enormes desarrollos tecnológicos y productivos de las multinacionales, las cuales además actúan con la posibilidad que les brinda la globalización neoliberal de establecerse en cualquier parte donde se tengan salarios iguales o menores que los de aquí”.

RECUADRO

Las condiciones de la infraestructura colombiana para las exportaciones es lamentable. Colombia sólo posee 383 km de vías pavimentadas por millón de habitantes, cifra inferior a la de Brasil, Argentina, Chile y México. El 68% de la red de 14.000 km está en pésimas condiciones, el 22% en regulares y el 9% en mal estado, por lo cual sólo el 11% sirve. El 68% de nuestras importaciones las hacemos por Buenaventura, donde no pueden entrar barcos de más de 40.000 toneladas, cifra que requieren el 60% de las flotas del mundo. (Portafolio, 5 de febrero de 2004)
Según la Cámara Colombiana de la Infraestructura (Portafolio, 1 de marzo de 2004 ) el país no está preparado para atender competitivamente los tratados de libre comercio que se avecinan ya que en esta materia Colombia sólo supera Haití, El Salvador y Honduras, estando por debajo de todos los demás países de América.

QUINTA MENTIRA
EL TLEC ES PRINCIPALMENTE UN ACUERDO COMERCIAL.

Es muy importante precisar que el TLC es mucho más que la promoción de los flujos comerciales mediante la eliminación de aranceles. A nivel mundial cada vez tienen menos importancia los aranceles y de hecho ellos han disminuido a escala global. Lo que está en juego en un TLC no es simplemente si se comercia más o menos sino la pérdida de la capacidad del Estado de promover políticas de desarrollo, el abandono de toda política de industrialización “la cual queda en manos de la inversión privada, principalmente extranjera que busca ganancias de corto plazo” y el reinado de los criterios meramente comerciales en la prestación de los servicios públicos, abandonando todo sentido de desarrollo social.

En el corazón del tratado están las normas sobre liberalización de la inversión, garantías para que las empresas extranjeras puedan participar en los sistemas de compras estatales a todos los niveles, protección a la propiedad intelectual monopolizada por las multinacionales; medidas para que se supriman los monopolios estatales y se restrinja la intervención del estado en la economía, vinculación de servicios como la educación y la salud a los circuitos comerciales, predominio de los estandares profesionales y culturales determinados por Estados Unidos; eliminación de la jurisdicción de la justicia nacional sobre los principales asuntos económicos y su sustitución por tribunales internacionales privados; garantía de que la ley suprema que determina la solución de controversias no es la Constitución Nacional sino los criterios del libre mercado; eliminación del criterio de que las economías atrasadas y dependientes deben tener un tratamiento preferencial y reemplazo de este criterio por el colocar en pie de igualdad a los fuertes y los débiles; profundización de la explotación generalizada de la mano de obra barata.

Por todas estas definiciones, contenidas en el TLC podemos asegurar que la parte comercial es apenas el anzuelo con el cual se pretende vincular a nuestro país a una normatividad determinada por los Estados Unidos y que rebasa ampliamente las definiciones multilaterales de la Organización Mundial del Comercio que ya de por si son lesivas para los países subdesarrollados.

SEXTA MENTIRA
CON EL TLC VENDRÁ LA INVERSIÓN EXTRANJERA INDISPENSABLE PARA EL DESARROLLO.

Se ha argumentado que con el TLC vendrá a raudales la inversión extranjera a crear empleo, desarrollar la tecnología y complementar el ahorro interno. No es cierto que la liberación de los controles a la inversión extranjera implique un aumento automático de ella. De hecho, desde 1991 prácticamente se eliminaron los controles a la misma y la que llegó simplemente se apoderó de las empresas rentables, de las de servicios públicos y de una buena parte del sector financiero. No se produjo ningún empleo nuevo por cuenta de los aumentos en los flujos de capitales extranjeros.

