Traducción de José Fernando Ocampo T.

Hoy, después de un siglo, hay similitudes poco confortables con la era que condujo al estallido de la Primera Guerra Mundial.

Hace un siglo, al ingreso de un nuevo año, la mayoría de la gente en Occidente miraba la llegada de 1914 con optimismo. Los cien años que habían pasado desde la batalla de Waterloo no estaban exentos de desastres—se había dado una horrorosa guerra civil en Estados Unidos, varias escaramuzas regionales en Asia, la guerra franco prusiana y la ocasional calamidad colonial. Sin embargo, había prevalecido la paz continental. La globalización y la nueva tecnología—el teléfono, el vapor, el tren—habían puesto al mundo cada vez más cerca. El gran economista, John Maynard Keynes, tiene una maravillosa imagen de un londinense de su tiempo, “sorbiendo su te matutino en la cama” y “pidiendo los productos de todo el mundo” a su puerta, como si fuera un pedido de hoy a Amazon—y mirando este estado de cosas como “normal, cierto y permanente, excepto en la dirección de un ulterior progreso”. Un londinense más bien debería haber tenido en su mesa de noche una copia del libro de Norman Angell “La gran Ilusión”, que descartaba cualquier argumento en contra de que las economías europeas estuvieran tan integradas que hacían imposible una guerra

Sin embargo, pasado un año, el mundo estaba envuelto en la más horrenda guerra. Costó 9 millones de vidas—y muchas más si se tienen en cuenta las tragedias geopolíticas que dejó a su paso, desde un rediseño nada casual de las fronteras en el Medio Oriente hasta el ascenso de Hitler. De ser una amiga de la libertad, la tecnología se convirtió en un agente de la brutalidad, asesinando gente y esclavízándola a escalas aterradoras. Las barreras se hicieron enormes alrededor del mundo, especialmente durante la Gran Depresión de los años treinta. La globalización que el londinense Keynes tanto disfrutaba, solamente comenzó de nuevo en 1945—o, como argüirían algunos, en los años noventa, cuando Europa del Este se liberó y las reformas de Deng Xiaoping comenzaron a fructificar en China.

La fuerza propulsora de toda esta catástrofe que sobrevino hace un siglo fue Alemania en búsqueda de excusas para una guerra que le permitiría dominar a Europa. Claro que también hay que echarle la culpa a la complacencia. Demasiada gente en Londres, en París y en otras partes, creían que porque Gran Bretaña y Alemania eran los más grandes socios comerciales después de Estados Unidos y porque no existía una lógica económica para un conflicto, no habría guerra. Como lo planteó Keynes, “los proyectos y las políticas del militarismo y el imperialismo, de las rivalidades raciales y culturales, de los monopolios, de las restricciones y la exclusión, que iban a jugar a la serpiente en este paraíso, eran poco más que un pasatiempo… de los diarios londinenses”.

Jugando su papel

La humanidad puede aprender de estos errores, como lo demuestra la respuesta a la crisis económica que fue diseñada con la decisión de evitar los errores que condujeron a la Gran Depresión. La memoria de los horrores desencadenados hace un siglo hacen hoy a los dirigentes menos inclinados a la guerra. Así también el explosivo poder de una conflagración moderna: la amenaza de un holocausto nuclear constituye un poderoso freno a una escalada inmanejable que llevaría a una generación de hombres jóvenes a las trincheras.

Sin embargo, los paralelos siguen siendo conturbadores. Estados Unidos es la Gran Bretaña de entonces, superpotencia en decadencia, incapaz de garantizar la seguridad global. Su principal socio comercial hoy, China, juega el papel de Alemania, un nuevo poder económico, erizado con una indignación nacionalista y en proceso de construir rápidamente sus fuerzas armadas. El moderno Japón es Francia, un aliado del decadente poder hegemónico y un poder regional en declive. El paralelo no es exacto—China carece de las ambiciones territoriales de un Kaiser y el presupuesto de defensa estadounidense es más impresionantes que el de la imperial Gran Bretaña—pero tienen una semejanza suficiente como para que el mundo se mantenga en guardia.

Lo cual, en general, no es tan cierto. La similitud más conturbadora entre 1914 y hoy es la complacencia. La gente de negocios hoy es tan complaciente como la de entonces: demasiado ocupados haciendo dinero para darse cuenta de las serpientes que se mueven silenciosamente en la base de sus pantallas de negocios. Los políticos están jugando al nacionalismo como lo hicieron hace cien años. Los dirigentes chinos provocan una tormenta con la japonofobia, utilizándola como una cobertura para sus reformas económicas, mientras Shinzo Abe agita el nacionalismo japonés por razones semejantes. India puede elegir el próximo año a Narendra Modi, un nacionalista hindú que se niega a rectificar un programa contra los musulmanes en el estado que dirige y que tendría sus dedos en el botón de un potencial conflicto nuclear con sus vecinos musulmanes en Pakistán. Vladimir Putin se siente complacido de ver a Siria destrozarse. Y la Unión Europea, que se unió en reacción contra el derramamiento de sangre del siglo XX, parece más problemática y desgarrada por un nacionalismo resurgente más que en cualquier otro momento desde su conformación.

He bebido y visto la araña

Dos precauciones ayudarían a prevenir cualquiera de estos puntos críticos amenazantes de una conflagración. Uno es un sistema para minimizar la amenaza de peligros potenciales. Nadie tiene claridad sobre lo que sucederá cuando Corea del Norte se desplome, pero Estados Unidos y China necesitan definir con antelación si están por resguardar su programa nuclear sin enfrentarse entre sí. China está jugando elaboradamente un juego peligroso de “sentirse perseguida”” ante sus vecinos alrededor de sus costas. Eventualmente, alguien se ve obligado a enfrentarse con alguien más—y todavía no existe un sistema para resolverlo. Se necesita un código de conducta marítima para el área.

La segunda precaución que haría más seguro el mundo es una política estadounidense más activa. Aparte de lograr un acuerdo nuclear momentáneo con Irán, se ha retirado del Medio Oriente—testigo de ello su renuncia a utilizar la fuerza en Siria. También ha hecho muy poco para incorporar los nuevos gigantes emergentes—India, Indonesia, Brasil y, sobre todo, China—al sistema global. Esto lo que trasluce es una falta de ambición y una ignorancia de la historia. Gracias a su poder militar, a su poder económico y a su poder intangible, Estados Unidos todavía es indispensable, sobre todo en el tratamiento de amenazas como el cambio climático y el terror, que superan las fronteras. Pero si Estados Unidos no se comporta como un líder y como garante del orden mundial, lo que estaría haciendo es invitando a los poderes regionales a probar su fuerza para intimidar a sus países vecinos.

Lo más probable es que ninguno de los peligros actuales conducirá a algo parecido a los horrores de 1914. Una locura, bien sea motivada por raza, religión o tribu, generalmente le da base a una racionalidad de interés egoísta. Pero cuando triunfa, conduce a masacres, por lo que asumir que la razón prevalezca es ser culpablemente complaciente. Es la lección de hace un siglo.

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