José Fernando Ocampo T., abril 17 de 2002

El famoso libro de Patiño Rosseli sobre la historia del primer endeudamiento externo de Colombia en los años veinte denominó esa etapa como la de “prosperidad a debe”; la historia de hoy se puede caracterizar como la de la “miseria a debe”. Que más del cincuenta por ciento de la población colombiana se encuentre por debajo de la línea de pobreza y el veinte por ciento por debajo de la de miseria, es elocuente. En los tres últimos años el producto interno bruto por habitante ha decaído por primera vez en un siglo, es decir, desde la Guerra de los Mil Días. Pero como la verdadera medida del desarrollo es comparativa en relación con los países más desarrollados del mundo, el progresivo atraso del país es más dramático aún. Hace cuarenta años nuestra diferencia de ingreso por habitante con Estados Unidos no era sino de mil trescientos dólares, con Alemania de seiscientos dólares y con Japón escasos ciento cincuenta dólares. Hoy esa distancia es de casi treinta mil dólares con cada uno de ellos. Es decir, hemos descendido casi treinta veces. Si fuéramos a alcanzar estos tres países, creciendo a un 10% anual, suponiendo que ellos se estancaran a crecimiento cero, nos costaría siglo y medio alcanzarlos. Pero en los últimos años no hemos crecido sino a un promedio del 2% anual. ¿Qué nos ha pasado?

Colombia se ha modernizado a debe y, condicionado el país por esa deuda, lo ha hecho de acuerdo a los intereses de los prestamistas extranjeros y no de acuerdo a sus necesidades y requerimientos de desarrollo autónomo. Colombia, lo que ahorra, lo que acumula, lo gasta en pago de la deuda. Este no es un fenómeno nuevo. En la década del veinte nuestra deuda ascendió a infelices doscientos millones de dólares en bonos de la bolsa de New York, y fue tan onerosa que tuvimos que declarar la moratoria de la deuda en la década del treinta, con amenaza de invasión estadounidense debido a la presión ejercida sobre su gobierno por los “tenedores de bonos”. Se constituyó ese en uno de los problemas más delicados que tuviera que enfrentar López Pumarejo en su gobierno. No nos habíamos vuelto a endeudar en bonos extranjeros hasta la última década. Ahora se considera una señal de salud económica que los acreedores se los arrebaten.

Lo que fundamentalmente diferencia un país desarrollado de un país subdesarrollado en la economía capitalista es que el primero es exportador de capital y el segundo es importador de capital por vía del endeudamiento externo. Para un país capitalista avanzado la exportación de capital por cualquier vía, se convierte en una necesidad económica, debido a los menores márgenes de rendimiento causados por la sobreabundancia de capital acumulado. En esta forma, el capital, surgido en la historia del mundo entre el siglo dieciocho y diecinueve, se separa cada vez más de la producción para convertirse en buscador de mejores oportunidades de colocación, definitiva o transitoria. Inicialmente estos capitales “sobrantes” de los países avanzados se invirtieron en producción en los países subdesarrollados, digamos mediante la substitución de importaciones de las décadas cincuenta y sesenta, pero a medida que se fue formando en estos países escasos de capital los mismos mecanismos de especulación, prefirieron ingresar como “capitales golondrina”. Cuando percibieron que la superproducción en el sudeste asiático iba a rebajar los rendimientos, lo abandonaron y produjeron la crisis de mediados de los noventa en Tailandia, Corea del Sur, Filipinas, Indonesia y demás.

La economía mundial está controlada por un puñado de países en donde domina el capital financiero, es decir, el capital “sobrante” o separado de la producción directa. No importa que esos capitales se canalicen a través de los organismos internacionales de crédito, de los fondos de pensiones, de los bancos, de las transnacionales o de los mismos Estados. Si esos capitales no se canalizan hacia afuera, esos países se ahogan, bajan sus rendimientos, reducen su cuota de ganancia y se colocan al borde de recesión económica. La necesidad ineludible de exportar capital depende de este fenómeno, aparte de la voluntad de los gobernantes o de las políticas estatales. Así caracterizado, el capital financiero se constituye en un fenómeno de apenas hace un siglo. Hobson, Hilferding y Lenin lo detectaron y explicaron a principios del siglo veinte. De allí surgió la teoría del imperialismo de Lenin. A esa realidad contemporánea la definió como “el dominio del capital financiero”.

Dominar para obtener rendimiento de los capitales “sobrantes” es la clave de la economía contemporánea. Para lograrlo los países dominantes—imperialistas—afrontan una contradicción profunda, tienen que modernizar los países dominados e impedir, al mismo tiempo, que se eleven a su mismo nivel de acumulación de capital para no perder las opciones de rentabilidad de sus inversiones. Su generosidad misericordiosa con planes económicos y sociales en el mundo subdesarrollado se debe a esta necesidad absoluta de sus economías: modernizan a los pobres o pierden las posibilidades de ganancia de sus capitales. El desarrollo subdesarrollado de Colombia se puede llamar modernización por endeudamiento externo y la inversión extranjera que ha llevado a un atraso cada vez mayor en comparación con los acreedores. Vivimos y avanzamos para ser exprimidos.

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