Hay países que ejercen controles sobre la inversión extranjera y le exigen cumplir requisitos acordes con los planes de desarrollo nacional y, sin embargo, la reciben (Irlanda, China, España, los Dragones, Japón). (6) Y hay países que no la controlan y ello no conduce a que la reciben en montos apreciables. Esto demuestra que no basta tener una legislación laxa o que las elites estén sedientas de tal tipo de inversión. Tampoco es cierto que la inversión extranjera necesariamente produzca transferencia de tecnología y creación de empleo. De hecho, la inversión extranjera en la economía colombiana “por ejemplo, en la producción de banano y oro o en la producción de carbón y níquel” no ha hecho mayores aportes al desarrollo tecnológico nacional y el resultado de estos catorce años de apertura en materia de desarrollo tecnológico es lamentable y ha ido aparejado con el práctico declive, marchitamiento o cierre de todos los centros de investigación que el país poseía. Tampoco es cierto que un eventual aumento de la inversión implique necesariamente un aumento en el crecimiento económico, porque puede ser inversión de cartera o de portafolio de corto plazo “de carácter especulativo”, inversión para comprar activos existentes, o inversión que determine un aumento de las importaciones con lo cual sale lo comido por lo servido.
La experiencia reciente de América Latina es aleccionadora. Los flujos de capital extranjero a la región aumentaron en un nivel sin precedentes y el resultado es que los analistas consideran que la década de los noventa fue otra década perdida, todos los índices productivos y sociales decayeron y la deuda externa se multiplicó. En la década del noventa aumentó la entrada de capitales externos, pero no la tasa de inversión, el ahorro doméstico ni el crecimiento económico. Por otra parte, la inversión no tuvo ninguna relación con el crecimiento del PIB y no solamente no complementó el ahorro interno sino que lo desplazó. Está ampliamente documentado que la liberación de los mercados de capitales aumentó la vulnerabilidad de las economías a la volatilidad de los capitales especulativos de corto plazo. (Bethoven Herrera, “Volatilidad financiera en la globalización”, Economía Colombiana, No 300, enero, febrero de 2004)

La duplicación de la deuda externa colombiana en miles de millones de dólares con todos los condicionamientos que esto implica. El balance es evidente: el ingreso del capital extranjero no contribuyó al desarrollo nacional y, por el contrario, fue un factor determinante en la crisis que hoy padecemos.

Es evidente que ningún país serio ha renunciado a utilizar al Estado como poderosa palanca para el desarrollo económico y que los receptores exitosos de inversión extranjera siempre han adoptado diversas medidas para impedir su papel depredador que, como en el caso de América Latina, se concentró en la compra de empresas públicas, inversiones en el sector financiero y extracción de recursos naturales. Con el TLC se elimina toda posibilidad de condicionar los flujos de inversión extranjera a las metas de desarrollo nacional, tornando más vulnerable al país frente a las maniobras especulativas de los grandes capitales.
Bienvenida la inversión extranjera que produzca empleo, transfiera tecnología, aumente las exportaciones, preserve el medio ambiente, asegure adecuadas condiciones laborales, pague impuestos y contrate y prepare mano de obra nacional. En el TLC estará prohibido colocar este tipo de metas a los inversionistas.

SÉPTIMA MENTIRA
SI COLOMBIA NO FIRMA, SE QUEDA ATRÁS DE LAS CORRIENTES MUNDIALES DE LA GLOBALIZACIÓN Y EL LIBRE MERCADO.

A pesar de los inmensos flujos financieros y comerciales, en realidad el mundo se acerca cada día más a la creación de bloques económicos que compiten unos con otros y hay una intensa disputa por los mercados y los recursos en lugar de una integración económica mundial. Un ejemplo de ello es la invasión norteamericana a Irak, que le permite controlar inmensos recursos petroleros regionales y contrarrestar la creciente influencia de Europa y Rusia en la zona. Otro ejemplo de la disminución de la libre competencia es la concentración del poder en unas cuantas multinacionales, las cuales protagonizan enormes fusiones, intensa competencia entre ellas y una simultánea repartición de los mercados mundiales.

El nuevo orden preconizado desde el primer Bush y que algunos han considerado un producto de la globalización fue ante todo un mundo regido por Norteamérica. Henry Kissinger lo declaró sin tapujos: “Lo que se denomina globalización es en realidad otro nombre para el papel dominante de los Estados Unidos”. El mundo “globalizado” ha significado la intervención norteamericana en todos los acontecimientos mundiales en defensa de sus “intereses nacionales”, el predomino del unilateralismo, el hecho de que Estados Unidos utiliza a las Naciones Unidas cuando les conviene y realiza todo tipo de agresiones directas de resultarle posible. La posición de Estados Unidos al respecto está definida en lo expuesto por Madeleine Albrigth cuando era embajadora ante las Naciones Unidas, al expresar ante el Consejo de Seguridad que Estados Unidos actuaría “multilateralmente cuando podamos, y unilateralmente cuando debamos” porque “reconocemos que esta región (Irak) es vital para los intereses nacionales de Estados Unidos” y, por lo tanto, no aceptamos limitaciones externas.

Lo que se ha globalizado son los negocios de las multinacionales, la especulación financiera y la dominación norteamericana sobre el mundo. Esta globalización se basa no en la libre competencia sino en el monopolio de la tecnología, imposible de mantener sin el gasto y la protección estatal, y también en el monopolio sobre el control de los flujos financieros globales. Asimismo está fundamentada en el monopolio del acceso a los recursos naturales del planeta, las comunicaciones y las armas de destrucción masiva. Por lo tanto, lo que estamos observando no es una sociedad en la cual predomine la libre competencia, sino una en la cual se quiere destruir en las naciones débiles la acción del Estado sobre su economía y reemplazarla por el dominio monopólico de unas cuantas multinacionales.

Si bien a Colombia le conviene exportar, primero le conviene producir. El TLC significa una política de exportaciones carente políticas de fomento productivo y sobre la base de prescindir del mercado interno. En las últimas dos décadas el país ha hecho importantes avances en sus relaciones comerciales con los países vecinos, principalmente Venezuela y Ecuador, pero también con los demás andinos. Las exportaciones a esos países son principalmente de manufacturas. En buena medida la región es, además de nuestro mercado interno, un espacio económico natural para la producción colombiana y aunque en el pasado inmediato las exportaciones a Venezuela disminuyeron por efecto de la crisis de ese país, este año han retornado a su tendencia histórica de crecimiento sostenido y se pueden acercar a los 2 mil millones de dólares. El TLC implica desandar el camino recorrido. Al abrirse las economías de la región a las exportaciones norteamericanas, perderemos las preferencias andinas y nuestras ventas competirán con las estadounidenses. En las negociaciones del TLC la CAN ha quedado prácticamente destruida y lo que se está ofreciendo a los colombianos no es la irrupción activa en la globalización sino la participación en los flujos económicos mundiales en calidad de colonia de Estados Unidos sobre la base de exportar unas cuantas materias primas sin mayor elaboración. Esto no significa acercarse al futuro sino reeditar un pasado en el cual nuestro país, como tantos otros del Tercer Mundo, simplemente ha un sido satélite de las grandes potencias.

RECUADRO

No todos los países que comercian con Estados Unidos tienen tratados de libre comercio con esa potencia. Ejemplo de ello son China y casi todos los países asiáticos, con excepción de Singapur. Pero tener un tratado tampoco garantiza automáticamente que aumenten los flujos comerciales. Los países que han firmado tratados de libre comercio con Estados Unidos son naciones débiles o sobre las cuales Washington ejerce una dominio tradicional y que se han alineado en el ajedrez mundial como fichas de la dominación norteamericana. Hay muchos otros países que mantienen relaciones comerciales con la Potencia del Norte y que no tienen tratados de libre comercio con ella. Por otra parte, la experiencia internacional indica que lo conveniente para un país es diversificar los mercados y establecer relaciones económicas con todos los países del mundo.

OCTAVA MENTIRA
EL CASO MEXICANO FUE EXITOSO Y REPRESENTA UN MODELO A SEGUIR.

Hoy los gobiernos y algunos grupos empresariales siguen hablando de los grandes éxitos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, TLCAN, y proponen profundizar la integración entre esos países o TLCAN plus. Frente a semejantes discursos triunfalistas, es importante suministrar los datos principales de la experiencia mexicana.
Cada vez más mexicanos siguen dejando su patria para jugarse la vida en busca del “sueño americano”. Las remesas enviadas por los emigrantes mexicanos a sus familias pasaron de 3.673 millones de dólares americanos en 1995 a 13.266 millones en 2003, casi 4 veces más. Las remesas de los emigrantes ocupan el segundo lugar como entrada neta de divisas. Se habla de México como la potencia exportadora de América Latina, pero ello no ha significado el ingreso neto de divisas, ya que padece déficit comercial.

En el sector agrícola encontramos el impacto más dramático. Las importaciones de maíz y de semillas oleaginosas han aumentado de 8,8 millones de toneladas métricas anuales en 1993 a 20,3 millones en el 2002. Estas importaciones han agravado el desempleo rural. Se ha perdido la soberanía y la seguridad alimenticia. Las supuestas ventajas para los consumidores resultaron pura retórica. De 1994 al 2002, los precios de los bienes de la canasta básica aumentaron 257%, mientras que los precios pagados a los agricultores sólo se incrementaron 185%.
El gobierno mexicano presume enormes éxitos macroeconómicos del TLCAN. Pero sólo ofrece datos parciales para sustentarlos. Resalta que las exportaciones se han más que triplicado y que ha logrado atraer 173.420 millones de dólares de los cuáles 136.971 son inversión directa, un promedio anual 3,5 mayor que en los años anteriores al TLCAN. Sin embargo, el objetivo prometido era que la economía creciera y ello no se ha logrado. Durante el TLCAN, la tasa media de crecimiento del PIB por habitante ha sido sólo de 1,2%, la tasa más baja comparada con cualquier otra estrategia de crecimiento seguida por el país en el siglo XX. El presidente Fox prometió tasas de crecimiento del 7% anual y la realidad es que sólo se ha logrado crecer en promedio 0,64% anual. (7)
En síntesis, no se lograron los objetivos y sí una mayor desintegración y desnacionalización de la economía, una pérdida de capacidad del Estado para impulsar un verdadero desarrollo y un mayor deterioro social.
El pueblo mexicano pide derogar el TLCAN o renegociarlo bajo otros parámetros. El año pasado se presentó el más importante movimiento campesino en varias décadas, cuya demanda central era suspender los acuerdos agrícolas del TLCAN. Millones se manifestaron por el no al ALCA. (8)

RECUADRO

Se prometieron más y mejores empleos, pero México tiene pocos y malos empleos. Durante el TLCAN se crearon 880.620 empleos como promedio anual pero la población de 15 a 64 años crece 1.391.209 por año. Es decir, sólo se creó el 58% de los empleos necesarios. Además, los empleos creados son de mala calidad. De los nuevos empleos generados, el 59,5% no disfrutan las prestaciones legales. En el sector manufacturero “que es donde se supone se verían los frutos del TLCAN, ya que es el gran exportador (87% del total) y el que recibe la mitad de la inversión extranjera” hoy hay 12,8% menos empleo, y el costo integral de la mano de obra para el patrón bajó 37,7% a pesar de que la productividad del trabajo aumentó 58,6%. El presidente Fox prometió un millón y medio de empleos anuales, mas el saldo de casi 4 años de su gestión ha significado la pérdida neta de empleos. En cuanto a empleos con seguridad social en agosto de 2004 había 437.942 menos que al inicio de su administración. Comparado con la gente que entró a la edad de trabajar, hay un déficit de 5.123.493 empleos.

NOVENA MENTIRA
EL PAÍS ESTÁ PREPARADO PARA LA LIBERALIZACIÓN.

A pesar de las afirmaciones gubernamentales, no hay estudios serios sobre los efectos del TLC y los existentes indican que habrá más perjuicios que beneficios, que aumentaran más las importaciones que las exportaciones, y que disminuirán los ingresos del Estado.

Hay detallados estudios como los realizados por Fedesarrollo y la Organización Panamericana de la Salud, OPS, en los cuales se cuantifican los daños que el país sufriría en materia de salud pública. El estudio de Fedesarrollo establece que perderíamos 777 millones de dólares anuales si las pretensiones norteamericanas en materia de medicamentos se concretan (9), y el de la OPS cuantifica no sólo en dólares sino en vidas humanas las pérdidas la adopción de los estándares en materia de propiedad intelectual exigidos por Estados Unidos (10).

Aunque se ha argumentado que las importaciones baratas van a beneficiar a los consumidores que encontrarán más variedad y buenos precios, no es cierto que los consumidores se vayan a beneficiar, pues “como lo demuestran estudios del mismo ministerio de Agricultura” los eventuales precios bajos no llegan al consumidor sino se quedan en los intermediarios (11) y los consumidores necesitan primero empleos y fuentes de ingresos, los cuales el TLC elimina al destruir el aparato productivo nacional.
La diferencia de tamaño entre la economía norteamericana y la colombiana es abismal y el asunto no es simplemente las diferencias cuantitativas sino que las características de la economía nacional han sido moldeadas por una relación de supeditación y control por parte de Estados Unidos por más de un siglo. Entonces no sólo Estados Unidos es más grande sino que bajo su influencia ha perpetuado el atraso y la deformación de la economía nacional.

El TLC aspira a colocar en “pie de igualdad” a los dos países. El lenguaje del gobierno colombiano es el de concesiones recíprocas y que todo implica el establecimiento de reglas similares para las dos naciones. Pero esto a lo único que conduce es a perpetuar la desigualdad. Colombia necesitaría décadas, si no siglos, para llegar a parecerse a la economía norteamericana con una tasa de crecimiento del 5 por ciento a la que aspira el gobierno.

La apertura económica dejó al país en estado de coma, con su aparato productivo en quiebra y todos los indicadores sociales en los peores niveles de los últimos cien años.
Ya a punto de suscribirse el tratado, el gobierno apenas está comenzando a pensar en la denominada agenda interna que supuestamente va a preparar al país para el libre comercio. El proceso de negociaciones se ha llevado sin claridad sobre cuáles serán los sectores afectados y cómo se va a evitar que desaparezcan. Ello se debe a que se dejará que el “mercado” defina los efectos macro y microeconómicos. Pero más que el mercado, lo que definirá el rumbo del país serán las políticas de inversión y exportaciones de los grandes conglomerados norteamericanos.

Colombia se ha aislado y separado en el transcurso del proceso de la Comunidad Andina y de Latinoamérica, ha cedido fuera de la mesa y de antemano en puntos fundamentales que debilitan la capacidad negociadora del país. Como es el caso de aceptar la eliminación de las franjas de precios, aceptar que el periodo de desgravación será de 10 años, modificar las normas de inversión y las de compras estatales, cambiar las leyes en materia de explotación de hidrocarburos.

Ya se han entregado renglones que se consideran no competitivos, aun cuando su mercado no es perfecto, como los cereales y el algodón. Se ha aceptado un procedimiento extra-rápido de 9 meses y no se ha consultado ni ha informado a la opinión pública.

Contrario a las calumnias gubernamentales sobre que quienes nos oponemos al tratado queremos el aislamiento del mundo, planteamos que cualquier inserción en el mercado mundial debe basarse en el fortalecimiento del mercado interno, la preservación de la soberanía nacional, la diversificación de las relaciones económicas internacionales del país, la soberanía alimentaria, la industrialización y el bienestar de la población. No se debe sacrificar todo el desarrollo productivo y social del país en beneficio de las multinacionales, de los intereses estratégicos de Estados Unidos y de un puñado de persona que en Colombia se han puesto al servicio de los intereses extranjeros y a espaldas de las necesidades de la población y del país..

NOTAS

(1) Los regímenes preferenciales con Estados Unidos: el ATPA y el ATPDEA. Germán Umaña Mendoza. Plades, 2004.
(2) “Mitos y leyendas sobre el ATPDEA y su relación con el ALCA”. Rafael Mejía López, junio 19 de 2003.
(3) Colombia entre la exclusión y el desarrollo. Contraloría General de la República, julio de 2002.
(4) Para una profundización sobre la experiencia de los llamados Dragones Asiáticos ver: Beyond Late Development, Alice H. Amsden, MIT Press, Due/Published June 2003. La industrialización trunca en América Latina, Fernando Fayjsilver. “Nos recetan lo que no hacen”, Enrique Daza, Deslinde No. 35, 2004.
(5) Oro Falso: proyecciones del mercado de importaciones de los Estados Unidos. Center for Economic and Policy Research. Enero de 2004.
(6) Para profundizar ver “La inversión en la OMC, una trampa del Norte” Ha-joon Chang, Duncan Green. South Centre, CAFOD, agosto de 2003.
(7) Un análisis más detenido de esta realidad en México, pero también en Estados Unidos y Canadá, puede verse en Lessons from NAFTA: The High Cost of “Free Trade”, publicado por Canadian Centre for Policy Alternatives. Canadá. Noviembre 2003.
(8) Análisis tomado de Alberto Arroyo Picard, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana y autor de varios libros sobre el TLCAN, basado en las estadísticas oficiales.
(9) Fedesarrollo, “Efectos económicos y sociales de las regulaciones sobre la industria farmacéutica colombiana”, abril de 2001.
(10) Ifarma, 2004.
(11) Borrador de avance preliminar de los estudios preliminares para la negociación del un TLC con Estados Unidos. Dirigido por Luis Jorge Garay, Andrés Espinosa F. Ministerio de Agricultura, 2004.

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